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martes, 24 de enero de 2017

¿La blog está abandonada? todavía no

Esta blog comienza a presentar unos preocupantes síntomas de abandono. De siempre tuvo bajones estacionarios achacados al calor del verano pero de un tiempo a esta parte el bajón de publicación se ha hecho perpetuo. Sin embargo, y a pesar de que en algún momento habrá que cerrar el tenderete, todavía me resisto a dar carpetazo a este engendro.

Si nos atenemos al origen de esta distracción su objetivo era ni más ni menos que narrar las peripecias de un matao, el menda, que se adentraba en las procelosas aguas (el adjetivo "proceloso/a" ¿se usa con algún otro sustantivo?) de las marchas cicloturistas y las carreretas en general renegando de la incipiente corriente que se podría denominar como "macho-alfismo" según la cual desde hace como una década a todo cristo le ha entrado la vena competitiva, no tiene ni puta idea de dónde está su límite y planifica sus pedaladas y sus entrenamientos de running como en la puñetera vida se había hecho. Aquí se apelaba a salir a disfrutar, por sensaciones, y sobre todo a aprovechar el deporte para tener la excusa perfecta de lifarear. Correr y pedalear para hacer hambre. Porque con los treinta ya cumplidos nadie se convierte en atleta olímpico y el deporte tiene que ser para disfrutar. Y para compaginarlo con otras facetas de la vida.

Y la cosa es que a la espera de que llegue la primavera con sus marchas cicloturistas y cabalgadas tragicómicas en esas mañanas de sábado en las que se sabe cuando se sale pero no cuando ni cómo se llega a casa, el invierno transcurre envuelto en una fría rutina. Y no hay mucho que contar. Madrugar, trabajar, ir al gimnasio y leer antes de ir a dormir para volver a empezar. Este otoño-invierno se ha terminado el correr, el salir con la BTT a pelarse de frío las mañanas de sábado y el ver series de TV una detrás de otra. Y esto se ha debido a una serie de factores.

No más correr: a ver, técnicamente y haciendo caso a mi hermano Jose, yo no he corrido en mi puñetera vida. Mis logros como atleta durante mi infancia ya han sido relatados en más de una ocasión y distan mucho de lo que se podría denominar como mediocres aparte de que se me daba mejor lanzar o saltar a correr. Y de mayor no hice sino hacerme fuerte en esa posición. El año pasado ya no me apunté a ninguna carrera sobre asfalto porque me supone una tortura y una vez asumido que mi marca de media maratón será para los restos la que es (y que está por encima de las 2 horas) lo de hacer tiradas hacia la Boquera o las vueltas de rigor al pueblo empiezan a costar. Empecé el otoño con algo de ánimo y haciendo uso del dopaje tecnológico que supone pertrecharse de unos auriculares para ir escuchando música mientras corría conseguí salir durante cosa de mes y medio por las tardes entre semana a dar vueltas al pueblo. En cuanto las tardes comenzaron a hacerse más y más cortas ni la música fue capaz de darme ánimos para continuar con esa rutina que no sabía a donde me llevaba. Seguramente me apuntaré otra vez más a la trail de Guara pero para mí eso no es correr y además todavía queda mucho para entonces. Así es que pasé al plan B: ir a espinin.

Ir a espinin: sí, espinin del término anglosajón "spinning". Desconozco si el término está aceptado por la RAE pero esta es mi blog y escribo como me sale de ahí. Lo cierto es que yo soy un ser bastante primario y de fobias y filias muy enraizadas muchas de las cuales se asientan en mi psique sin motivo alguno. Mi fobia a los gimnasios puede que estuviera al mismo nivel que la fobia que siento hacia el club de fútbol que perpetra en la avenida Diagonal de la ciudad condal pero sin embargo no se sustentaba en fundamento alguno. No obstante, a pesar de ser así de primario a veces (pero sólo a veces) puedo dar cierta oportunidad a que me rebatan con sólidos argumentos, más sólidos que los que yo esgrimo para mantenerme en mis trece, de que puedo estar equivocado. Y a finales de octubre me invitaron a asistir a una clase de espinin para que me cerciorase de que estaba inmerso en el más absoluto de los errores al desprestigiar esa actividad. Los primeros diez minutos de clase no sólo no me hicieron cambiar de parecer sino que todavía me aferré con más fuerza a que esa actividad demoniaca estaba sacada de alguna mente enferma empeñada en hacer sufrir a la gente porque sí. Y de hecho años atrás pasados esos diez minutos y pensando que qué cojones hacía allí me hubiera levantado y hubiera marchado sin decir ni mu para no volver. Pero la edad aparte de quitar muchas cosas por lo menos nos da paciencia y tras penar durante esos diez minutos hasta que la maquinaria se puso a punto disfruté como un enano. Así es que al día siguiente me apunté para ir a piñón día sí y día también. El gimnasio no es un sitio tan malo como pensaba ni de lejos, se está muy calentito mientras se hace ejercicio, es un punto de encuentro para estar con amigos con los que jamás podría soñar en arrastrarlos a correr por calles oscuras del pueblo en las frías noches de noviembre y siempre hay alguien con quien entablar una reconfortante charrada. De modo que, de momento, lo de correr e ir en bici está un poquito en pausa. Y como todas las noches llego a casa con el tiempo justo para cenar y leer un poquito antes de dormir lo de ver series se ha terminado. Lo cual nos lleva al siguiente punto: leer.

Algún día igual explico cómo es una sesión de espinin. Pero vamos, alguna es como subir el puerto de Torreciudad haciendo flexiones sobre el manillar o ir a todo trapo por la carretera de las bodegas esprintando cada dos minutos. Que si lo tuvieras que hacer tú solo lo mandarías a escaparrar pero como te ponen musiqueta y hay más gente pues eso, que está muy bien

Leer: bueno, es verdad, alguien se puede estar preguntando "pero este canalla nos mete el rollo del espinin entre semana y todo eso ¿pero por qué no sale los fines de semana a pedalear y lifarear?". Pues muy sencillo, porque hace frío. Sí, me he vuelto un señorito. Se acabó lo de pasar frío. Si no lo has probado nunca eso de pedalear en pleno diciembre a las ocho de la tarde sudando como un cerdo mientras en la calle pasan pingüinos envueltos en la niebla pues tira que te va. Los sábados por la mañana te sigues forrando como una cebolla y sales a penar por esos caminos de Dios o por la carretera entre bancos de niebla jugandote el tipo. Pero cuando lo has probado... pues ya no. De momento no. Que alguna salida va cayendo, también. Aunque ya no es el furor de antaño. Pero a lo que íbamos, lo de leer. Lo de las series está muy bien... si la serie en cuestión es buena. Un libro por malo que sea siempre dejará un poso pero la serie no. Y después de empezar muy bien en septiembre el nivel de mis elecciones fue cayendo en picado así es que decidí, también por una cuestión de tiempo, pasar al noble arte de la lectura. Entre biografías de ciclistas en las que explican los trapos sucios de la profesión con una honestidad brutal e invasiones de vampiros y nazis a escala mundial solventadas por prestamistas judíos, exterminadores de plagas y pandilleros mexicanos, voy pasando el duro y frío invierno.

Así es que de momento la blog va a seguir ofreciendo contenidos al gusto del consumidor y por encargo. Como no hay mucho que explicar me deberé a mis escasos aunque fieles y queridos lectores. Así que sugieran y (a lo mejor) les será concedido. Este fin de semana ya hubo la primera propuesta y no es otra que las peripecias de este verano por tierras bálticas y que se habían quedado en el tintero, más bien en el borrador de la blog, y que serán explicadas en próximas entregas. Seguramente no sean de mucha utilidad como todo lo que se ofrece en esta blog pero pienso que el mundo debe conocer que en Vilna se puede bailar salsa en un garito llamado casa Cuba y que en Riga es peligroso pedir las consumiciones de tamaño grande. De los esperpentos acaecidos en Tallin mejor guardar la sorpresa. De momento les dejo con una selección de los libros que he ido devorando estos meses, alguno se puede prestar.

Intriga en lo más profundo de la montaña oscense. Los intentos de un desesperado pueblo por sobrevivir a las embestidas mafiosas del alcalde del pueblo vecino que intenta por todos los medios medrar a cualquier precio. Aunque la cuestión fundamental de la novela es el comportamiento del Maciello y el Tión ante ese ser al que adora y teme a partes iguales porque su comportamiento le resulta inexcrutable por más horas que pase intentando desentrañar: la Mujer. El capítulo de los tiones en la discoteca es de lo más descojonante que he leído en mucho tiempo porque está narrado de manera impecable y es así como, por desgracia, funciona la mente de un maciello.

Paul Kimmage, un irlandés que quiso seguir los pasos de sus ídolos y terminó desencantado. Habla sin pudor del dopaje en el ciclismo lo que le valió convertirse en apestado para unos y gurú para otros. Es ácido y directo y pega duro en las costillas y en el hígado a todos esos sinvergüenzas que estuvieron a punto de cargarse este deporte hace unos años.
Los libros de la biblioteca se dividen entre los gastados pero que la gente trata con respeto (la mayoría), los inmaculados porque nadie los coge y que dan una idea de lo que nos pueden deparar y los que están destrozados, reparados con celo y llenos de manchas de diversas excrecencias, goterones y/o manchas de chorizo. También nos dan una idea de que su lectura es adictiva y es el caso de la trilogía de la Oscuridad del maestro Del Toro. No esperen literatura de alta escuela pero mezclar vampiros nazis con enmascarados de lucha libre mexicana que se dedican a rebanar a los vampiros con espadas de filo de plata para mí es sencillamente acojonante. Sumergirse en la lectura de semejante frikada no se paga con dinero.

