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miércoles, 20 de julio de 2016

20 razones para acudir a ver el Tour de Francia


Dadas las circunstancias del soberano esperpento que se está sufriendo en el país vecino desde el 2 de julio escribir esta entrada podría resultar incluso denunciable. Semejante simulacro de carrera ciclista no se recuerda desde los tiempos en que paseaba su tiranía por Francia el Innombrable, ese que desapareció de todos los registros de la prueba por sus prácticas mafiosas. Sin embargo a pesar de todos los pesares he encontrado 20 motivos por los que se puede acudir a presenciar in situ la, a veces, mejor prueba por etapas del mundo.

1. Ir a Francia. Por si pasar al país vecino no constituyese suficiente aliciente, por si sus boulangeries, patés, sidras, quesos y jolie femmes no fueran motivo suficiente, ir a Francia pasando por el túnel de Bielsa. Con parada obligatoria en Parzán. Y en el último pueblo antes de la frontera repostaje a cargo de los hnos Vidallé. Un par de huevos fritos con chorizo, lomo o longaniza con bien de patatas fritas y el mundo siempre parece un lugar mucho mejor aunque después al ver las noticias se pueda constatar que en realidad el mundo se va a la mierda. Si se puede escoger sitio frente a la tele viendo el encierro de San Fermín ya mucho mejor. Si ese encierro lo comentan dos simpáticos personajes de la fauna local con la botella de coñac Terry plantificada en mitad de la mesa se roza la excelencia.


2. Tener una buena excusa para no participar en algún tipo de prueba deportiva a la que uno se haya apuntado en primavera cuando no aprieta la calor y parece que se va a llegar en forma a todo. En el caso que nos ocupa acudir al Tour resulta un óbice absoluto para participar en la trail de Estadilla. El hecho de que servidor no se calce unas zapatillas para correr más de dos kilómetros seguidos desde abril, tenga el pie derecho con una uña lastimada y el pie izquierdo maltrecho por apretar las calas de la bici más de la cuenta cierto día también ayuda.

3. Ver ingentes cantidades de cicloturistas. Desde la frontera hasta Val Louron una incesante riada de gente en bicicleta acudiendo como peregrinos a la carrera por etapas por antonomasia. Raro año es la más emocionante y en pocos tiene el recorrido más duro o más bonito. Pero el Tour es la madre de todas las carreras ciclistas y toda la leyenda que rodea a este deporte comenzó porque unos locos decidieron un memorable día dar la vuelta a Francia en bicicleta. Es de justicia pues acudir en peregrinación, en coche aunque mucho mejor en bici, a honrar el paso de tan sacrosanta prueba. Si se acude en coche es menester bajar las ventanillas y vociferar a estos pelotones ánimos y alabanzas por doquier.

4. Dar faena a una entrañable abuela de Azet. Al llegar a pie de puerto y encontrar el paso franqueado por gendarmes pero abierto a los turismos la emoción puede embargar a cualquiera. El hecho de ascender las rampas de Val Louron entre pelotones de cicloturistas contemplando bellos paisajes obnubila a cualquiera. De modo que al llegar al pueblo de Azet uno puede cruzar cables y abocinar el coche en la primera era que encuentre por temor a que de ahí en adelante la carretera esté atestada de caravanas y no haya donde aparcar. Custodiando la era se puede encontrar una venerable ancianita bastante impedida de las piernas subida a una silla de ruedas de tipo motocarro. La abuelita puede en ese momento advertir al incauto de que su era es privada y de que aparcar cuesta 5 € la jornada. La emoción puede hacer que la transacción se lleve a cabo y tras seguir a la abuela pilotando el motocarro por la era, el estacionamiento se termine efectuando con la ayuda de la nieta la cual oferta plazas al gusto del consumidor a l'ombre ou au soleil.

5. Participar en la prestigiosa Trail Azet-Val Louron-Azet. Partiendo de la era de las entrañables abuela y nieta de la villa de Azet, con un desnivel positivo de 430 metros y una longitud de 5'5 km la prueba transcurre siguiendo la carretera del puerto de Val Louron. Entre coches, caravanas, ciclistas y fauna sin catalogar la trail ofrece bonitas vistas de los picos que se yerguen alrededor de Loudenvielle, villa que acoge Balnea, así como de la villa de Saint-Lary. En esta primera edición de la Trail fuimos de la partida tres elementos en la categoría de mardanos (Héctor, Truli y yo) y una participante en la categoría de damas, nuestra amiga Marion. Los gritos de ánimo, en especial a la bella Marion, se sucedieron a lo largo de las duras rampas que llevan a la cima donde un balsámico puesto con cervezas sirvió para hidratarnos. Los 11 km totales de subida y bajada fueron motivo ya más que suficiente para a la noche plantarse en Estadilla a devorar la cena incluida en la inscripción de esa otra trail no hecha. Ante las acusaciones vertidas por cierta gente que esgrimía el argumento de que no me había visto correr la participación en la Azet Trail fue una buena excusa.


6. Hacerse una foto con la bandera del club de fans de Gregorio. En el mundo del ciclismo existen diversos personajes que es difícil que aparezcan alguna vez en un desinformativo de atresmedia o de los Torrocos de mediaset pero que por el contrario merecen el respeto del buen aficionado. Uno de ellos es el señor Van Avermaet más conocido por estos lares como Gregorio. La foto con la tricolor belga es obligatoria.


7. Divisar personajes de diverso pelaje y lanzarles la mirada de Chuck Norris. Según se avanza por el puerto se pueden ver diferentes especies apostadas en los márgenes de la carretera: 

Parejas de abuelos que seguramente no han hecho en cuarenta años más que tragar etapas del Tour todos los veranos aparte de acumular gorras de propaganda; cuando ven el rostro de Marion las abuelas preguntan "c'est Marion? Oui, elle est Marion" y saludan sonrientes.
Luego hay familias, grupos con banderas para animar a un ciclista específico, gente que viene de la chimbamba y que monta el tenderete para identificar la procedencia... y luego están los gilipollas. Aquellos que no hacen otra función más que vociferar completamente borrachos mientras se pasean en calzoncillos o en traje de lagarterana (no tienen término medio) lanzando petardos o encendiendo bengalas, molestando a todo el mundo en general y a los ciclistas en particular. Hay que lanzarles una mirada retadora a lo Chuck Norris, no son bienvenidos. Hace años no había tanto aficionado gilipollas y el ciclismo era mejor, no hacen ninguna falta y probablemente ellos llegado un momento del día se preguntarán qué necesidad tienen de estar sudando whisky a 37 grados en pleno sol, en calzoncillos, haciendo el ridículo y cogiendo, espero, una buena insolación mientras podrían estar durmiendo la mona en su puñetera casa.

8. Intentar ayudar a un zagal con la bici rota. Te pasan dos crietes con bici de montaña que no levantan dos palmos del suelo. Uno de euskaltel y el otro de cajarural. El euskaltel lleva la patilla del cambio partida y empuja la bici esperando la asistencia (como Froome, bueno como Froome no que ese tira la bici y corre). Mira que pasan cicloturistas cara arriba y ninguno tiene el detalle de parar no ya a ayudar sino simplemente a preguntar. No vaya a ser que pierdan tiempo en el segmento del Strava. Así es que aunque no llevamos ni llaves ni tronchacadenas ni nada nos acercamos a los zagaletes a preguntar cómo lo llevan y si están sus padres cerca. Por fortuna unos metros adelante ya han contactado con el coche de equipo materno y un solícito señor les está apañando la cadena para que pueda subir en piñón fijo. Y mientras sigue pasando la creme del cicloturista intentando conseguir el KOM del Strava.

9. Echar cervezas en la cima del puerto. Que ya lo había mencionado... pues lo repito. Porque es un placer enorme pertenecer al escaso grupo de perturbados que dejando el coche en Azet subió hasta cima caminando y poder echar unas cervezas al olor de la plancha de los bocadillos a pleno rendimiento. Un despliegue de medios excepcional.