Charles Wegelius, ciclista de la década del 2000 y que hasta la lectura del libro no situaba nada bien. Es uno más de esos ciclistas anónimos que sacrifican todo. Su juventud, su familia y sus amigos para poder formar parte de ese circo del que los aficionados sólo vemos la parte bonita. Y del que él se encarga de describir por dentro con toda crudeza. No es oro todo lo que reluce e incluso el deporte más bonito del mundo se acaba convirtiendo ante sus ojos en algo muy ingrato. O como él dice, ningún puto cuento de hadas. Tiene unas interesantes conclusiones que deberían ser pensadas por meros aficionados que dedican todo su tiempo libre al deporte dejando a un lado todo lo demás. Porque si un profesional que percibió buenas cantidades de dinero y el aprecio de la afición por el trabajo que realizaba acabó hastiado... ¿De verdad vale la pena, la vida no son más cosas?

domingo, 14 de diciembre de 2014

Sagas de Islandia (y VI): Desmadre en Reykjavik: tercio maratón, una tarde en el museo y nuestro amigo Arnold


Viernes, 22 de agosto. Nos levantamos después de haber dormido la mar de bien en el camping de Akureyri. Sitio tranquilo y barato, como todos los campings del país. Antes de desayunar revolotea la idea de tomar una ducha en las instalaciones del recinto pero Nacho y yo ni nos lo pensamos, nos vamos escopeteaos al Sundlaug Akureyriar bajo la promesa de no estar chapoteando más de una hora. Para gustos colores, pero no alcanzamos a comprender como el resto no nos acompaña a tan memorable piscina. La foto del recinto no le hace para nada justicia, fue sacada a través de la valla perimetral debido a que dentro estaba terminantemente prohibido el uso de cámaras. Y hombre, que me echen un día de la piscina municipal de mi pueblo por hacer el manguán me importaría un bledo, pero que me echasen de la piscina de Akureyri pues como que no.



La remojada fue similar a la del día anterior con la diferencia de que en lugar del fresquete de la tarde teníamos el fresquete de las 8 de la mañana y en lugar de una parejeta en la zona de los chorros había señoras tomando el sol (ya me explicarán cómo pretenden coger moreno en un lugar cercano al paralelo 66º a esas horas). En el jacuzzi también somos objeto de las miradas de las gentes del lugar e incluso en los vestuarios uno de los socorristas nos indica que debemos ducharnos antes de entrar a la piscina. Decididamente sacamos mucha pinta de guiris. Le decimos que no se preocupe, que de hecho venimos a eso, a ducharnos, pero el tío no se fía y nos va vigilando.

Un socorrista que en invierno tiene el puesto en una torre acristalada como las torres de control de los aeropuertos para que no se chele de frío. Curioso. Tras tirarnos un par de veces por los toboganes e ir a la sauna damos por concluida la estancia en una de las piscinas más apistonantes donde he tenido el honor de remojar los pinreles. A la vuelta a los vestuarios descubrimos el secador de bañadores, una especie de cubeta en la que al introducir el bañador mojado y bajar la tapa, gira centrifugando el agua y te lo devuelve seco para poder meterlo tranquilamente en la mochila. Reflexiones acerca de lo higiénico del invento las dejamos para otra ocasión pero el caso es que nos vamos aclimatando a las costumbres del lugar, si al final de cada frase dijésemos un yaauu muy fuerte para expresar conformidad o asentimiento pareceríamos del lugar. Lo malo es que hay que marchar.




Desayunamos en la caravana y ponemos rumbo a la capital. Esta mañana no hay nada más que ver, el viaje transcurre por la zona noroccidental de la isla, dejando a mano derecha la interesante península de Snæfellsnes donde se aloja el volcán que da acceso al centro de la Tierra en la novela de Julio Verne aparte de montañas y parajes perdidos del resto de la, ya de por sí, salvaje isla. Pese a que por donde circulamos no deja de ser interesante no tiene ni punto de comparación con lo visto los anteriores días. La carretera se empina en algún pequeño puerto de montaña, se ven montañas nevadas, caballos y los pequeños establos donde los pastores reparten las ovejas de cada uno cuando toca recuperarlas de los pastos verdes por donde pululan a sus anchas. Pero no hay mucha cosa más.


El viaje transcurre escuchando música cada vez más ecléctica, dejemos ahí el calificativo y no ahondemos más en lo que soportaron nuestras cabezas aquellas horas. Aparte Toño y Nacho están enzarzados en la parte de atrás en un estúpido juego de cartas mezclado con bolas de queso del kilo comprado en Höfn y que nunca se acaba.

Llegamos a Borgarnes creyendo firmemente que como en esa zona se crían caballos podremos comer hamburguesa de caballo. De la clase de bulos que la mente humana es capaz de generar bajo aislamiento en una autocaravana y alimentación deficiente. Alguien lo soltó por hacer la gracia el primer día y el bulo fue creciendo solo. El viernes creíamos a pies juntillas que en ese pueblo nos íbamos a zampar una hamburguesa de caballo del ídem, de caballo. También circuló el bulo, menos plausible, de que en algún lugar que nadie supo concretar también se dedicaban a la manufactura de hamburguesas de frailecillo (el cómico pájaro visto en las playas del sur de la isla). Este bulo no caló tanto pero el del caballo era un hecho irrefutable hasta que nos dimos de morros con la cruda realidad.

Así es que tuvimos que ir al área de servicio del lugar y retornar a nuestro querido menú de hamburguesa de cordero o de ternera aderezado esta vez con helado. Mala no era, pero comer siempre lo mismo resulta aparte de monótono, una magnífica excusa para que las tripas se rebelen y amenacen con darte el día. En cualquier caso aprovecho ese rato con wifi para confeccionar uno de los equipos de la porra de la Vuelta a España y rematar otro en el que me juego algún premio bastante suculento. Ambas porras serán un fiasco. Islandia está muy bien para muchas cosas, pero no para las porras de ciclismo. Encima Lemus, un tío que se quedó en Dufaux y Virenque y que no tenía ni papa de quién era Fabio Aru, aprovechando los ratos en los que le hago de copiloto se pone al día en cuanto al pelotón internacional y sin quererlo le hago el equipo a medida para que rasque puesto de honor en una de ellas. Qué catástrofe.

A primera hora de la tarde llegamos a Reykjavik cruzando por el túnel que pasa bajo el mar en Akranes. Akranes existe y de hecho es una de las playas en las que uno se puede bañar allá arriba, los que hayan echado horas al mítico PC Fútbol les sonará el nombre porque era uno de los clásicos equipos que a veces daba algún disgusto en la Copa de Europa. De esos típicos fallos de programación de aquellos juegos de 2995 pesetas. Y una vez realizado el apunte friki acerca de Akranes pasemos a lo grueso: Reykjavik.

Reykjavik como tal cuenta con poco más de cien mil habitantes. Contando todo el área urbana se va al doble. Aún así es una ciudad pequeña y acogedora con un tamaño muy recogido en el que se puede llegar de un sitio a otro caminando. De hecho no tuvimos ningún tipo de problema para aparcar la autocaravana en un pequeño solar de una de las principales avenidas enfrente del puerto. Junto a una tumba. Tumba con lápida en caracteres cirílicos para más señas.


Al preguntar a la chica de la oficina de turismo si el lugar donde aparcamos estaba permitido y si tendríamos algún problema para dormir allí (obviamos lo de la tumba) la chica no puso ninguna objeción salvo que la Maratón de Reykjavik pasaría por allí delante a la mañana siguiente y el tráfico podía quedar cortado. Por lo de dormir allí ni se inmutó y el hecho de saber que al lado había una tumba, y en cirílico, posiblemente en poco o nada hubiese perturbado la paz de esta tranquila islandesa. Viven tranquilos.


Así pues nos fuimos al centro de la ciudad a visitarlo con la tranquilidad de que la caravana estaba bien aparcada. Un lago con patos, dos calles principales atestadas de gente, mucho comercio, la catedral de curiosas formas cuya torre incomparable a cualquier otra vista antes se alza majestuosa hacia el cielo guardada por la figura del vikingo Leif Eriksson.



Tras una primera toma de contacto echamos la primera cerveza de la tarde y Toño saca a pasear al comandante Lassard. Ese amigo que le ha acompañado en tantos y tantos viajes por el mundo desde aquel primer encuentro en Santander aquel verano que decidimos que semejante camiseta iría a parar como premio a aquel de nosotros que lograse comer y beber más y así pudiese demostrarlo ante la báscula. En esta ocasión tuvimos la mala suerte de que el festival del bacon ya se había pasado porque si no hubiésemos montado otra santanderada a buen seguro. Pero Reykjavik nos iba a ofrecer otros entretenimientos.





Una vez repostados continuamos con la visita a lo alto de la torre de la catedral desde donde se ven unas buenas vistas de Reykjavik. Todo casitas bajas y coloridas. Ya abajo nos llama por teléfono Inés, la hermana de Nacho, quien acude con su amiga y compañera de trabajo, Silvia, a las que habíamos prometido el martes hacer todo lo posible por llegar el viernes a Reykjavik para salir de fiesta con ellas. Y una vez nos encontramos pues no se nos ocurre mejor manera de celebrarlo que ir a echar más cervezas.


De ahí a una pintoresca hamburguesería donde coincidimos con grupos peculiares de gente y a los que iremos viendo más adelante por la ciudad cuando salimos de bares por la noche reikiavinkense. Mucha niña mona (luego volveremos al tema de las mujeres islandesas), mucho chaval siguiendo la tendencia agroskater impuesta en la norteña Akureyri, bastante alcohol, gente empifolada a la una de la mañana y bares muy pero que muy curiosos. Por ejemplo, el Lebowski. Sigue en parte la temática de la película de El gran Lebowski con las puertas de los baños decoradas con los personajes de la cinta. Pero luego desparrama y en las escaleras que suben a una especie de terraza (terraza en Reykjavik, en un bar nocturno; gente sin complejos) las paredes están forradas de portadas de la revista Playboy. La música ochentera y uno de los camareros que parece Otto el autobusero de los Simpson pero sin gorra y con chaleco de Bruce Springsteen va aporreando las lámparas que hay sobre la barra como si fuera un xilófono. Decadente.