10. Ver la paradeta de souvenirs de la carrera. Un poco pobre, esperábamos algo más sin embargo aparte de las gorretas clásicas, los maillots actuales y vintage y las camisetas de la carrera llamó de manera poderosa la atención unos moñacos de ciclistas con el maillot del Teka. Como los soldadetes de plomo pero en ciclistas. Y con la gorreta cara atrás, al más puro estilo Chozas, Gastón o Lejarreta. Magnífico.

11. Comer un bocadillo a la sombra. Después del esfuerzo realizado se busca una de las escasas sombras, rodeados de familias ondeando la bandera bretona, y se extrae de la mochila el bocadillo de beicon previamente adquirido en Parzán. Sabe a gloria. 

12. Ver la caravana del Tour. Lo cual constituye por sí misma motivo suficiente para acudir guste o no guste el ciclismo. Porque a pesar de que la ronda francesa sea la madre de todas las carreras lo cierto es que esperar a pie de carretera durante cuatro horas para ver pasar en cuestión de un minuto escaso el grueso del pelotón puede resultar frustrante a la par que desilusionante. Sin embargo la caravana nunca defrauda. Compuesta por una colección de vehículos a cual más ecléctico (el ciclista en pose de contrarreloj, la rueda de coche, el tetrabrick con pajitas...) van pasando una serie de personajes que no hacen sino enardecer los ánimos de los presentes. Uno de los vehículos lleva a un garçon que se va columpiando (bien atado a un arnés por otra parte) mientras hace bailar al público, en otros la muchachada lanza gorras, madalenas, salchichones, llaveros, manteles, capazos, zumos, detergente, agua, periódicos, pulseras, quitasoles, pegatinas, todo lo que uno pueda imaginar y que en realidad no sirva de nada o casi nada. Héctor y Truli hacen faena recolectora por un costado y yo me reparto las potras con un zagal que va de arriba a abajo con los colores de Francia y que me da alguna gorra que le sobra. Truli no tiene tanta suerte con un señor que casi se lo come por intentar fanarle una gorra de Credit Lyonais. A destacar las otras furgonetas donde simplemente las jolie femmes bailan graciosas como si flotaran ajenas a la expectación de los presentes.

13. El momento previo al paso de los ciclistas. O la calma previa a la tormenta. Tras el paso de la caravana la excitación del personal es palpable. Todo el mundo se afana en consultar la radio, el teléfono o todo dispositivo que permita conocer el paradero de los esforzados de la ruta. Las conversaciones a cuatro bandas entre vascos, aragoneses, franceses o ingleses surgen para preguntar quién va escapado. Majka et Pinot sont en Azet. A cuánto el pelotón. How far are the bunch. Moins d'un minute. 38 segundos. Puto Sky. El rodillo. Oui, le rouleau. Qué le vas a hacer. A ver si por lo menos nos dejan ver pasar a Tony Martin. Y a Gregorio. Y a Sagan, cualquier cosa por Sagan. Y en un momento dado las conversaciones se convierten en murmullos y los murmullos en silencio. Se escucha cada vez más cerca el helicóptero de la tele y allá a lo lejos en la curva se ve el coche rojo de cabeza de carrera y la gente estalla de júbilo.

14. Ver pasar a los héroes. Y no estoy hablando de ver pasar a los nairos, froomes, valverdes o nibalis de turno. Hasta el momento (y no creo que cambie en lo que resta de carrera) estoy razonablemente enfadado por el rendimiento francamente negativo de casi todos los ciclistas de la prueba. Si de aquí al domingo alguno arregla la situación pues en el correspondiente post donde se analice la Buquiporra se rectificará pero por el momento es lo que hay. Cuando hablo de héroes me refiero a esos ciclistas que se baten el cobre desde enero penando por esas carreteras de adoquines por los que merece la pena ver las clásicas de primavera. Los que nos alegran la existencia esos fines de semana de marzo y abril subiendo esos muros en Flandes. Porque los favoritos del Tour pasan rápido y muy juntos. En ese trasiego eterno de más de tres mil kilómetros en el que muchos no se despegarán de la rueda de quien le antecede en la clasificación, de esa o de la del coche de Mavic. Vigilantes, tensos y agarrotados. Sin gracia y muchos sin sangre. Lo mejor viene después cuando llegan los rezagados, con la cara desencajada. Y llega Gregorio, el señor Van Avermaet. Vestido de amarillo. Y te dejas las palmas de las manos aplaudiendo. Aparece Pinot, muerto con el maillot abierto después de haber intentado la quijotada y le gritas que es un poquito cabrón porque te está reventando todas las porras. Llegan Zakarin y Dumoulin en alegre compañía y la afición se desgañita. Sicard y Coquard con sus menudos cuerpecitos de gorrión y sus caritas desencajadas suben en volandas de los gritos. Teklehaimanot de piernas negras como tizones asciende sobrio y elegante. Balito Sepúlveda porfía por engancharse al grupo de los mejores y aprieta los dientes para ello.




Aparece santo Thomas de Gendt ungido de topos rojos y ante la apatía general al paso de Tomaser animo a ese santo y seña del ciclismo de cojonera, ese que pocas veces se premia pero que hace afición. Y ves pasar incluso a tus ciclistas más denostados y en ese trance las rampas de Azet les hacen personas. Y les aplaudes. The man of the Man, ese mozo al que cada vez que ves ganar aprietas los dientes y sueltas una maldición, lo ves junto a un compañero a más de media hora de los primeros haciendo eses bebiendo agua estrujando el botellín. Cómo no le vas a aplaudir. Tira para arriba, ánimo y adelante. La próxima vez que aparezcas en un sprint fresco y lozano venciéndolo ya ajustaremos cuentas pero de momento tira.


15. Pitera Sagan. Cuando parece que ha desfilado toda la flor y nata del pelotón, las filias y las fobias de cada cual, entonces rebrotan las conversaciones a cuatro bandas chapurreando francés, castellano e inglés. ¿Sagan? ¿Where is Sagan? No ha pasado, seguro, yo creo que no. Seguro, no se habrá retirado... y entonces allá en la curva poblada por irreductibles vascos que trasegan pacharán como bestias florece un rugido atronador ¡¡¡SAGAN!!!. Ahí viene, el monumento de ciclista, el mejor regalo hecho a este deporte en más de veinte años, Pitera Sagan. El eslovaco asciende flotando al igual que las jolie femmes al margen del resto. Tras un numeroso grupo que pedalea con dificultad y la cara rota de esfuerzo el avanza de pie sobre sus pedales con la media sonrisa de quien la está gozando. Se sabe el más querido y respetado del pelotón y lejos de amancebarse va rumiando la próxima fechoría que deleite al personal. Y así avanza Sagan, vestido de campeón del mundo, con todos y cada uno de los que allí estamos ofreciéndole el mayor de nuestros aplausos. A ese auténtico gigante de las dos ruedas que honra al deporte más bonito del mundo cada vez que da una puñetera pedalada. ¡Qué grande eres!





16. Otra vez, por si no ha quedado claro. Sagan. Grandioso.

17. Coger moreno cangrejo. Tras ocho horas al sol dando vueltas en un puerto de montaña lo más seguro es que se coja un sonrosado color de piel por mucha crema solar que se unte. La bajada hasta Azet se hace practicamente en solitario porque los que estaban a esa altura de puerto o se quedan un rato en la caravana o bajan para el otro lado. Cuando llegas a Azet no queda ni la abuela ni la nieta ni casi coches y los gendarmes están plegando. La emoción de encontrar la fuente de la plaza del pueblo te lleva a dejar a la pobre Marion abandonada allí mismo. Pobre Marion.

18. Ir al Carrefour de Saint Lary. Porque como ya se ha comentado la France es un país maravilloso, al que algunos cafres se intentan cargar, en el que se pueden adquirir productos excepcionales. Tras descender el puerto acudimos al hipermercado a llenar el maletero de sidra, patés y queso pero el aparcamiento está atestado y no hay un hueco. Debemos abortar el intento y aunque se plantea la opción de acercarnos a Guchan a ver a la panadera malcarada (en próximas entregas quizás se hable de esta señora) al final decidimos dar por concluida la visita y regresar a casa. Au revoir.