Otro ejemplo. El Kiki. Con este nombre ya se podrían hacer una idea. Además la pared está pintada, claramente, con los siete colores del arcoiris. Vamos, blanco y en botella. Pues como sería la torrija que nublaba nuestras mentes merced a la ingesta de alcohol, la insuficiente alimentación de los días previos, el cansancio y la constante visión de bellas walkirias, que algunos no se dieron cuenta del carácter del establecimiento hasta pasado un buen rato. Cuando al mirar alrededor aparte todas las paredes tenían pintados arcoiris. Di que de lo que iba el bar a lo que luego había dentro pues no tenía mucho que ver ya que la gente rondaba todos los garitos por igual y por eso nos costó darnos cuenta. Eso sí, en los baños alguno casi hace nuevos amistades muy a su pesar.

Aún tuvimos tiempo de recenar un kebab mientras en la calle unos zagales se zurraban en plan de broma muy al estilo maciello del Pirineo. Uno de ellos nos contaba que esa costumbre era del lugar aunque no apareciese en las guías de viaje, todo ello mientras sus dos amigos iban pasando del pressing catch a la lucha canaria pasando por el boxeo de borrachos. Muy educativo.

Al final nos vamos a dormir o al menos a hacer verlo.

Sábado, 23 de agosto. Como a las 9 de la mañana más o menos y tras haber maldormido unas cuatro horas comienza a sonar Calfornia dreamin de los Mamas & the Papas en la calle. A modo de bucle la cancioncita sirve para amenizar a los corredores de la Maratón de Reykjavik a su paso por el km 9. Mira que podían haber puesto canciones e incluso en un alarde de esplendor, combinarlas, pero esta gente puso esa a piñón. A la hora y pico de martilleo con la cancioncita vamos levantándonos y salimos a la calle a animar a los participantes de la carrera. 10 K, Media Maratón y Maratón todo junto. En algún momento de la primavera Nacho y yo tuvimos la feliz y pasajera idea de apuntarnos a esta carrera. Por fortuna no lo hicimos ya que me cuesta imaginar como hubiese sido correr 21 km con la cabeza como un ternero (es decir, resacoso) después de haber salido la noche anterior.


Así y todo, y teniendo en cuenta que soy un "corredor" malo, con mi marca en media maratón hubiera quedado por mitad de la clasificación. No sólo es que pase gente caminando a ritmo pausado sino con amigos a colicas o directamente cogidos como un fardo y echados al hombro. Demencial. ¡Otro año creo que nos apuntaremos!

Es nuestro último día en tierras islandesas así es que aprovechamos para hacer las últimas compras de recuerdos y camisetas después de desayunar algo en una cafetería. Además toca devolver la autocaravana pero hay un pequeño problema. La hora de devolución es a las 16h de la tarde y nuestro vuelo sale pasada la medianoche. Así es que Inés y Silvia se prestan a acompañar a los conductores hasta Keflavik a dejar la caravana y traerlos de vuelta a Reykjavik en su coche a pasar las últimas horas. Como no hay sitio para todos en el auto ya que somos seis, cuatro personas deben marchar a devolver la caravana y otras dos se deben quedar a esperarlas. Y el premio gordo de los que deben esperar en Reykjavik recae en Toño y un servidor.

Es la una de la tarde y ahí estamos mano a mano frente a un buque de la Guardia Costera Islandesa amarrado en el puerto y que sirve de barco museo. Es de esos sitios a los que de pequeño te podrían haber llevado con el colegio y hubiesen supuesto dos horas perdidas de tu vida. Pero con Toño sabes que lo pasarás genial así es que entras porque aparte no hay que pagar.

En el museo marítmo ya acontece la primera comedia. Al entrar al baño a orinar, el primer percance. Al ir a salir, el pestillo que no gira y la puerta que no se abre. Lejos de ponerme nervioso y comenzar a gritar o aporrear la puerta intento forzarla como en las películas hasta que Toño extrañado por mi ausencia me dice desde el otro lado que va a buscar a algún responsable del museo. Al final la puerta se abre de la manera más tonta al forzarla como si quisiera cerrar en lugar de abrir, momento en el que llega Toño para decir que el responsable ya está enterado de que la puerta falla "y a veces pasa eso" y que probemos. Porque se abrió la puerta que si es por el responsable hasta el día del juicio final podemos estar probando. Esta gente no se estresa.

Pasamos al barco como tal a deambular por sus camarotes. O el responsable de atrezzo es un hacha o esas habitaciones están tal y como las dejaron cuando el barco cesó de su servicio. Si lo han creado todo desde cero, desde aquí expreso mi más profunda admiración ya que el detalle de las cintas de casette pegotinadas contra un hule de flores en una de las mesas, la dentadura postiza, las revistas de fútbol de cuando el Naranjito, los cepillos de dientes o los cuchillos de cortar el pan con migas pegadas, son detalles muy logrados.


Las risotadas de nuestro particular tour son tan estentóreas que nos asignan unos viejecitos muy simpáticos que actúan como voluntarios y que nos vigilan mientras entramos en los camarotes y que acentúan su marcaje cuando llegamos a la sala de máquinas. Deben sentir auténtico pavor de que esa pareja de españoles que avanza entre carcajadas por los pasillos la líe parda. Tras este rato tan divertido marchamos del museo y como los encargados de devolver la caravana no han regresado decidimos seguir con la caminata.


No somos conscientes de ello pero estamos inmersos en nuestro particular Tercio Maratón de Reykjavik. Muy chino chano y con avituallamientos sólidos y líquidos pero 14 km al fin y al cabo que nos zampamos merodeando por allí. Tras las dos primeras horas de carrera toca sólido, cucurucho de chocolate y hacemos una intentona por entrar en el museo de las Sagas. Como es de pago y no sabemos cuando regresarán los de la caravana decidimos dejarlo para más tarde no vaya a ser que haya que salir en mitad de la visita a reencontrarnos... Ilusos...


Hablando de cucuruchos y helados. Existe una curiosa cadena de heladerías cuyo logotipo es bastante curioso y que fue motivo de burla y escarnio por nuestra parte. No es otra que las heladerías YoYo. 



En la foto no se aprecia bien aunque por la cara que pongo parece que nosotros sí que lo apreciábamos en ese momento. Rebuscando en internet surge una imagen de un anuncio cualquiera de los helados YoYo. Observen. 



No sólo es que el contenido del cucurucho tenga una forma característica, es que el logotipo tiene la forma de una mierda. Los helados deben de ser muy buenos, pero el logo es total. Sólo le falta saludar como si fuese la caca de la Arale. La cual por cierto cuando saluda emite un característico ¡Oyo!. Increíble.



Acudimos a una especie de Mercado Central pero todo lleno de productos de segunda mano o antigüedades. Entre jerseys de lana, bufandas, libros, muebles, zarrios en general y los típicos puestos de mercadillo con camisetas y banderas encontramos un divertido recuerdo typical spanish que seguro hace sangrar los ojos a más de uno. Por la combinación de colores y esas cosas. 


Nos acercamos al Palacio de Congresos que se encuentra junto al mar y a la escultura que simula el esqueleto de un Drakkar. La escultura es pequeñita y sirve más de castillo para los peques que para otra cosa pero el Palacio es bien bonito con su geometría de celdas acristaladas. Además en el exterior hay una exposición de cadillacs. Tras ver los coches alguno de los dos propone acercarse al centro "a ver qué hay". Aparte de que va tocando un avituallamiento y seguimos sin noticias del resto.



Nos han comentado algo de que hay una especie de festival de música en la calle. Madre del amor hermoso lo que había allí montado y nosotros haciendo el canelo en un barco sacando fotos a dentaduras postizas... Eso no es un festival, es la rehostia en bicicleta. Cada doscientos metros, en cualquier plaza, explanada, jardín, parquecillo o cualquier foricachón digno de habilitar cuatro maderos a modo de escenario y un poco de paja o una alfombra de césped artificial a modo de pista de baile, hay escenarios con gente pinchando discos o cantando o con grupos tocando.


Para más inri, lo primero que vemos Toño y yo es uno de esos escenarios en el que está bailando, o mejor dicho, flotando, una walkiria vikinga de gráciles formas. Se encuentra rodeada por pintorescos personajes que nos suenan de la noche anterior pero no logran eclipsar los bailes de Miss Reykjavik. En esos momentos recibimos las primeras señales de vida de los que han ido a devolver la caravana, que aún tienen para rato. Le preguntan a Toño que dónde estamos. Toño responde con un escueto "en el paraíso" sin dar más detalles mientras bailamos al son de las alegres tonadas que reconfortan el alma y alegran nuestro corazón rodeados de las guapas reykiavikenses.

Las reykiavikenses: en líneas generales las mujeres islandesas, al menos en cuanto a lo que pudimos apreciar, se dividen en guapas y muy guapas. En la zona oriental de la isla abundaban además las mujeres grandotas (y no estoy diciendo que sean feas ni mucho menos) simplemente es que son muy altas y muy fuertes. En la zona norte y en la capital son más recogidas y en general bastante rubias o en todo caso castañas. De rasgos nórdicos con ojos claros y excesivamente guapas. Sin embargo hubo una circunstancia que nos perturbó seriamente. Debe de ser la moda o, según hemos podido deducir deambulando por la red, que en Islandia también existe el fenómeno choni. Me explicaré. Imaginen una chica rubísima de ojos azules con las cejas muy perfiladas y pintadas de negro. Si la chica es guapa pues sigue siendo guapa aunque sin ese emplasto en la cara estaría mejor. Pues bien, esa circunstancia la pudimos apreciar tanto en Akureyri como en Reykjavik. Por cada una a la que le quedaba medianamente bien se veían tres o cuatro destrozos, alguno bastante serio.