19. Hacer hambre para acudir a la cena que pagaste hace meses junto a la inscripción de una carrera que no te ha apetecido correr. Llegas a casa con un hambre feroz, te duchas, te cambias y acudes a Estadilla a reunirte con el Enano, Lemus, Morcate, Juanito, Magda y Fernandito para cenar mayonesa con olivas y pasta de primero y brasada de segundo. Cerveza a espuertas antes, durante y después. Ves a Templario liarla parda en el escenario donde una orquesta ameniza la velada, lanzándose a las masas como si fuera Axl Rose para más tarde coger el tablón de anuncios con los resultados de la trail y tras pasearlo por media plaza plantarse otra vez encima del escenario con él. Acojonante, oiga.
Y como traca final acudir a la verbena de las fiestas del barrio de San Fermín a desorinarse ya por completo viendo las evoluciones al pie del escenario de un buen puñado de cromos dorados bailando al son de la verbena con ritmos acompasados que alegran el alma y reconfortan el corazón. El clímax se alcanza cuando el cantante, motivado por la mirada de pavor de la moza que toca el órgano, espanta con el palo del micrófono a los pumukis que intentan tomar el escenario al más puro estilo templario.


20. Quedar vía twitter con Marion para la próxima ocasión. Coger las fotos del día, en especial las del Marion Rousse fan club del Somontano, y enviarlas a la interfecta vía twitter. La señora del excelente ciclista galo Tony Gallopin, exciclista profesional y ahora comentarista para la cadena televisiva Eurosport se lo tomó con humor y he aquí la prueba de la intensa relación epistolar mantenida entre Marion y Héctor. Por lo menos la moza se lo ha tomado con humor. Quien sabe si al año que viene la foto la hacemos con la Marion de carne y hueso (y los ciclista ya si eso que hagan lo que les dé la real gana).

viernes, 5 de febrero de 2016

Cuando fui lanzador de peso


Ayer jueves después de trabajar acudí a clase del Gurú. La primera convocatoria fue para los niños más pequeños de la escuela del club y la segunda para los niños más crecidos entre los que nos encontrábamos escuchando desde el fondo del aula como buenos alumnos gamberros el sr Ornitorrinco, el Enano, Elena, Lucía, el Figura, Jorge Policía y hasta mi padre. La clase iba de una de las cosas que más le gusta al Gurú, el Atletismo, y de todas aquellas curiosidades que rodean a ese mundo y que aunque algunos llevamos toda nuestra vida escuchando de su boca toda esa retahíla de historietas jamás nos cansaremos de escucharlas. Por eso acudimos a escuchar a mi hermano Jose, el Gurú.



En dos horas de charla surgió el porqué de la distancia de la prueba del Maratón, las distancias y pesos de las diferentes carreras y artefactos, así como las diferentes superficies sobre las que se puede practicar el atletismo y que como muy bien apuntó un zagaler de los pequeños en Barbastro somos afortunados porque también se puede practicar en la Ferma como exclusiva mundial. Nos explicó porqué el martillo no se puede lanzar con guantes con los dedos cubiertos o cuantos pilares del colegio Altoaragón hay que saltar para batir el record de triple. Nos enseñó el record del mundo de Isinbayeva, Sotomayor y el increíble concurso de salto de longitud de Tokio '91 entre Carl Lewis y Mike Powell y que por más años que pasen sigue emocionando. Pronunció la épica frase que todo alumno de atletismo debe conocer LAS VALLAS NO SE SALTAN, SE PASAN y hubo recado a quien lo quiera recoger acerca de las pistas del pueblo. Hubo un encendido discurso en contra de los JJOO de San Luis 1904 en los que los mandaban ir a correr y lanzar al monte y aprendimos que el único ganador de cuatro oros olímpicos en una misma edición en pruebas individuales no es ni Bolt, ni Zatopek, ni Paavo Nurmi, ni Carl Lewis sino Alvin Kraenzlein. Este señor de Milwaukee ganó en París 1900, las pruebas de 60 metros lisos, salto de longitud, 110 metros vallas y 200 metros vallas. Después de esta hazaña se retiró y se dedicó a trabajar como dentista no sin antes pegarse de guantazos con su acérrimo rival en la prueba de longitud, y cristiano practicante, quien no participó en la prueba por celebrarse en domingo y tener que ir a misa. Al parecer su rival creyó entender que Alvin respetaría el descanso domincial y no se apuntaría al concurso pero cuando se enteró de que había ganado el oro marchó al lugar donde se disputaba la prueba a ajustar cuentas con Mr Kraenzlein y aplicarle una mano de lo que le habían repartido a él en la iglesia al ir a comulgar. Cosas que pasan.



Mientras iba desgranando esas anécdotas ante los zagaletes y zagaletas de la escuela, no contó lo de los puñetazos del bueno de Alvin pero sí muchas historietas muy interesantes, a mí se me venían a la cabeza las historias de cuando yo era uno de esos críos que acudía a aprender Atletismo con mi hermano. Fueron unos años apistonantes y aunque al final la cosa no cuajó algo quedó de base. Al menos en cuanto al respeto y cariño que guardo por el rey de los deportes. Y a cuenta de la explicación del reglamento de algunas pruebas de lanzamiento se me viene a la cabeza cierta anécdota ocurrida hace mucho tiempo. Algún día explicaré mis comienzos en la escuela de atletismo pero la anécdota tiene que ver más bien con el ocaso y para ello nos pondremos en antecedentes.

Nos remontamos a cuando tenía unos doce o trece años y acudir a las pruebas de cross me resultaba un sufrimiento insoportable. La pista en cambio no estaba nada mal y de hecho las pruebas eran más variadas y divertidas aunque no se montase tanta juerga a veces como en las salidas a los diferentes crosses de la provincia. Otras por el contrario eran incluso peor, aún recuerdo cierto día en las pistas de Monzón en el que, no exagero, debíamos estar unos cuarenta críos para saltar altura con el considerable tiempo que puede durar un concurso de este tipo con tanta gente. Entre bromas y vaciladas con amiguetes, alguno de los cuales por desgracia ya no están entre nosotros, alrededor de la pista se disputaba una prueba de marcha

Uno de los jueces estaba apostado junto a la zona de salto de altura y a cada vuelta, iba dando avisos a un zagal de Tamarite por levantar los dos pies del suelo, o sea por correr, cosa que no se puede hacer cuando uno marcha. Y con el primer aviso, el zagal de Tamarite que suelta una blasfemia que hace llorar a todos los santos del cielo. Y los cuarenta críos allí presentes esmelicaos de la risa ante la indignación del juez árbitro. Y a la siguiente vuelta, otro aviso y el juramento del de Tamarite proferido de manera más ostentosa y aberrante. Más escandalera y risa y el juez de la marcha y hasta el del salto que para el concurso y se pone a encorrer al zagal mientras este sigue echando pestes por la boca. Y a la siguiente vuelta le advierten de manera muy seria que lo van a echar no tanto porque sigue corriendo sino por la sarta de brutalidades que va soltando por la boca, y el zagal ya se desboca y pone el cielo cagao y pichao del todo y el juez árbitro que llamándolo por el apellido lo empieza a encorrer por la hierba intentándolo echar porque ya está bien de soltar esos juramentos por la boca con doce años que parece un cosaco del Don ciego de vodka.

Otras veces no era tan divertido y por ejemplo correr los 2000 metros era una agonía para mí. Que en cinco vueltas a la pista, el resto te saque una de ventaja no es plato de buen gusto. Lo bueno al menos era que mientras me doblaban muchos pegaban una palmadeta en la espalda dando ánimos como si fuera la mascota del equipo. 



Otras pruebas eran más llevaderas, siendo mi tope en cuanto a fondo el 500 m que aunque era velocidad pura nos permitíamos el lujo de salir a la marcheta y apretar en los últimos trescientos metros. Recuerdo una de las veces en las que viéndome en cabeza apreté en la curva a falta de ciento cincuenta metros. Un grupo de zagaletas del club que estaban haciendo ejercicios de calentamiento se puso a animar desde el interior de la curva motivando que el apretón fuera más fuerte y desmedido. A falta de 100 m estaba fundido, llegué último, desfondado y con la moral por los suelos tras pinchar ante la afición femenina. Toda una debacle. 