Los islandeses al parecer las llaman skinka y son ni más ni menos que nuestras chonis. Y sean skinkas o no la verdad es que el gen vikingo las domina, son mujeres de armas tomar, muy suyas y bastante inabordables. Pero vamos, que al margen de que hubiese alguna skinka o no, hecho al que tampoco dimos mucha importancia en ese momento, ahí nos quedamos embobados en el baile unos cuantos minutos hasta que la sed aprieta y decidimos ir a echar una pinta a un pub cercano.

Es allí donde entablamos conversación con un hombre de unos cincuenta años que se nos presenta como DJ (aunque su aspecto no concordaba con la profesión). Todo empieza en la zona de fumadores a donde salimos a beber y el tío nos viene al oírnos hablar preguntando si somos mexicanos. A partir de ahí toda una conversación de unos diez minutos en la que nos hacemos una ligera idea del concepto tan abstracto que tiene del mundo este particular islandés.

Confunde mexicanos con argentinos y españoles y no le queda muy claro donde cae el País Vasco, Valonia, Normandía o Bretaña. Al decirle que somos aragoneses y explicarle la ubicación en el mapa se arma un cacao monumental mezclando todas las regiones europeas antes mencionadas. Eso sí, al comentarle que Toño vive en Cataluña el tío lo clava a la primera. Toca-ti els collons. Luego nos pregunta qué hemos hecho estos días por su país y al comentarle que un día fuimos a ver frailecillos a una playa nos contesta que "yo no he visto un jodido frailecillo de esos en mi puta vida". Un tipo curioso.

De allí creo, y digo creo porque el espaciotiempo comenzaba a replegarse de manera abrumadora sobre nosotros, fuimos al Museo de Arte Nacional. No recuerdo muy bien con qué finalidad. El caso es que una vez entramos nos invade una poderosísima necesidad de miccionar. Buscando los baños nos aborda una simpática dama que se encuentra realizando una especie de experimento sociológico. 

Con una cámara de vídeo y una silla situada frente al objetivo va sentando a gente por un periodo de dos minutos. Ante la cámara uno puede cantar, hablar, hacer muecas o no hacer nada, hay libertad absoluta. En el mismo instante en el que la moza posa sus ojos sobre nosotros me siento utilizado de manera vil y artera puesto que el premio gordo, y nunca mejor dicho lo de gordo, es sentar a Toño dos minutos frente a la cámara y para ello la chica deduce que primero tiene que convencer al amigo largirucho aunque su actuación sea prescindible.

Me niego categóricamente una, dos, tres veces. Al final le decimos que nos sentamos si nos dice donde están los baños. Cuando estoy a punto de escapar a mear y dejar a Toño con el embolado para no volver es él quien se adelanta y me deja solo con la moza la cual me obliga a sentarme frente a la cámara. Con la vejiga a punto de explotar y cortado sin saber qué decir se pasan los dos minutos mientras Toño regresa a descojonarse.



Una vez terminada la sesión le toca el turno a Toño el cual ni corto ni perezoso imparte una charla que todavía intentan traducir y desentrañar el sentido los más prestigiosos estudiosos del país. Desde el Espanya ens roba hasta el somos cuatro maciellos que hemos venido de vacaciones a Islandia, bueno, estos son maciellos pero yo ya soy tión, no queda títere con cabeza en un discurso delirante. La moza no tiene ni idea de lo que Toño está diciendo pero sólo de verme llorando de risa ella también se parte.

De allí marchamos a contemplar más actuaciones callejeras y en todos los escenarios se pueden ver cuadros realmente berlanguianos. Junto a un grupo de adolescentes sudando como puercos y bailando con movimientos simiescos se encuentran dos zagalas que posiblemente no cumplan ya los treinta flotando en medio al ritmo de la música mientras la carencia de ciertas prendas de ropa interior provocan un bamboleo desenfrenado de determinadas partes de su cuerpo. Y para rematar la estampa, niños de nueve o diez años bailando como si no hubiera un mañana al lado de sus padres y de las chicas sin sujetador.


Tras volver al primero de los escenarios donde hace unas horas bailoteaba Miss Reykjavik y darnos cuenta de que la moza ya no está decidimos ir a llenar semejante vacío existencial comiendo algo. Al lado de un puesto de hamburguesas y perritos encontramos uno de bocadillos de lobster, traducible por langosta, langostino o en todo caso un bichete de esos que está de muerte. Tanto como la bella dependienta quien tiene un aire a Magdalena de Suecia pero en guapa. Ni tan siquiera el "danos algo de lo que tengas con un poco de pan" borra su sonrisa y nos ofrece un bocadillo absolutamente memorable que nos arregla las tripas y nos da nuevas fuerzas para abordar otro nuevo reto.

Nos acordamos de que nos falta por ver una de las visitas de obligado cumplimiento y que se ha postergado por esperar al comando autocaravana que en esos momentos se encuentra comiendo en un restaurante atendidos por una malagueña que les cuenta vida y milagros (y menuda vida y menudos milagros...) en los cuales no entraremos en detalles. Como Toño y yo estamos abandonados a nuestra suerte decidimos acudir al Museo del Pene. Sí, han leído bien. En Reykjavik hay un Museo del Pene.


El surrealista diálogo con la pareja que nos indica donde se encuentra no sirve de mucho ya que el museo está ya cerrado así es que volvemos de nuevo al meollo de la fiesta, momento en el que nos llaman nuestros amigos con los que al final nos reencontramos para ir al cado donde bailaba Miss Reykjavik a rematar el último rato que nos queda antes de coger el avión.

Acontece entonces otro de los momentos más acojonantes del viaje. Bailando y haciendo el mec en la pista va entrando sed y al ver a gente con latas de cerveza vamos siguiendo el reguero de gente hasta dar con el punto donde las consiguen. Este no es otro que una barra callejera similar a las que se montan aquí para Fiestas.

Toda similitud con una barra de las de aquí acaba ahí. La barra en cuestión, con sus cámaras frigoríficas eso sí, está regentada por cuatro crietes con edades comprendidas entre los siete y los ocho años e incluso puede que les eche demasiados años y ustedes comprenderán el porqué después. Los cuatro crietes son negros, lo cual no tendría nada de especial a no ser por el hecho de que en Reykjavik la gente suele ser bastante rubia. No es que se vean muchas etnias diferentes a la nórdica por las calles, la verdad.

El cabecilla de hecho tiene un aire bastante acusado al personaje principal de la telecomedia estadounidense Arnold y con ese nombre nos referiremos a tan simpático zagalete. Al ponernos frente a la barra y tras un rifirrafe por hacerse con la voz cantante ganado por el genial Arnold, éste nos canta la carta y los precios de tan acojonante manera (todo ello en inglés, eso sí):

- One beer, five hundred; two beers, one thousand

(O sea: una cerveza, 500 coronas; dos cervezas, 1000 coronas. Nótese que por una lata de cerveza te tangan 3 €... y estaban a mitad de precio que en un bar normal!)

Nos quedamos mirando con cara de póker porque no sabemos dónde puñetas está la oferta por comprar dos latas así es que le pedimos cuatro latas. Arnold parece entrar en una breve crisis de pánico pero al momento, todo hacendoso, va sacando las latas de una en una y con evidentes esfuerzos ya que le pesan o no le llegan los brazos al fondo o al menos le cuesta desincrustarlas de la cámara. O todo eso a la vez.

Tras disponer las cuatro latas en la barra toca cobrar. Y otra vez revuelo en el que se vuelve a imponer Arnold extendiendo la maneta toda mostosa (de esas manos mostosas que tienen los críos a ciertas edades) para que le dé la tarjeta de crédito (porque sí, en Islandia uno puede pagar con tarjeta hasta en una barra raguñosa regentada por cuatro críos de siete años en la calle). Pero al ir a pasar la tarjeta tiene que teclear el importe y ahí comienzan las comedias. Se había aprendido el precio de una lata y de dos latas, pero de cuatro...



¡100 coronas! le dice Toño a lo que responde con una mirada torva y comienza a hacer cuentas con los dedetes hasta que al medio minuto y todo ufano espeta que son 2000 coronas y pasa la tarjeta. ¿Quiere usted ticket? nos pregunta a lo que le decimos que sí para que farde ya por completo ante los amiguetes. Culminada la transacción comercial más surrealista de mi vida, aparece en escena una mujer de unos cuarenta años que deducimos debe de ser la profesora, tutora o responsable legal de esos cuatro críos y ya nos quedamos más tranquilos. Así que nos despedimos momentaneamente de Arnold a quien visitaremos unas cuantas veces más para que nos avitualle convenientemente.


Arnold, el camarero más elegante, atento, servicial y, en resumidas cuentas, más acojonante con el que me he cruzado en toda mi vida.


La tarde toca a su fin y conforme va bajando el sol nos damos cuenta de que nuestra estancia en Islandia se termina. Con muy pocas ganas logramos salir de la plazoleta donde suena la música e ir a buscar las maletas que guarda Inés en su coche, para ir a la estación de autobuses a coger el coche de línea hasta el aeropuerto. En la estación nos despedimos de Inés y Silvia, que tan buenas anfitrionas han sido y que nos han aguantado estos días.


Ya "sólo" resta llegar al aeropuerto, cenar algo, esperar a coger el avión a las 2 de la mañana, volar en otro autobús con alas durante cuatro largas horas sin poder dormir, llegar a Barcelona a eso de las 8 de la mañana y coger el coche para llegar a casa cerca del mediodía. Lo bueno de ese rato fue el almuerzo que nos clavamos en un área de servicio de la autovía en algún punto entre Barcelona y Lleida donde un bocadillo de jamón, un bollo y un café nos salió por poco más de lo que nos cobraba el bueno de Arnold por una cerveza de lata. Lo malo fue todo lo demás.

Al llegar a casa a algunos nos costó un mundo recobrar el pulso a la vida diaria a pesar de haber pasado tan sólo una semana allá arriba. Los días nos parecían inusualmente cortos y volvía a hacer calor sofocante aunque luego en las piscinas el agua estuviese helada. Un chabisque monumental para la cabeza que se tradujo en dormir mal durante algo más de una semana despertando todas las noches sin saber donde estaba y mirando por la ventana de la habitación para ver donde se había aparcado la caravana.



Fue sólo una semana pero creo que causó bastante impacto a los cuatro integrantes de la expedición. Nos quedaron cosas por ver y por hacer, aparte de todo el interior y las penínsulas lo cual daría para dos semanas o más, pero cumplimos el objetivo de circunvalar la isla viendo lo más destacado que encontramos a nuestro paso. Además de los descubrimientos en forma de skyr, piscinas, ballenas, bares, reykiviakenses y akureyrienses, campings, festivales y arnolds. En definitiva, Islandia dejó una muy grata impresión, gracias también a la muy buena compañía. Por tanto, no sabemos cuando pero algún día, ¡volveremos!



jueves, 30 de octubre de 2014

Sagas de Islandia (V): Piscinas, ballenas, fiordos y las zagalas de Akureyri


Miércoles 21 de agosto. Despertamos en Höfn después de otra noche de dormir como troncos, en Islandia no existe el insomnio ni el despertar a media noche. Esta vez me ha tocado dormir en el altillo, encima de la cabina del conductor, en la especie de joroba que tiene la autocaravana. A pesar de que la altura del habitáculo es muy pequeña y apenas se puede estar allí sentado, las otras dos dimensiones son amplias y se descansa muy bien y con las piernas bien estiradas. Desayunamos a base de leche y skyr y nos ponemos en camino.

Nos encontramos en la esquina sudeste de la isla y debemos remontar toda la costa este que básicamente está conformada por fiordos para llegar lo más cerca posible del lago Mývatn. Algunos tenemos dudas al respecto y pensamos que es posible que tengamos que hacer noche en algún lugar intermedio pero Lemus es un tío tenaz y se ha propuesto conducir la caravana hasta allí.



La mañana es fría y el cielo está encapotado. Además nos acercamos a una de las zonas ventosas del país por lo que ponerse cuanto antes en camino es lo mejor y sobre las 8 de la mañana parte la expedición. Los primeros kilómetros hasta Djúpivogur son de trámite. La costa es bonita pero después de un rato se hace algo monótona. Por suerte Inés nos ha recomendado un sitio cercano a esta localidad en el que hacer una pequeña parada.

Volviendo sobre nuestros pasos, en el tercer camino a mano izquierda desde Djúpivogur hay uno de los denominados hotsprings que no son sino unas pequeñas piscinas habilitadas por y para los lugareños. No se trata más que de contenedores, arcones o cualquier recipiente plástico o metálico que se pueda imaginar y que tenga unas dimensiones aproximadas de 1 metro de alto por 1 metro de ancho por 3 metros de largo, conectado a una tubería que recoja el agua de la surgencia más cercana. Ni qué decir tiene que el baño es libre y gratuito.



En nuestro caso el abrevadero en cuestión no saca muy buena pinta y el agua está ardiendo. Quizás a 50º C ó así. En el exterior hace frío, sopla el viento y chispea así es que sólo Nacho y Lemus se atreven a bañarse allí y luego regresar caminando a la autocaravana que hemos dejado aparcada como a medio kilómetro. Esas son las contraprestaciones aunque los pros son la magnífica vista que puede contemplarse mirando hacia la costa. Sin embargo estos valientes caballeros se colocaron sentados en dirección contraria de modo que lejos de poder admirar las montañas nevadas sólo ven la carretera y a Toño y a mí riéndonos de las caras de sufrimiento que ponen debido a la elevada temperatura del agua y haciendo conjeturas varias acerca del uso que dan las ovejas del lugar al abrevadero-pichadero en cuestión.



Desde allí hasta Egilsstaðir hay muchos kilómetros, mucha curva y subebaja y algún que otro fiordo interesante. No llegamos a adentrarnos en la zona más bonita de Seyðisfjörður ya que suponía un buen tramo de carretera y la certeza de pasar allí casi todo el día así es que decidimos acortar por el interior haciendo uso del túnel que lleva hasta Egilsstaðir. Entre medias pudimos ver y admirar montañas nevadas, pueblos de pescadores y hasta una fundición de aluminio, curiosas formaciones geológicas con todos sus estratos rocosos a la vista dando la apariencia de ser cuidadosas hileras de bloques de piedra como si de pirámides construidas por el hombre se tratasen. Y una casi permanente sensación de soledad por carreteras apenas transitadas.







En Egilsstaðir aprovechamos para comprar, comer y estirar las piernas. Aparentemente se trata de otro pueblo como los descritos en otros capítulos, sin nada de especial. Si lo tiene pues no lo vimos ya que no pasamos del supermercado de turno y la cafetería-hamburguesería de la que ya comenzábamos a estar cansados. El supermercado cuenta con sección de frutas y verduras habilitada incluso con humidificadores. Disponen de plátano de Ecuador y uva de Murcia.



La sección de skyr es impresionante. De diversos sabores y tamaños, mercamos una cantidad importante de este producto que nos tiene enamorados. No hace ni un día que compramos en Höfn pero es que lo vamos devorando todo el rato. Además acontece un hecho bien curioso que yo al menos no he visto en ningún otro lugar. Al ir cogiendo productos de las estanterías automáticamente una cortina situada por detrás de la misma se descorre y aparece la mano de un señor o una señora reponiendo al instante el producto que nosotros cogemos. 




También venden souvenirs, juguetes, jerseys... un supermercado en Islandia tiene de todo. Además este en concreto de Egilsstaðir cuenta con el honor de disponer de las cajeras más grandes de todas las que vemos en el viaje. Uno se imagina uno de esos monjes irlandeses rollizos destinados por la divina providencia a evangelizar a aquellos vikingos, primeros pobladores del país, colgando los hábitos y desposando a una de esas noruegas fuertotas. Y teniendo niños sanotes y fuertecitos que son los tataratatarabuelos de estas cajeras con una complexión física espectacularmente grande. Y tranquilas como ellas solas. 

Contemplar como pasan por caja ocho imanes de nevera, todos con el mismo precio, uno a uno en lugar de pasar el primero y realizar la operación pertinente en la caja registradora multiplicando por ocho. En Islandia no hay estrés. ¿Hay que pasar ocho productos iguales por caja? Pues se pasan uno a uno y la gente de la cola que espere. Si no fuera porque la moza era pelirroja, me sacaba cuatro dedos de altura y posiblemente 30 kilos de peso y afuera en la calle había 8º C y llovía, uno pensaría que se hallaba en el Caribe.

Una vez deglutida la ración de hamburguesa diaria salimos hacia Mývatn mientras poco a poco el cielo se va desencapotando si bien esto último es una ilusión. El viaje continúa con los cielos cubiertos y con ratos de lluvia mientras Nacho conduce y yo hago de copiloto. Hemos dejado la costa y avanzamos por una parte algo elevada del país. Hace frío y sopla el viento, a veces da la sensación de estar en tierras escocesas por las montañas verdes que se van atravesando entre la lluvia.



Pero a los pocos kilómetros el verdor desaparece y todo lo que alcanza la vista es una auténtica desolación en un paisaje auténticamente lunar. Todo es gris, ocre o marrón. De un color terroso en el que no se aprecia nada de vida, sólo piedras y arena. Ni qué decir tiene que tampoco se ve rastro de civilización. Ni pueblos ni aldeas, si acaso algún desvío a alguna granja perdida o pistas que se pierden hacia el interior salvaje de la isla.




Como contrapunto, en la autocaravana suena en bucle un disco de los Toreros Muertos. La selección musical es, por así decirlo, ecléctica. Durante el viaje hemos disfrutado de los Gipsy Kings, Fabio McNamara, el Juampa... y lo peor está por venir.
Pero ahora toca Pablito Carbonell y sus secuaces los cuales contrastan con todo lo que nos rodea mientras nos adentramos en el Norte del país.


Dejamos a mano derecha el desvío a las cascadas de Dettifoss mientras aprovecho para llamar a casa ya que están de cumpleaños. Mi hermano Jesús me comenta que ha salido por el telediario una noticia de un volcán que está a punto de entrar en erupción. Le digo que hemos oído algo pero que no debe de ser grave mientras él sigue comentando que en España la noticia sale por todas partes y que al parecer la erupción es inminente. Pienso en las cajeras del supermercado y su ritmo caribeño, en el estrés que arrastra todo el país, en la tensión que se respira en el ambiente y les digo que no se preocupen que me parece a mí que o exageran en España o en Islandia están muy acostumbrados a estos desastres naturales.

Un par de días después nos enteramos que justo en ese momento, mientras pasábamos por el desvío a las cascadas, debían estar cortando esos accesos puesto que el volcán que iba a reventar supuestamente iba a fundir hielo provocando riadas e incluso la desaparición de esas cascadas. Y nosotros circulando por allí tan tranquilos escuchando "Mi agüita amarilla" sin ver ni un coche de policía, ni ambulancias, ni nada que recordase remotamente a evacuaciones o sensación de peligro. Ritmo caribeño y estrés absoluto.

Llegamos a la zona de Krafla y tomamos el desvío a la central geotérmica pasando por carretera que asciende al cráter de Viti. Llueve un poquito pero además parece como si hubiese niebla. ¿Niebla? ¡No! son solfataras que surgen de la tierra. Hay auténticas nubes de vapor a ras de suelo, a lo largo de las tuberías que bajan de la montaña hacia la central, en las chimeneas de la propia central y en definitiva en todas partes. La tierra echa humo, tal cual.