En carreras de velocidad no era mucho mejor pero las diferencias se reducían e incluso ganaba a gente. Pero a gente que era muy lenta y que era muy buena en fondo. Las vallas me daban miedo y en lugar de pasarlas las saltaba. Mi fuerza era escasa así es que como lanzador era malo, aunque tampoco me preocupé nunca de aprender bien la técnica de lanzamiento que es como se llega a lanzar lejos, además de con la fuerza, y como saltador pues era quizás donde menos desentonaba y donde encajaba mejor dentro de un nivel mediocre con algunas actuaciones puntuales aceptables. Así pues, con esas habilidades era carne de cañón para que con 12-13 años la afición se diluyera poco a poco y se apagase. ¡Ojo! no quiero decir que un niño o una niña que no obtengan buenos resultados por fuerza con esa edad vaya a abandonar el deporte, en este caso el atletismo, ya que casos ha habido de gente que era igual de mala o peor y han mejorado al pegar el estirón o se han dedicado a ser entrenadores de manera muy notable. Pero por desgracia lo habitual es que los críos se desilusionen y opten por otras aficiones.

Cierta vez volvíamos de un campeonato de Aragón en pista cuando tenía 12 años. Me había clasificado de chiripa después de un invierno y primavera horribles, con gripe, fiebres, sarampión y estirones que me estaban haciendo crecer de mala manera, con dolores en las rodillas y la sensación de que las patas iban a su bola, aumentando sobremanera mi ya de por sí elevada descoordinación motora. La marca mínima de la prueba de longitud estaba barata y de hecho casi todo el mundo que acudió a ese campeonato tenía mínima para una, dos o tres pruebas y la longitud. Yo sólo supe hacer mínima en longitud y gracias. Fue en un control en las viejas pistas cuando la temporada ya casi tocaba a su fin. En un concurso lastimoso, en el que hasta los jueces de salto renegaban por lo mal que lo estaba haciendo, conseguí sacar un salto en el que no estuviese cerca de dejarme la rabadilla contra el borde del foso e hice 3'22 m. La mínima era 3,20 m. Una mínima muy mínima ya que un poco menos suponía como he dicho dejarte los talones o la rabadilla en el borde de cemento del foso de longitud.





Pero aquella primavera no daba para más, era como un abuelo prematuro con el pecho permanentemente cargado, mocos, con la garganta como si fuera papel de lija y una movilidad articular espantosa incluso para mí. Mi marca en longitud era de 3,26 m pero la había hecho por lo menos un año antes en Saint Gaudens. En un salto en el que una franceseta cruzó por el pasillo cuando me aproximaba a la tabla de batida. Con parada, rectificado y vuelta a correr. Con mi hermano gritando desde la grada que parase y empezase a correr otra vez desde el principio y yo sin hacerle ni caso, reduciendo la carrera de aproximación a la mitad y haciendo marca después de que aquella franceseta se cruzase en el pasillo. Y desde entonces no había sabido mejorar aquel salto pleno de errores técnicos pero en el que la motivación debió de ser enorme. Como cuando Mike Powell hizo su record del mundo con una motivación descomunal.



De modo que habiendo conseguido hacer marca para longitud pude bajar a Teruel con toda la tropa con lo que aquello conllevaba. Un fin de semana fuera de casa, el viaje en autobús y un sinfín de aventuretas. Todo el mundo iba a disputar otras pruebas, del pueblo íba exclusivamente a la longitud un servidor. Y lo que ocurrió con los otros clubes fue que en esa prueba se presentaron los cuatro o cinco bicharracos que iban a por las medallas y la zaborrilla regional que tan sólo podía aspirar a competir allí entre los que yo me incluía. Sea por esa razón o porque me motivé o porque ese día las rodillas no me dolieron como condenadas hice marca personal con 3,63 m y quedé en la parte media-alta de la clasificación lo que era todo un logro para mí aunque para el común de los mortales era una marca de muy andar por casa por no decir que era una mierda como el sombrero de un picador.

Volviendo a casa paramos en un área de servicio a merendar. Mi hermano mayor que había ido como responsable del club ya que nos entrenaba a la mayoría me enganchó por banda en ese momento. Me preguntó que qué tal me había parecido la experiencia. Yo, todo ufano, le dije que genial, que estaba muy contento por como me había salido el concurso de longitud. Si hasta casi había tenido posibilidades de entrar en la mejora, es decir, el privilegio que tienen tras los tres primeros saltos los ocho primeros clasificados consistente en realizar tres saltos más para optar a mejorar sus marcas y disputarse las medallas.

Mi hermano mayor siempre ha llamado a las cosas por su nombre, cosa muy de agradecer. Así es que en ese momento me hizo ver la cruda realidad. Me explicó, supongo que con toda la delicadeza con la que fue capaz, pero con meridiana claridad que ese día había hecho tope en el salto de longitud entre otras razones por las que he explicado anteriormente. Pues si no es en longitud, quizá podría probar con el salto de altura que no se me da mal, repuse yo. A lo que él de nuevo con toda la coherencia del mundo me explicó que aunque no se me daba mal hacía un tiempo que ya no se me daba muy bien. Me explicó que si bien de mayor iba a ser alto, algo de lo que mis rodillas opinaban lo mismo y no se equivocaron, para saltar altura hacía falta otro tipo de condiciones que yo no poseía, al igual que tampoco iba a destacar en fondo o en velocidad. Sin embargo, el veía alguna posibilidad en mí como lanzador de disco.

En ese momento se me cayó el alma a los pies. La poca afición que podía quedarme se disipó por completo. De nuevo él lo argumentó de maravilla y visto desde fuera podía pintar muy bien pero con doce años... algunas cosas no entran en la cabeza y es por demás. Si hubiese dicho jabalina e intentar emular al gran Zelezny... pero disco, en aquellos momentos fue que no. Creo que no hubo una frase del tipo "pues entonces lo dejo" pero por ambas partes quedó claro que hasta allí había llegado el intento de hacer de mí algo parecido a un atleta.

Al año siguiente dejé de subir a las pistas de atletismo con asiduidad, no acudí a demasiados crosses porque lo pasaba realmente mal con distancias elevadas. Cada vez éramos menos los participantes en esas carreras de manera que el número de corredores de bajo nivel se fue reduciendo. Casi todos los crosses terminaban en un duelo mano a mano con un zagal de Graus para no llegar el último. Era un poco patético, triste y al mismo tiempo elogiable en cierto modo ver siempre en un rincón escondido de los circuitos al entrenador de Graus y a Jose animándonos no ya para correr más sino simplemente para llegar a meta. Simplemente para llegar.


Cuando los dejábamos atrás podíamos escuchar sus comentarios acerca de que no iban a sacar nada de provecho de nosotros e incluso podíamos escuchar los gritos de ánimo para los primeros clasificados que estaban a punto de cogernos una vuelta. Pero al siguiente paso se repetía la misma jugada. Como digo, una situación tragicómica que en muchos casos decidí ahorrarme no acudiendo a los crosses o decidiendo in situ que ese día no corría y me quedaba al calor de la hoguera almorzando un bocadillo de panceta.

Hace un año en el campeonato provincial escolar de cross al que acudí a ver y animar a Alejandra y Julia, me acordé mucho de esta situación al ver en una de las carreras a dos zagaletes que parecían la viva estampa de aquella tragicómica pareja. Por eso los animé como un enajenado. El zagalé más flacucho y poqueta cosa, mi alter ego, miró azorado y extrañado al escuchar semejantes ánimos y siguió su errático correr. El pequeñón más fuertecico, el que se parecía al mozo de Graus, se lo tomó mucho mejor y con el pulgar hacia arriba agradeció los ánimos. Luego estaba plantado como un señor en la cola donde repartían longaniza para reponer fuerzas. Bravo por ellos. Ojalá encuentren su camino en el mundo del atletismo puesto que hay variedad de pruebas para ambos, la afición ya la tienen. 