Subimos a Viti, un cráter de aproximadamente 1 km de circunferencia y que tiene un lago en su interior. A pesar de que se puede caminar alrededor de todo el borde del cráter tan sólo damos un cuarto de vuelta porque hace muchísimo frío ahí arriba. La mera acción de sacar fotos provoca que las manos "ardan" por la mezcla de la fría lluvia y el viento así es que vamos a refugiarnos al coche y descendemos hacia la zona de los lodos hirvientes en la cual a pesar de estar a tan sólo unos 4 km de distancia hay una temperatura mucho más soportable.



Al fondo hay una montaña de tono ocre de la cual surgen nubecillas. Huele a azufre si bien es tanto más soportable cuanto más alejado se mantenga uno de las columnas de vapor que surgen desperdigadas por el suelo. Existe un camino para no pisar donde no se debe y poder contemplar los diversos pozos de lodo donde a modo de geyseres pequeñitos, el barro grisáceo borbotea como si de una olla gigante se tratase.









Es un lugar curioso y entretenido para ver aunque las bafaradas a sulfuro que van y vienen obligan a abandonarlo a pesar del espectáculo de los lodos borboteantes. Estamos muy cerca del lago Mývatn, lo hemos conseguido y todavía no son las 19h, pasamos al lado de la montaña ocre humeante y descendemos hacia la zona del lago. A mano derecha aparece una especie de balsa o depósito de agua de la que surgen columnas de vapor y no sólo eso sino que el agua es azul celeste fosforescente.

Y a mano izquierda un cartel que indica la entrada a unas piscinas naturales. Revisamos las guías de viaje y, efectivamente, por allí se va a una especie de Blue Lagoon como el que hay cerca de Reykjavik pero en miniatura. Uno de esos detalles que lees de pasada en las guías o se te escapan directamente, así es que tras repostar en el pueblo que hay en la orilla del lago, Reykjahlíð, volvemos sobre nuestros pasos para provechar la circunstancia de las piscinas y que para nada teníamos previsto.

Toño prefiere quedarse en la autocaravana viendo películas en la tablet así es que Nacho, Lemus y yo enfilamos hacia la piscina. Nada más entrar, una cola de italianos esperando para entrar. Si hay tanta gente es que deben de estar bien. Por medio de la cola cruza un chino en bañador y una cerveza en cada mano dirigiéndose desde el bar hasta la piscina. Pasa el grupo de italianos y al fin nos toca pagar. 3500 ISK por barba, 20 eureles, 700 duros.

Entras a unos vestuarios impolutos y aparte de despelotarte y dejar tus cosas en la taquilla es obligatorio ducharse. Pero no como los gatos sino con bien de jabón y haciendo especial hincapié en las zonas donde hay que frotar bien como así indican varios carteles. Una vez te has duchado bien y te has puesto el bañador sales para fuera a la piscina que por si alguien lo dudaba se encuentra al aire libre.

Un bonito termómetro indica que la temperatura es de 12 ºC así es que los diez metros que separan la puerta del vestuario al agua se hacen a la carrera mientras se busca un hueco para dejar las chanclas. Por unas escaleras se accede al agua y esta te va cubriendo los pies, luego las patas, la zona de peligro, la barriga y todo el cuerpo. Y entonces estás en la gloria. La temperatura del agua debe de ser, como mínimo, de unos 38 ºC. Hay que desplazarse por la piscina en cuclillas o de rodillas ya que esta no cubre más así es que si uno quiere que el agua le cubra hasta el cuello pues tiene que ir así agachado.



El agua es de color azul fosforito, es más densa de lo habitual, ligeramente dulzona y la primera sensación al meterse es como si el cuerpo quedase cubierto por algún tipo de sustancia oleaginosa aunque luego ya se pasa. El suelo es de piedrecilla, mullido y de color negro aunque éste no se ve. El color se descubre cogiendo las piedras y sacándolas a la superficie. El color azul es tan intenso que no sólo no se ve el suelo sino que no se ve nada que esté dos dedos por debajo de la superficie.

Hay una punta de la piscina donde el agua supuestamente sale hirviendo o así lo indica un cartel, lo cierto es conforme uno se acerca hacia ese lugar la temperatura aumenta y sale más vapor. Hay grupos de italianos, una en concreto se ha metido en el agua con el teléfono y se dedica a charrar ahí en medio en plan divina de la muerte. También hay rusos y algunos españoles. Muchos te suenan, porque los has visto en el aeropuerto, o en Geysir, o en Gullfoss, o en Höfn. Islandia es tan pequeña que acabas cruzándote siempre con los mismos turistas (o con los mismos lugareños, aunque no adelantemos acontecimientos).

En realidad, lo que ocurre es que el mundo es un pañuelo y si no de muestra un botón. De repente noto como se mira una morena. Debe de ser española, es lo primero que pienso. Hemos soltado alguna animalada a voz en grito en medio de una señora rusa o eslava y su hija que no se enteran de nada y la española nos ha oído, es lo segundo que pienso. La miro otra vez, esta tía me suena, es lo tercero que pienso. Mientras desvío la mirada para seguir pensando qué está pasando los acontecimientos se precipitan y escucho como la chica morena comienza a decir en voz alta: "no puede ser, no me lo puedo creer, ¡Lemus, Lacoma!".

Nos giramos, vaya ya sé de que la conozco. Elena, una amiga de mis amigos Ms & Mr Trendy y que de vez en cuando venía por el piso de estudiantes que teníamos en la época de la universidad, además de compañera de clase de Lemus. Y allí está con su marido, su hermano y su cuñada dando la vuelta a la isla igual que nosotros. Besos y abrazos, la gente de la piscina alucina. Resulta que nosotros estamos dando la vuelta en sentido antihorario y ellos en sentido horario. Ellos también en autocaravana, como nosotros. De hecho hablando, hablando resulta que intentaron reservar el mismo tipo de caravana y los mismos días que nosotros y ya estaba cogida. La teníamos nosotros. Y nos tenemos que encontrar en una piscina a la que al menos nosotros hemos llegado de chiripa. Surrealista.

Tras una hora y pico muy entretenida charrando de todo un poco nos acordamos del pobre Toño que debe de estar aburrido en la autocaravana y tras despedirnos e intercambiar información acerca de lo que cada uno ha visto del país y que les queda a los otros por ver, salimos del agua antes de que los sulfuros nos devoren la piel. De vuelta a los vestuarios otra ducha (esta ya no es obligatoria pero si no quieres que el pelo se te quede tieso como si te hubieses hecho una cresta con jabón Lagarto, es necesaria) y vuelta a la autocaravana la cual está rodeada de pequeñas solfataras que surgen alrededor del aparcamiento.

Toño está más bien que quieras y ni se ha percatado de nuestra prolongada ausencia. Eso sí, nos indica que deberíamos buscar un lugar donde pasar la noche en el cual haya asfalto o similar ya que aparcar el vehículo sobre tierra puede deparar sorpresas. Por el tema de las columnas de vapor y demás. Así es que bajamos al pueblo a orillas del lago y allí aparcamos en una de las calles para pasar la noche.

Cenamos fabada que nos trajimos de España, embutido islandés y algún valiente se atreve con el bacalao desecado que hemos comprado en el súper y que saca pintas de estar más seco que la mojama. Aparte, unos supuestos bollos de canela adquiridos por Lemus y que no son sino minipizzas para calentar en el horno y que el insiste que pueden ser comidas así, en crudo. Como se puede comprobar llevamos una alimentación muy equilibrada. Menos mal del skyr, el kilo de bolas de queso, las uvas de Murcia y la cerveza Tuborg capada a 2º porque si no a lo mejor morimos de inanición.





Jueves, 22 de agosto. Hoy hay que llegar hasta Akureyri, o más allá. De hecho la idea general es llegar más allá puesto que el viernes hay que estar en Reykjavik. Yo me mantengo en mis trece de hacer noche en Akureyri, quien sabe si porque lo he leído en blogs, en las guías de viaje o por inspiración divina. Alguno se me mirar raro, como si todo lo que hubiera que ver ya estuviese visto y tan sólo restase ir de fiesta a la capital pero por alguna extraña razón yo quiero parar en la ciudad más importante del Norte y que no es más grande que Barbastro. 



Con esta idea partimos hacia el lago Myvatn. No tenemos una idea muy precisa de qué ver, o mejor dicho no tenemos una idea muy precisa de qué es prescindible. Finalmente optamos por la parte quizá más prescindible aunque, bueno, todo no podía ser perfecto. Contemplamos unas vistas generales del lago, con sus pseudocráteres que surgen del agua como pequeños promontorios cubiertos de vegetación. En la orilla, en la parte oriental hay una serie de caminos por los que caminar entre unas formaciones rocosas con forma de chimenea surgidas de manera parecida a los pseudocráteres del agua.





Por entre los agujeros que no son sino la marca dejada por gigantescas burbujas surgidas mientras este material afloraba desde las profundidades de la tierra, aprovechamos para sacar bastantes fotos haciendo poses artísticas. Lo de poses y lo de artísticas es un decir. Más paseos entre las chimeneas y los árboles de los que surgen algunos pajaricos y vuelta a la cafetería del lugar para desayunar tarta de queso. Otra cosa no, pero los postres son deliciosos. Y allí nos volvemos a encontrar con Elena y familia con los cuales decidimos de común acuerdo, y entre risas, no volver a cruzarnos en lo que resta de viaje. Vosotros hacia el Este y nosotros hacia el Oeste.





Al enfilar hacia Húsavík cometemos otra equivocación ya que lugar de coger la carretera que rodea el lago nos vamos directos hacia el norte y además a través de una carretera de grava. Nos dejamos de ver la mitad oriental de Mývatn y además nos toca carretera mala. Siguiente destino, las ballenas de Húsavík.



Húsavík es un pueblo pequeñito como de juguete. La iglesia de hecho parece que sea de Playmobil. Pero es bonito. La bahía de Skjálfandi se extiende ante él y enfrente las montañas nevadas. En medio, en las aguas, multitud de cetáceos pueblan el lugar así es que durante los cuatro o cinco meses que el pueblo permanece conectado al resto del mundo se dedican a organizar tours de avistamiento de ballenas. El resto del año, en palabras de Kristjan, el dicharachero guía de nuestro barco, se pasa estudiando o leyendo, en el bar o encerrado en casa esperando a que la oscuridad y las nieves se disipen y den paso a otro verano.




Embarcamos en el Knörrinn, al parecer el barco decano del país en este tipo de menesteres. Fabricado a mitad de siglo XX en los astilleros de Akureyri para servir como pesquero parece ser que nació con ángel ya que en su primera singladura sobrevivió a una terrible tormenta que se llevó consigo a una decena de pescadores mientras el barquichuelo sobrevivía. Además de protagonizar alguna singladura entre icebergs bastante heroica. Un pitera, vamos. En la década de los noventa es reciclado en Húsavík como barco de entretenimiento y así hasta ahora. Alcanzando un porcentaje del 97% de éxito de avistamiento de cetáceos.



En este aspecto, y aún así considero que las 9000 ISK del viaje estuvieron bien pagadas, me parece que el amigo Kristjan y la patrona del barco cuyo nombre no recuerdo, le echan un poco de cuento al asunto. El barco sale del puerto y enfila todo recto hacia aguas abiertas, como seis o siete kilómetros mar adentro. Una vez allí dicen que van a buscar la senda de los bancos de peces puesto que detrás vendrá alguna ballena a repostar. Digo yo que si el radar localiza bancos de peces más fácil debe de ser localizar al bicho gordo pero bueno, como peliculeta no está mal. Le ponen ganas y generan un poco de intriga y de dolor de barriga.





Surge algún delfín, algún pez gordo hasta que a los tres cuartos de hora de viaje alguien da la voz de aviso de que allá, a lo lejos, ha surgido el chorro de aire acompañado de espuma de mar de un bicho grande respirando. Puede ser uno de los cuarenta compañeros de viaje que van con nosotros en el barco, o alguno de los otros cinco o seis barcos que pululan por la bahía o alguna de las dos zodiacs que realizan la misma faena. Una vez dada la voz de alarma el barco se dirige hacia la zona donde se encuentra la ballena.



Por lo general llega tarde y para cuando lo hace, el cetáceo ya ha hecho sus tres o cuatro inspiraciones y se ha metido de nuevo hacia el fondo pero el lugar sirve de referencia puesto que las ballenas no pueden estar más de once o doce minutos sin salir a la superficie a respirar y además suelen ir en grupos. De manera que tan sólo resta esperar un máximo de diez minutos para que de nuevo salga algo a la superficie. De ahí en adelante se pasa una hora y media más o menos en la que es un no parar ya que estos animales son agradecidos y cumplen la norma del amigo Kristjan a rajatabla.



Lo malo es que una vez te salen a babor y otras a estribor, cuando estás en un lado salen por el otro, te mueves como puedes para tomar una buena foto y entonces cuando te has colocado la patrona del barco lo gira y resulta que la ballena se pone en el costado en el que estabas sentado de buen principio. A la tercera le coges el tranquillo y te dedicas a jugártela a un sólo lado del barco como ves que hace un tío que saca pintas de americano y que no se cantea en todo el viaje.



Realmente no se ve más que la lomera del animal y la cola cuando tras realizar la última inspiración se pone en posición vertical y enfila hacia el fondo del mar pero como espectáculo está bien. El entorno es bonito y el bamboleo del barco si previamente te has empapuzado dos biodraminas es hasta divertido. Eso sí, el sol pega en la cabeza de manera inclemente, corre la brisa del mar y hace fresquete pero lo peor es el sol que a la que te descuidas te pega un viaje que no veas.




Tras ver a unas ocho o diez ballenas se da por finalizada la sesión y el barco se dirige a puerto. Es entonces cuando el amigo Kristjan saca un perolo con chocolate caliente y una bandeja de bollos de canela y se pone a repartir al personal. El chocolate está pagado y bien pagado con las 9000 ISK, 1800 duros del viaje, pero es un buen detalle. Mientras te lo tomas ahí bien calentito al sol te explican las clases de ballena que se han visto, te muestran un bigote de los cientos que pueblan la boca de esos inmensos seres y te desgranan algún detalle más de la fauna de la bahía, así hasta que llegas a puerto y tras 3 horas de viaje te sueltan en la tienda de souvenirs para que les sigas dejando algo más de dinero a esas gentes que en cuestión de tres meses van a estar de nieve hasta las orejas. La ruta del Knörrinn, pinchando aquí.



Comemos en la autocaravana unos sandwiches de queso Ostur, jamón de la marca con símbolos masones y skyr. Al menos no es hamburguesa, algo es algo. Todo ello enfrente de la farmacia-ambulatorio del lugar que no deja de recibir visitas en el rato que estamos allí comiendo. 




Después de comer partimos hacia Goðafoss, que nos pilla de camino hacia Akureyri. No se trata de la cascada más grande ni más espectacular. Sin embargo es famosa porque en ella uno de los primeros señores de aquellas tierras tiró aguas abajo diversas estatuas de antiguos dioses cuando se convirtió al cristianismo. Y el salto en forma semicircular, aunque no muy alto, es bonito de ver. Durante el trayecto hasta allí me he echado una pequeña siesta y mientras estos se acercan a un pequeño saliente de roca desde donde ver la cascada en todo su esplendor, voy dando palos de ciego intentando llegar hasta allí brincando de piedra a través de unas pequeñas charqueras que se interponen entre donde estoy y el mencionado saliente.



Como no lo consigo doy media vuelta y voy detrás de una familia de italianos que va hacia la cabecera del salto a echar unas fotos. Como sólo se trata de caminar para eso no tengo ningún problema y puedo observar el curso de agua, muy parecido al de Gullfoss, aproximándose al salto. Veo que ha llegado un autobús de abueletes y que todos se van directos al saliente rocoso y aprovecho para unirme a los viejetes a ver si siguiéndoles soy capaz de llegar. Y después de muchos esfuerzos lo consigo, voy realmente dormido, aunque cuando llego estos otros ya se han ido.

Me vuelvo a liar de mala manera para volver por el laberinto de piedras y cuando ya estoy decidido a mojarme los petetes aparece otro abuelo y repito la secuencia que ha seguido él previamente para salir de ese infierno. 

Volvemos a la caravana y ponemos rumbo a Akureyri. Lemus se pasa a la parte trasera a dormitar puesto que le duele la cabeza, Toño sigue con su sesión de siesta. Nacho se pone a conducir aunque tampoco va muy bien y yo me pongo de copiloto con un creciente dolor de tripas. La insolación que llevamos cortesía de las tres horas de avistamiento de ballenas es buena. La idea que había pululado a primera hora de la mañana consistente en parar en Akureyri a merendar y luego seguir hasta un punto indeterminado para acercarnos lo máximo posible a Reykjavik se va extinguiendo por causas de fuerza mayor. Se decide de común acuerdo hacer noche en el camping de la capital del Norte, pegarnos una buena ducha, e ir a cenar de restaurante (y a poder ser sin hamburguesas de por medio).

La aproximación a la localidad es espectacular puesto que la carretera discurre por una bahía quedando al otro lado Akureyri. Una vez se ha rodeado toda ella se accede a la ciudad, la cual, como ya se ha dicho, es la segunda en importancia del país puesto que es la más grande de toda la región Norte. Con algo más de 15.000 habitantes está enclavada entre el mar y la montaña y en sus calles en cuesta se encuentra, posiblemente, el jardín botánico más septentrional del mundo.



Vemos por primera vez en varios días más de dos carriles en la carretera y hasta semáforos, con forma de corazón además, y tras dar algún rodeo llegamos al camping donde tras estirar las patas media hora parece que nos vamos recuperando poco a poco de nuestros males. Lemus y Toño proponen ir a echar cervezas por el pueblo antes de cenar sin embargo Nacho y yo hemos reparado en que la piscina municipal está en la calle paralela al camping así es que decidimos dividirnos.






El comando cervecero acude al Jardín Botánico y se pasea por las calles escalonadas del pueblo. El comando piscinero acude al Sundlaug Akureyriar, como es lo que viví es lo que narraré. La piscina municipal de este recóndito lugar tiene sus similitudes y sus diferencias con la piscina municipal de, por ejemplo, nuestro querido pueblo.

Se trata de una piscina al aire libre, y dispone de abonos y entradas de día. Tiene toboganes y una piscina para nadar. Posiblemente ahí terminen las similitudes así es que empecemos por el principio. Nachete y yo entramos al recinto y que, como suele ser habitual en ese país, aparte de estar hecho con gusto está impoluto. Una amable señorita nos vende las entradas al increíble precio de 550 ISK. La primera impresión es que con lo caro que es el país, manda huevos que la entrada de la piscina valga menos que en España.



Entramos a los vestuarios de los Karlar, esto es de los Hombres, vestuario que se halla sin mácula. De nuevo como el día anterior hay que ducharse con agua y jabón antes de acceder al recinto. A diferencia de en las piscinas del día anterior somos seguramente los únicos extranjeros del lugar. Los señores islandeses miran un poco extrañados ya que cantamos bastante. Somos los más morenos del lugar pero con mucha diferencia. Tras las friegas enfilamos para fuera.

Cual es nuestra sorpresa que la piscina se adentra en el vestuario. Como esta piscina está abierta todo el año, repito, esta piscina al aire libre está abierta todo el año, han pensado que quizá sea buena idea meterse en el agua caliente antes de salir al exterior. Porque sí, el agua está caliente, muy caliente. Lo de no tener que pagar calefacción porque sale tal cual de la tierra es lo que tiene.