Pero volvamos a mis años mozos. El cross lo estaba dejando así como los entrenamientos a los que iba muy de vez en cuando así que en pista pintaban bastos hasta que surgió el campeonato provincial por equipos. Ese campeonato consiste básicamente en que en cada prueba un atleta representa a su club. El primer clasificado aporta 8 puntos, el segundo 7, el tercero 6... así hasta el último que aporta 1 punto a su equipo. Así en todas las pruebas de pista. Un  atleta descalificado en una prueba o un club que no presenta en ella a un atleta contabiliza 0 puntos.

Puede parecer una chorrada pero a veces ese punto que diferencia un último puesto a un "no-puesto" es la distancia que separa a un equipo campeón de uno que queda en segundo lugar. Y ese año en el equipo cadete masculino tenían un pequeño problema. No tenían lanzador de peso. Tenían gente excelente en fondo y medio fondo, lo que en plan de broma denominábamos como "polleros" con el consiguiente quebradero de cabeza para cuadrar esos puestos ya que sobraba gente y luego había gente muy fina y técnica en saltos y velocidad pero no había una tanqueta capaz de aventar piedras. A una mala, alguien podría haber doblado prueba y ponerse a tirar piedras aquel día pero se exponía a no poder calentar convenientemente para la otra prueba, que se solaparan directamente, que al que le tocara el marrón de doblar no le pareciera bien hacerlo, que a los padres del que le tocara doblar nos les pareciera bien que lo hiciera... un cúmulo de circunstancias que mi hermano mayor, responsable otra vez del equipo, decidió solucionar de otra manera. Devolviendo a la circulación a su hermano pequeño, o sea yo, confiándole el lanzamiento de peso.

El día que reaparecí por las pistas hubo de todo. Risas, cachondeo y alguna mala cara en plan "este gilipollas que hace aquí de vuelta". Alguno muy pronto tuvo la delicadeza de recordar que ese gilipollas subía para intentar ayudar a lo que se respondió que vaya, que de 0 a 1 punto (nadie dudaba que iba a quedar último en el concurso de peso) poco importaba, a lo que ese alguien volvió a interceder por mí diciendo que "si lo ves tan fácil te pones tú a lanzar". Pero en definitiva la confianza propia y ajena en las posibilidades de éxito en la prueba de peso era escasa por no decir inexistente. No les culpé por ello porque ni tan siquiera yo creía en mí mismo.

Durante un par de semanas intentaron entre todos refrescar mis escasos fundamentos de lanzamiento y se vio que definitivamente iba a por el último puesto de la competición pero de cabeza. Aún así no se volvió a escuchar ningún reproche, todo el mundo daba ese punto por bueno aunque también existía el cachondeo de "ahora no nos jodas y no hagas tres lanzamientos nulos" (lo que hubiera representado ser un no clasificado, el cero rosquero, el ridículo absoluto).

Llegó el día del campeonato en Sabiñánigo.  Y aconteció una de esas historias increíbles que de vez en cuando ocurren... 

Acudo al foso de lanzamiento y perplejo me quedo cuando compruebo que de ocho lanzadores, tres vamos juntos a clase. Con uno sí que podía más o menos contar o suponer pero con el otro... con el otro no. Me explicaré.

Por el club de Binéfar lanzaba Pano, un mustagán de metro ochenta y pico con barba y todo al que le perdí la pista hace mucho tiempo. Un buen tipo. Lo habían puesto a hacer peso como podría haber hecho lo que quisiera (seguramente dobló o triplicó prueba, era una bestia). Íbamos juntos a clase en los Escolapios.
Por Escolapios, que eran así de pinchos de tener equipo propio, tenía que lanzar Jorge, un chaval un año menor pero que también era un bicharraco de cuidado. De pequeño era una boleta pero según crecía se iba poniendo fuertecico. Su madre y su tía tienen y tenían un negocio en la calle donde vivía y es por ello que desde críos nos conocíamos y habíamos jugado en la calle.
El primer puesto se lo iban a disputar esa pareja. Pero Jorge no estaba, en su lugar figuraba mi amigo Raúl con el que también íbamos juntos a clase. Raúl jabalinear con un balón en los pies lo que usted quiera y más pero la bola de peso seguramente se enteró de qué era y cómo era en ese preciso instante.
Y yo, que lanzaba por Barbastro.

Y esto por increíble que parezca pasaba y espero que siga pasando porque en el colegio, aparte de estudiar, nos dedicábamos a jugar y a hacer el cabra todo lo que nos dejaban y un poco más. Y el hecho de que nos enterásemos allí mismo de que íbamos a coincidir en el concurso era lógico si el resto de la semana el tiempo que habías pasado con los interfectos lanzadores de peso lo habías dedicado a jugar a fútbol o baloncesto, a mosca o a burro, a la sueleta o la taba, a darte una buena mano de hostias o a mirar la Interviú de Marta Sánchez en el patio del colegio. Pero ni por asomo habías gastado un segundo de tu tiempo en comentar que el sábado ibas a ir a lanzar peso en Sabiñánigo. Todos sabíamos que Jorge lanzaría por el colegio porque los equipos escolares eran proclamados a los cuatro vientos pero los que estábamos al margen del aparato propagandístico por representar a otros clubes llevábamos nuestra afición con bastante discreción.

Aclarada esta cuestión, prosigamos. Pano y yo nos miramos y como tipos prudentes que éramos y porque levantar la liebre podía suponer un suspenso o algo peor, no dijimos nada. A la que el señor juez marchó un momento a buscar la cinta métrica enganchamos a Raúl y retirándolo del resto de competidores para que no nos escucharan y no se montara titi le intentamos sonsacar.

Le preguntamos que dónde estaba Jorge y que qué puñetas estaba haciendo allí él en su lugar. Raúl nos explicó que Jorge se había marchado al pueblo, que distaba de las pistas un trecho importante, con la intención de avituallarse de dulces y chucherías y que se debía de haber despistado porque todavía no había vuelto. Ante el asombro general le indicamos que ello no le permitía sustituirlo en la prueba, respondiendo el bueno de Raúl que eso estaba solucionado puesto que no lo iba a sustituir sino que lo iba a suplantar a instancias de las órdenes recibidas por el Rector. Ni qué decir tiene que por ahí circulaban unas fichas federativas de todos y cada uno de los participantes con nombres y fotos y que antes o después se iba a descubrir el pastel pero... si el Rector había dicho eso pues a callar. Ya no le quisimos pedir más explicaciones a Raúl puesto que ya le había caído buena.

El Rector para quien no lo sepa era el Padre Rector de los Escolapios. Y si el Padre Rector te decía que a lanzar peso pues te ponías a lanzar peso. Y si te decía que suplantaras la identidad de un compañero pues la suplantabas. Y punto. Supongo que ahora las cosas deben de ser algo diferentes pero para los que crecieron en los setenta, ochenta y tempranos noventa estas cosas no resultarán muy extrañas.

Por otra parte, mira tú qué más nos daría a Pano y a mí que lanzase Raúl si era bastante peor que Jorge. Pano iba a quedar primero seguro y yo... ¡yo hasta le podía ganar a Raúl!

Comienza el concurso. Se van sucediendo los diferentes lanzadores y Pano muy pronto se pone en cabeza como era de esperar. Raúl por su parte comete el primer lanzamiento nulo al salir del círculo de lanzamiento por delante causando asombro y estupor generalizado entre participantes y jueces, no ya tanto por el nulo en sí sino por la cara de extrañeza de Raúl que no sabía por qué no le contabilizaban aquel lanzamiento. Para que se hagan una idea es como salir a una cancha de baloncesto, y que al coger el balón uno se cruce la cancha caminando sin botar el balón (sin ser americano y estar en una final olímpica, en ese caso no pasa nada) cuando el árbitro pite pasos mirarle y preguntar ¿qué pita usted?. Pues eso hizo Rául y ahí radicaba lo espantoso y esperpéntico de aquel lanzamiento nulo. Ya fue allí donde el señor juez comenzó a derrapar mentalmente al contemplar semejante espectáculo.