Salimos fuera y vemos varios vasos de piscina. Unos son más profundos y otros más pequeños. Las temperaturas del agua oscilan entre los 36º C y los 42º C según rezan los carteles. Parece haber una poceta con agua fría y que no nos atrevemos a probar y una sauna a la que sí entraremos. No hay césped aunque estos tienen excusa (cómo van a poner césped allí si la mitad del año estaría cubierto de nieve) aunque el suelo es de tartán. Blandito y confortable es una gozada caminar sobre él.

El tobogán es de los que están cubiertos y giran sobre sí mismos en espiral, accediendo a la entrada por unas escaleras de caracol. Tiene hasta un semáforo para evitar accidentes y por dentro el agua está calentita. A sus pies hay una zona de chorros que caen justo en la espalda mientras uno se sienta sobre el tartán. Ahí nos pegamos con Nacho al menos un cuarto de hora mientras a dos metros una parejeta se nos mira un poco con cara de susto, primero porque hablamos raro y segundo porque le estamos viendo todo el culo a la zagala que está tumbada boca abajo. Como nosotros no estamos por la labor de movernos al final la parejeta de islandeses, muy educados ellos, deciden marcharse a la piscina de nadar.

Se oyen unos gritos allá a lo lejos que quebrantan la paz del lugar. En el tobogán. En concreto se escucha "esto está de puta madre". Un matrimonio de españoles que nos hemos encontrado ya un par de días y que nos ayudan a no ser los únicos elementos exóticos del lugar. Aunque eso no evita que cuando llegues al jacuzzi las conversaciones de los lugareños cesen y se dediquen a mirarte por el rabillo del ojo al mismo tiempo que un grupo de zagaletas, las Konur, de quince años se ríen de nosotros. No sé qué les hace tanta gracia, si la marca moreno paleta de ir en bicicleta, que vamos sin afeitar desde hace cinco días y parecemos pordioseros, mi enorme narizota cruce de todas las razas que han pasado por la península ibérica totalmente diferente a sus arias facciones, la coleta de Nacho o nuestras pintas de norteafricanos-sudeuropeos.

Tras recorrer todas las piscinas decidimos dar por finalizada la visita al Sundlaug Akureyriar. Si surrealista es salir de la piscina de verano y vestirse con botas, vaqueros largos, camiseta, forro y chambergo para ir a la calle más lo es el encontrarse con un cartel en la puerta de la piscina que indica la distancia al Círculo Polar: 97 km. Con Nacho no podemos por más que reirnos de semejante circunstancia.



Vamos a reencontrarnos con Toño y Lemus a través de la calle que baja hacia el centro del pueblo. Pasamos junto a la iglesia principal y dejamos a mano izquierda un edificio con símbolos masones y estrellas judías que todavía no hemos sabido desentrañar a qué culto o asociación está dedicado. Hablando de masones, no son los únicos símbolos que vimos a lo largo del viaje ya que aparte de graffitis de pirámides masónicas en la propia Akureyri, el envoltorio del jamón york de los supermercados Netto llevan estos símbolillos. Islandia es así.




Llegamos a la calle principal la cual está plagada de comercios alguno de ellos similar en cuanto estilo a la iglesia de Husavik y tras una ardua deliberación decidimos ir a cenar al restaurante Bautinn.

El mencionado restaurante ofrece una carta sencilla aunque resultona. Un primero de buffet libre a base de pasta, arroz o ensalada, unas perolas de sopa para que la gente se sirva a discreción y un segundo plato a elegir. En un comedor acristalado situado en chaflán con vistas a la calle principal van sentando a los comensales y a juzgar por la clientela compuesta por yankis, asiáticos o árabes parece que no hemos hecho mala elección.

Los árabes se decantan por el cordero y casi el resto del mundo mundial por el plato estrella: la ballena. Las camareras, que aparte de rubísimas y guapísimas saben latín, se aprestan a retirar los platos del buffet para que uno no se cebe demasiado y pase directamente al segundo plato. En otras circunstancias se les hubiera echado en cara este gesto de pillería. Tras la deficiente alimentación que llevamos durante toda la semana, el plato de sopa y el de arroz ha obrado maravillas y no nos hace falta repetir. Además cuando una moza tan guapa te retira el plato te callas y punto. Los hombres somos así de simples.




Los cuatro que estamos allí sentados pedimos ballena además de cerveza nacional Einstök. La cerveza, para qué engañarnos, no es muy buena. La ballena, pues tampoco. Pero después de haber ido tirando de hamburguesas (que por regla general estaban muy buenas), embutido y comida enlatada, un trozo de carne con salsa, patata, un poco de ensalada y demás se agradece. La ballena sabe a atún o a bonito pero tiene la textura un poco tirando a la ternera aunque más fibrosa. Está demasiado especiada y hay que ayudarse de la patata y de las salsas de arándanos y barbacoa para ir pasándola. He comido cosas mejores. El postre a base de tarta de queso está bastante mejor, son unos grandes reposteros en este país.

Al final salimos un tanto desilusionados por el plato de ballena porque no nos ha gustado mucho, pero nos ha encantado todo lo demás. Es más, con ese nivel de camareras podrían dar de comer aliagas y la gente saldría contenta igual, al menos en cuanto a la clientela masculina se refiere. Creo que pagamos unas 4500 ISK por cabeza, 27 eureles, 700 duros. Bien pagados están.




Nos vamos a echar una cerveza por el pueblo y caemos en el Café Amour, así se llama el garito. Lo que reza el cartel de la entrada con lo que encuentras luego dentro no tiene mucho que ver pero bueno. Básicamente es como si al traspasar las puertas sufrieses un viaje astral a alguna localidad del pirineo oscense. Las mesas están atestadas de zagales y zagalas, karlar y konur, de unos veinte años para abajo. Los karlar vestidos con chaquetas de cazador o con ropa anchota y gorras de skater. O una mezcla de ambas vestimentas. Las konur bien vestidas y arregladas. La barra regentada por un señor que se parece a Irvine Welsh y que por un micrófono va haciendo preguntas de una especie de Trivial para que los zagaletes se entretengan. El premio del que gane será empifolarse (más). No hay que saber islandés para entender eso.

En la barra hay una ruleta de la suerte. Las zagalas acuden a Irvine Welsh y le pagan por una tirada a la ruleta. Tiene el "tire otra vez", el "lo sentimos", y el "ha ganado cinco chupitos". La gente tira y tira y bebe como animales. Y gritan y montan una escandalera de dios es cristo. ¿Estos son los hijos y los nietos de los viejales de la piscina que no levantan la voz ni lo más mínimo? No puede ser. Para que no se nos vaya de las manos decidimos dejar lo de la ruleta para otra ocasión y sacar unas cervezas Viking. 1000 ISK por cabeza, 6 euros, un billete verde de las antiguas pesetas.

Los zagales de la gorra de beisbol (que podría ser de Copaga o Agroseguro si el bar estuviese en Aínsa en lugar de en Akureyri) se empiezan a rutir a base de bien mientras se zumban varios litros de cerveza en un mini barril portátil. Rutido va, eructo viene. Al lado las mozas, tan finas ellas, intentando conversar. Y no son ni las 12 de la noche. Decididamente son unas gentes bien curiosas estos habitantes del Norte.

Lemus se va a dormir porque le duele aún la cabeza y el trío lalalá nos vamos a otro garito por cambiar. Nos vamos al polo opuesto. Un local de estos todo forrado de madera ubicado en semisótano con música en directo. Pasamos de ser los más mayores del bar (con permiso del dueño) a ser los más jóvenes. Un grupo está tocando, sentados en sillas, interpretando folklore islandés que por momentos se parece bastante al irlandés. La clientela, sentada,  también es curiosa. Un yayo el cual dudamos que vea, si es invidente o va ciego ya es otra cuestión, al que acompaña la hija o la nuera y que se emociona sobremanera con la interpretación de los músicos. A su lado el que podría ser su hijo y que lleva una toña importante. Baila como un poseso los acordes de las canciones que sin duda reconfortan y alegran su corazón, pero baila sólo con la cabeza. Pega unas capuzadas de espanto. Al borde del desnucamiento.

Y luego el típico borracho del pueblo que pulula de mesa en mesa intentando hacer amigos. Cuando al fin llega a la nuestra es el momento de levantar el vuelo, volvemos al Café Amour pero ya han cerrado. De cómo semejante horda de gremlins ha podido ser disuelta e Irvine Welsh ha cerrado el bar no tenemos ni idea pero tras contemplar el follón que tenía allí montado hace una hora parece cosa de extraterrestres.

Los extraterrestres, por cierto, están relacionados con Akureyri ya que circulan vídeos en youtube en los que se ve descender una bola de luz desde el cielo hasta el centro del pueblo. Explicaría algunas cosas.

Marchando al camping debido a que los bares estaban cerrados no vimos ovnis pero sí un conato de aurora boreal. La mejor época para verlas es el invierno aunque a finales de agosto ya se puede empezar a ver alguna. Pues nosotros vimos una, muy pequeñita pero la vimos. No era más que una especie de mancha blanca en el cielo, como una nube alargada o la estela de un avión. La vía láctea no era puesto que la mancha estaba mucho más concentrada, además de buenas a primeras tras verla durante unos minutos, desapareció y de golpe volvió a aparecer en dirección perpendicular a la inicial.

Al preguntar a la recepcionista del camping nos miró extrañada y como si estuviésemos locos. Posiblemente el aspecto de Toño la desconcertó o estaba medio dormida. Al día siguiente nos confirmaron que lo que habíamos visto sí era una aurora pero eso ya sería al día siguiente. Ahora tocaba dormir después de haber pasado una tarde-noche memorable en Akureyri y prepararnos para el fin de fiesta en Reykjavik.

Y en el próximo capítulo... Desmadre en Reykjavik: tercio maratón, una tarde en el museo y nuestro amigo Arnold.


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