Yo de momento hago el primer lanzamiento válido, que al menos me han enseñado a no cagarla de esa manera. Pero es muy corto, tanto que a la que Raúl engancha un lanzamiento bueno tras explicarle un poco entre todos las reglas básicas, me adelanta. Voy último, bueno era de esperar también.

Y entonces acontece la jugada de la tarde aparte del nulo de Raúl poniendo cara de habas. Al fondo se ve a Jorge que llega a la grada corriendo, sudando y rojo como un tomate portando una enorme bolsa de chucherías. Pano y yo nos miramos, no sabemos si reír o llorar. Raúl se lo ve venir pero tampoco dice nada. En estas que Jorge deja la bolsa de chuches a buen recaudo y continúa su carrera hacia el foso de lanzamiento. Se cierne la catástrofe.

A todo esto, dato importante, recordar que Raúl no ha estado lanzando como Raúl de Tal sino como Jorge de Cual suplantando su identidad, que no sus habilidades, a la perfección. Cuestión no menos surrealista cuando para dirigirnos a Raúl teníamos que llamarlo Jorge para continuar con la farsa. Farsa que a nosotros nos era bastante importante continuar ya que ese día era sábado pero el lunes ya sería día de escuela y con según qué cosas era mejor no jugar no fuese a ser que nos tocase pasar una temporadita en la biblioteca copiando vida y milagros de Mozart, Verdi, Isabel la Católica o extractos del Deuteronomio. O copiando la Biblia, que alguna vez se dio el caso (inconcluso e inacabado, imagino, aunque la leyenda jamás fue muy clara a este respecto) cuando cierto maestro de Sociales exasperado por la actitud de un alumno espetó el mítico: 

-Ortiz, cópieme la Biblia

-Pero Padre, ¿se ha vuelto usted loco?

-Le he dicho que me copie la Biblia; Copie, corte, fotocopie, recopie... pero cópieme la Biblia

Uno con doce años ya tenía sus principios pero ante esta tesitura si esos principios iban contra uno de los Padres Escolapios que nos daban clase se los guardaba uno tan ricamente con tal de evitar situaciones desagradables.

En estas que el señor juez dice aquello de "lanza Jorge de Cual, preparado Fulanito de Tal" y el verdadero Jorge, con sus huevos toreros, llega y dice "voy". La cara del juez era antológica. Si llega a tener la pistola de dar las salidas se pone a pegar tiros al sol. Raúl se nos quedó mirando con cara de resignación y con Pano no sabíamos dónde meternos. En aquellos momentos los dos nos hicimos los locos, ninguno había pisado un aula de Escolapios jamás de los jamases. La tensión se cortaba con cuchillo y las caras de los presentes eran de impresión. Ahí iban a empezar a pedir responsabilidades y a hacer preguntas y si no queríamos follón con los curas menos aún con el señor juez árbitro.

Este hombre se comenzó a poner nervioso y con razón. 
-Pero tú... pero tú quién eres- empezó a gritar el juez. -Jorge- dijo Jorge, como si fuese lo más natural del mundo, y de hecho lo era, aunque para el resto de los presentes a excepción de un par que callaban sin decir ni mu ni era natural ni lógico ni nada.

-¿Y tú?-  le preguntó el juez visiblemente alterado a mi amigo Raúl a lo que este harto de haber ido como cagallón por cequia desembuchó todo.

-Mire usted, señor juez, yo me llamo Raúl y este Jorge es el verdadero Jorge que tenía que estar lanzando. Yo he venido aquí hoy porque no tenía otra cosa que hacer y venía de suplente para la carrera de relevos y para comer kikos y gusanitos en la grada. Lo que pasa es que Jorge se ha ido al Ñam-Ñam del pueblo a comprar chuches y como no llegaba el Padre Rector me ha dicho que me hiciese pasar por él y que me pusiera a lanzar peso. Así que ustedes se apañarán que yo ahora me voy, buenas tardes.

Escolapios fue descalificado en lanzamiento de peso y aun no sé, o no recuerdo, cómo no les expulsaron del campeonato. Seguramente el resto de mis compañeros de clase no tenían la culpa de la púa hecha por el Rector quien por otra parte era un buen hombre aunque en determinadas ocasiones tenía demasiada pasión por lo suyo. Tampoco recuerdo en qué posición quedamos en el Campeonato.

Lo que sí recuerdo es que yo fui el lanzador de peso. No hice tres nulos así es que no hice 0 puntos. Ni siquiera quedé último con 1 punto porque la poderosa campaña de marketing del Ñam-Ñam habilitada en aquella época se encargó de echarme una mano. ¡¡Quedé penúltimo, con 2 fantásticos puntos!! y pude montar en el autobús de vuelta todo ufano y contento por la gran hazaña conseguida.



martes, 21 de julio de 2015

Una trail, dos verbenas y muchas cervezas

Una de las cosas malas de estos tiempos modernos en los que al correr lo llaman running es que a las carreras hay que apuntarse con mucha antelación. Tres, cuatro meses, medio año antes... al final se coge la costumbre y aun en las pruebas que no requieren de semejante predisposición uno va y se apunta recién comenzado el plazo de inscripción. 


Así uno se encuentra en embolados como el del pasado sábado en el que con un calor insoportable como el que viene haciendo desde hace muchos, muuuchos días, hay que ponerse a caminar correr por la sierra de la Carrodilla. Y lo que es peor, habiendo salido a correr cuatro días contados desde marzo. Pero contados. Cuando te apuntas en mayo lo ves todo muy fácil y auguras una cómoda transición entre la época de bici y la de correr, luego llegan los calores, las piscinas y las últimas semanas de junio y las primeras de julio te tocas los cojones a dos manos.

Las ganas de correr en la trail, las mismas que tirarse al río en pleno mes de diciembre pero por suerte estas cosas siempre salen adelante debido a toda la gente que tuvo la misma genial idea de torrarse una tarde de sábado del mes de julio. De camino a Estadilla uno va pensando qué puñetas está haciendo pero una vez llegados allí con Lemus, Morcate y el Enano pues ya ves que hay más zumbados de la cabeza y te parece hasta normal eso de ponerse a trepar barranquizos a treintaypico grados a la sombra. Pero la foto del Cuarteto de la Habana no engaña dice mucho de las ganas que había de correr. Lemus con su equipación de chepirunner se le ve motivado, el resto pasábamos por allí...


La salida es a las 8 de la tarde, y sigue haciendo mucho calor. No se nos ocurre mejor cosa que irnos a la barra del bar que hay frente al arco de meta y apretarnos una cerveza antes de salir ya que la hidratación es lo más importante en estos casos y es un elemento que no se debe descuidar. Así lo entiende algún otro veterano del CAB quien también se apreta su bebida isotónica de cebada antes de enfrentarse a la carrera larga, declarando que "yo hasta que no se haga de noche, no corro, sólo camino".

Nosotros a pesar de ir a la corta de 15 km y 500 m+ también llevamos esos pensamientos y como es bastante complicado que se nos haga de noche lo de correr va a ser poco y en las bajadas. Magda y su hermano Roberto se unen al cuarteto cervecil y juntos nos colocamos en la salida en nuestra posición natural. Los últimos.

Tras un breve descenso por las calles de Estadilla y un poco de correteo las cuestas hacen su aparición. En un segundo y tercer kilómetro de espanto el grupo se pone en fila de a uno y transita caminando por un estrecho sendero con exigente pendiente. Cuando da algo de tregua, trotamos. Cuando no, caminamos. Entre medias, sudamos. Pero de ese sudor denso que va cayendo a goterones a los pantalones y te los va dejando chupidos. Un horror. Segundo kilómetro, 11 minutos. Tercer kilómetro, 13... Recorrido majo y entretenido pero duro.

Enseguida empezamos a pasar a gente, es lo bueno de salir últimos. Lemus y Morcate han cogido su marcheta más adelante pero de momento aguantamos el Enano, Magda. Roberto y yo más o menos juntos. En uno de los descansos vamos trotando con Roberto y cuando nos damos cuenta dejamos atrás a los otros dos, valorando la situación decidimos seguir ya que Magda y el Enano van bien acompañados.

Yo iría más lento pero el caso es que Roberto me hace de liebre y quieras que no vas parando a caminar menos rato que si fuera solo y poco a poco vamos avanzando y cogiendo más gente. Tras una subida especialmente pesada donde se ve a alguna zagala al borde del vómito llegamos al avituallamiento del kilómetro 5. El vaso de aquarius entra entero de un trago. Como cuando se riega una maceta seca, no bebo más por no encharcar la tripa pero seguramente sea imposible ya que el cuerpo está soltando líquido a espuertas.

Desde allí al santuario de la Carrodilla hay una serie de toboganes, siempre con tendencia ascendente, que me van dando la puntilla. Le digo a Roberto que tire pero se niega diciendo que prefiere ir acompañado. Acompañado por un matraco al que le pesa la culera y no dice esta boca es mía, suda como un cerdo y chemeca soltando juramentos en las subidas, pero acompañado al fin y al cabo. Porque además de la culera me pesa la mochila con litro y medio de agua que llevo a la espalda por si acaso. Y es que hace mucho calor y toda precaución es buena pero la mochileta ahora está siendo un sufrimiento añadido.

Llegamos a la Carrodilla, trotando y caminando y allí vuelve a entrar otro aquarius de trago. Es el kilómetro 8, llevamos 1h 12', nos quedan 7 km de bajada y el sol se empieza a esconder. Vamos p'abajo.

La bajada va reactivando las patetas y aunque algunos tramos tienen demasiada pendiente la cosa va fluyendo, es posible que pueda llegar trotando a Estadilla. En el kilómetro 10 tercer avituallamiento y coca cola para el cuerpo esta vez más sosegada pues paro a charrar con un antiguo compañero de clase. Oye, que tú has venido a correr y el otro a trabajar, nos dice uno de sus compañeros de avituallamiento. La respuesta la de siempre, ganar ya no voy a ganar así es que como si quiero parar media hora.

La bajada va suavizando hasta que llegamos a una zona llana e incluso con ligera pendiente ascendente. Necesito parar, las piernas no me dan. Al menos ahora me queda resuello para ir charrando con Roberto y vamos contando historietas de la bici y demás. El paisaje se va abriendo y llegamos a otro barranco con el pueblo al fondo. La meta ya se ve cercana así es que continuamos la marcha, quedan unos tres kilómetros y echando cuentas hasta podemos bajar de las dos horas.

De hecho vamos bastante holgados para bajar y podría seguir caminando pero por lo que queda me fuerzo a seguir trotando aunque las lucetas rojas empiezan a encenderse. El pie izquierdo se empieza a cargar. Además una sensación como de atrancamiento en la zona de los cuadriceps y que me acompaña desde el sartenazo que me pegué el año pasado con la bici y que se hace más grande cuando paso una temporada larga haciendo sólo bici y sin salir a correr. Y unos conatos de calambres por las piernas fruto de la deshidratación tras haber sudado tanto.

Llegados a falta de un kilómetro paro porque estoy entrando en fase Muñeca de Famosa - Playmobil - Argamboy. Voy tieso. Y le digo a Roberto que nos vemos en meta y esta vez sí que hace caso. Caminando y hecho una braga llego a la última curva antes de enfilar recta de meta. Allí sentado en un banco está Juan Ramón "El Figura" que me pregunta que qué me pasa. Tranquilo, lo de siempre, calambres a tope, que si no paso una línea de meta hecho una porquería no es lo mismo. Por no quedar mal hago como que corro pero paso por meta con las patetas a punto de petar, como lo que soy, como un miembro de las Muñecas de Famosa. Al final, para la gente que le interesan estos datos, hago 1h 58'. Y ahora empieza la parte de la trail que se nos da bien: el tercer tiempo, la lifara, los tragos, las risas.

Tras una ducha acojonantemente buena (iba a poner reparadora pero por manido y gastado ese adjetivo seguido de la palabra ducha ya no nos dice nada) nos vamos al portal del Sol a cenar las sencillas pero contundentes viandas que nos ofrecen las gentes de Estadilla. En unas mesas largas dispuestas a tal efecto tiene lugar el convite que consta de primer plato, segundo y postre: Ensalada de pasta, longaniza y panceta a la brasa, y melocotón con vino. Una fantástica forma de recuperar fuerzas y que sirve además para que la gente se quede hasta el final de la prueba charrando mientras llegan los últimos participantes de la carrera larga.

Cerveza va, cerveza viene tiene lugar la entrega de trofeos a los ganadores y tras ella la verbena fin de fiesta que nos obliga a estar un buen rato más en la plaza compartiendo anécdotas y recuperando los líquidos perdidos en carrera. Pasadas las dos de la mañana se decide hacer un pensamiento y regresar al pueblo, ¿a casa, no? Cambiamos de verbena y nos vamos a la del barrio de San Fermín.

Continúan las rondas de zumo de cebada para equilibrar el balance electrolítico del organismo por una parte y para soportar impertérritos el espectáculo que nos ofrece la susodicha verbena. Lo de impertérritos es un decir ya que a los diez minutos nos descojonamos a más no poder del peculiar barrillo que se acumula en primera fila del público, justo bajo el escenario donde la orquesta actúa impasible, esta sí. No sólo no se desconcentran con los alegres bailes de las guapas cantantes sino que tampoco parecen perturbarse ante la escandalera protagonizada por ciertos parroquianos que han hecho demasiados viajes a la cisterna del poncho. Todo aquella persona que haya asistido a un par de verbenas de barrio de nuestro simpar pueblo sabrá a qué me estoy refiriendo así es que no hace falta entrar en más detalles ni hacer más leña del árbol caído.

Uno de los participantes de la trail larga, al ver el percal, se nos acerca y nos dice: "mirad, ese de la primera fila me ha pasado subiendo al Buñero". Lo debió de confundir con una de esas aves que vuelan por la Carrodilla porque por los movimientos espasmódicos que le provocaban la ingesta masiva de poncho y cerveza, el mencionado personaje de la primera fila parecía un buitre batiendo alas a punto de despegar. O un Walking Dead seco calatrido buscando amigos. En cualquier caso su memorable y sensual interpretación de Paquito el Chocolatero la guardaremos entre los recuerdos más bizarros del verano.

A eso de las cuatro se da por terminado el espectáculo y tanto el Enano y Morcate deciden marchar a casa a dormir, no así Lemus y yo que todavía tenemos un desarreglo de electrolitos bastante severo que decidimos atajar a base de Estrella Damm en los establecimientos pertinentes.

El final de la gastrotrail cervecil se hace un poco cuesta arriba pero con una buena hidratación y una dosis de gel de kebab pakistaní conseguimos terminar cuando comienza a amanecer. Al final de la jornada, 15 km recorridos, 500 m de desnivel positivo, 2 verbenas, ...titantas cervezas. Un buen entreno de cara a la trail de Guara. Quedan dos meses y medio y la mutación de tuercepedal a caminacorre ha comenzado, (si la calor lo permite) seguiremos informando.


jueves, 11 de junio de 2015

Ciclismo ficción

Como ya se ha mencionado en este blog en más de una ocasión, existen ciertas aplicaciones en internet que permiten visualizar rutas por carretera y que al mismo tiempo que contabilizan los kilómetros resultantes obtienen las altimetrías de una manera muy aproximada a la realidad.

La del sitio cronoescalada.com riza el rizo de todo lo visto hasta la fecha ya que además de permitir ver el perfil de la altimetría en tiempo real al mismo tiempo que la ruta avanza -otras aplicaciones sólo sacan el perfil una vez terminada la ruta- también tiene unas opciones bastante vistosas a la hora de crear nuestros perfiles con plantillas de las grandes vueltas, de manera rápida y bastante sencilla.

Estos días de lluvia vespertina he aprovechado ratos para sacar alguna ruta que rondaba por la cabeza. Siempre se ha comentado que la cara sur del macizo pirenaico no da para montar una etapa al estilo Tour de Francia como se puede montar en la cara norte. Y esta cara norte de los Pirineos a su vez no es comparable con las emboscadas que se pueden liar en los Alpes o en los Dolomitas. Echando mano del ciclismo ficción me dispongo a desmentir parte de esas aseveraciones. En nuestra provincia se podría organizar alguna etapa con mucha traca y con desniveles acumulados muy considerables. Y echando a volar la imaginación y con la mediación del MOPU ya hasta se podría desencadenar el mismísimo Infierno. Los desniveles aportados son los resultantes de quitar un 10% a los que salen en cronoescalada.com y que tras hacer algunas pruebas es el error que suele dar la aplicación. Vamos allá.


La posible. Alquézar-Aínsa. 250 km, +4500 m


Esta etapa transcurriría en principio por carreteras transitables hoy por hoy y en estado más o menos decente salvo un pequeño tramo que como veremos sería cuestión de tocar en la puerta adecuada para que lo adecentasen. Partiendo de la plaza de Alquézar, un sitio vistoso y que vende, la carrera se dirigiría hacia Aguas por Morrano. Una vez alcanzadas las faldas del tozal de Guara, vuelta al Somontano por Angüés, Abiego y Adahuesca. Unos kilómetros de sube y baja pero sin grandes cotas para que se formara la escapada del día.

Tras un sprint especial en Barbastro, los ciclistas subirían por la carretera de Hoz hacia Naval. Ascenso al alto del Pino y descenso por Abizanda hacia el El Grado para encarar el alto de Torreciudad. Con la buena publicidad que podrían ofrecer unas buenas tomas de helicóptero de toda esa zona, seguro que los dueños del monasterio allí presente podrían ayudar a adecentar los últimos kilómetros de subida. Y si no pues subida en sterrato (y la bajada a La Puebla también) que en el Giro los pasan por sitios peores, lo visten de épica y todos contentos.

Desde Graus se ascendería el alto de Panillo y por Troncedo la carrera iría a a buscar el cruce de Ligüerre para por Olsón y Las Bellostas llegar a medio puerto del Serrablo. Allí sólo restaría un rápido descenso hacia Aínsa para terminar en la plaza mayor con las últimas rampas para dilucidar al ganador, si es que no se plantaba allí solo después de 250 km de sube baja y muchos metros de desnivel acumulados en las piernas.





La complicada. Barbastro-Tella. 225 km, +5300 m


A la etapa anterior se le quitan los primeros 85 km de vuelta por Guara y comenzando en Barbastro se hacen los restantes 165 km de la misma manera. Una vez llegados a Aínsa es cuando comienza el ciclismo ficción.


El pelotón se dirigiría por Escalona hacia el cañón de Añisclo. Obviando la estrechez de la carretera, su estado, su ubicación en un Parque Nacional... hemos dicho que esto es ciclismo ficción y por otra parte en la Vuelta se han visto cosas peores.


Tras coronar en el cruce de Vío, la carrera bajaría por Buerba otra vez hacia Aínsa para esta vez encaminarse hacia el dolmen de Tella. De nuevo nos encontramos con una carretera que muy dificilmente podría albergar una prueba de este tipo pero por imaginar que no quede. Las pendientes de este puerto son dignas de al menos ser mencionadas y en la Vuelta cosas mucho pero que mucho peores se han hecho.




La muy complicada. Barbastro-Presa de Llauset. 257 km, +5600 m


Comenzaría en Barbastro y a través de Hoz y Coscojuela el pelotón llegaría a la base del alto de Torreciudad por donde cruzaría a Graus. Desde allí ascenso por Panillo, un elemento básico en todas estas etapas, y vuelta por Olsón hacia Las Bellostas. Descenso hacia Aínsa y subida a Campo atravesando el puerto de Foradada en uno de los dos tramos de la etapa en donde un pelotón podría trabajar. El resto transita por carreteras ratoneras. 

Desde Campo, carretera en ligero ascenso hacia Castejón de Sos y desde allí subida al Col de Fadas para cruzar a la nacional que se dirige a Viella. El destino, el cruce al pequeño pueblo de Aneto desde donde parte la carretera a la presa de Llauset y cuyo ascenso, por porcentaje, es un pequeño Tourmalet. Son 17 km al 6,5% y los últimos seis kilómetros no bajan del 7,5% coronando a más de 2000 m de altitud. Es un señor puerto con una serie de particularidades que harían complicada su inclusión en una etapa.

Al parecer, y según explican diversos cicloturistas que lo han ascendido, su carretera está descarnada en muchos tramos siendo los mejores aquellos que se encuentran a cubierto en los túneles, alguno de ellos bastante largo. Y arriba aparte de una pequeña presa para aprovechamiento hidroeléctrico debe haber una pequeña explanada y poca cosa más. En nuestro ciclismo ficción los ciclistas una vez llegados a meta serían trasladados en helicóptero hacia Benasque donde se instalaría el podio y demás historias.



La entelequia (según la 2ª definición del diccionario de la RAE) . Alquézar-Cerler. 258 km, +6200 m


Esta hipótesis también necesita de dosis de imaginación bastante altas. Más o menos hasta la mitad de la etapa discurriría la tónica habitual planteada en las tres anteriores. Otra vez se saldría desde Alquézar aunque esta vez en dirección a Colungo y el San Caprasio para enlazar con Eripol y bajar por Lamata hacia Abizanda. Nuevo ascenso por Abizanda para a través de Naval y El Grado ir a buscar el alto de Torreciudad.

Hasta ahora nada nuevo que no se haya visto antes. Unos parcheados por aquí, un reasfaltado por allá. Una vez llegados a Graus ascenso a Panillo el cual se convierte en eje fundamental de todas estas rutas. Desde allí travesía por La Fueva para llegar a Aínsa esta vez a través de la carretera de San Vitorián y Los Molinos, ratonera como pocas.

De Aínsa hasta Plan tramo en continuo ascenso y una vez llegados al final de la carretera comienza la ficción de verdad. ¿Qué pasaría si el puerto de Chía se asfaltara? Pues que aparte de unir por carretera el valle de Benasque con el de Gistau surgiría un coloso con el que dinamitar cualquier pelotón. Tras descenderlo y pasar por Ramastué la última dificultad llegaría en Cerler. Un puerto no excesivamente duro y con descansillos pero en el que las pasaría canutas el más pintado después de semejante castigo previo en las piernas. 




La etapa homenaje. Sabiñánigo-Cerler. 232 km, +6100 m


Para terminar, la etapa que serviría de homenaje y promoción a las dos grandes marchas cicloturistas de la provincia enlazando parte de ambos recorridos. Como la Quebrantahuesos discurre en gran parte por Francia se ha echado mano de su hermana pequeña y como llegar hasta Graus suponía un gran rodeo se han escogido cuatro de los cinco altos de la Puertos.

Partiendo de Sabiñánigo se harían los 40 primeros kilómetros de la Treparriscos para posteriormente cruzar hasta Aínsa a través de Fanlo y Buerba. Lugares por los que se rumorea que ha de surgir una nueva marcha cicloturista relacionada con la QH. Al tiempo.

Desde Aínsa se cruzaría hasta Campo a través de la carretera de Los Molinos y Foradada. Acto seguido se afrontarían unos 60 km de la marcha cicloturista Puertos de la Ribagorza ascendiendo Serrate, Bonansa, Espina y Fadas para llegar a Castejón de Sos.

Una vez en Castejón rodeo por Ramastué para llegar a Benasque y afrontar la subida hasta el Ampriú y llegar a meta.




Comentar que como se puede observar algunos puertos no coinciden en cuanto a porcentaje de una etapa a otra, depende un poco de donde se coge el principio y el final y como ya se ha comentado la aplicación no es precisa al 100%. Todas estas etapas son conjeturas e ilusiones. Algunas bastante posibles de realizar y en muchos casos, pura fantasía surgida durante una semana repleta de tardes lluviosas. Pero ahí están los recorridos y seguro que hay más, muchos más que merecen ser tenidos en cuenta. 

Se esperan comentarios al respecto de los apreciados lectores a ver si entre todos podemos montar una verdadera Vuelta a Huesca.


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