martes, 23 de septiembre de 2014

Sagas de Islandia (III): Por qué no hay que comprar agua en Islandia ni entretenerse demasiado en el Círculo de Oro


Lunes, 18 de agosto. Keflavik. Despertamos a eso de las 7:00 de la mañana y al mirar por la ventana de la habitación se contempla un paisaje francamente decadente. Naves de almacenes y casas prefabricadas ante la playa cubierta por nubes las cuales no impiden que la luz del sol lleve colándose por las cortinas desde las 5:00 de la mañana.

Tras una buena ducha con agua bien caliente, algo que no es problema en este lugar más bien se ha de tener cuidado de no escaldarse, bajamos a desayunar. Aquí es donde el concepto del país comienza a variar sensiblemente.

El comedor del Hotel Keflavik es sencillo aunque el servicio de buffet es bastante completo. 
Al menos nosostros no nos quedamos con hambre. La sección de salado está bien surtida con variedad de sandwich vegetales y de salmón, rollitos de jamón y queso y demás historias.

La de dulce ofrece bollitos y pastelitos de varias formas y sabores.

Aparte tienen yogur con cereales, zumos e incluso un pote lleno de canela que algún incauto confundió con café para espanto y horror de los allí presentes.

Cuando la camarera, que parece ser familia de nuestro amigo Fittipaldisson comienza a mirarsenos con mala cara decidimos dar por concluido el desayuno no sin antes haber degustado todo esto (los platos que se muestran en las fotografías fueron ingeridos por una única persona, a ver si alguien se va a pensar que todo eso era para los cuatro y que comemos como pajaritos)

Tras recoger la habitación marchamos a buscar la autocaravana esta vez en otro taxi conducido por un islandés de morfología grandaz que tapaba toda la parte frontal de su furgoneta con las espaldas. En el sitio de alquiler de autocaravanas Toño y yo dejamos a Lemus y Nacho haciendo las gestiones pertinentes y vamos a dar una vuelta por la playa de Keflavik. Lemus y Nacho asumen las labores de pilotar la autocaravana, por otra parte Toño y yo debemos encargarnos de trazar la ruta en el mapa (lo cual no es muy complicado salvo en ciertos puntos), hacer labores de copiloto para que el conductor no se duerma y hacer fotos a todo lo que se pueda.

El cielo está encapotado y chispea, con térmica de manga larga y el chambergo puesto no sobra nada.


Destaca el silencio y la tranquilidad del lugar, es como si el pueblo estuviese de fiesta y la gente metida en sus casas, no se aprecia movimiento alguno en la calles, apenas hay tráfico. 
No se ven perros ni gatos, alguna gaviota volando por los cielos, alguna señora paseando tránquilamente por la zona de la playa pero poco más.


Parece una ciudad fantasma ahí puesta con sus pulcras casitas prefabricadas de vivos colores. 


La que no es de chapa y es de obra presenta una geometría como si la hubiese diseñado un niño de seis años. La sencillez llevada al paroxismo.


Como comenté en el capítulo anterior el pueblo no es que sea feo, ni mucho menos, simplemente es especial y diferente a lo que estamos acostumbrados. 

Aquí no existe casco antiguo ni monumentos levantados hace siglos. Las poblaciones en su mayoría tienen a lo sumo cinco o seis siglos de antigüedad, algunas algo más y muchas bastante menos. Y su máximo desarrollo demográfico lo han experimentado en el último siglo de modo que hasta hace bien poco eran humildes aldeas de pescadores. Aldeas en las que bastante tenían con salir a faenar y ganarse el pan.

Hacia las 11 de la mañana partimos por fin con la autocaravana dirección Reykjavik tras una reunión con los mozos de la agencia de alquiler en la que no dejan un cabo suelto y se prodigan en toda suerte de explicaciones y recomendaciones (en esta zona encontrareis fuertes vientos, en esta es posible que llueva, es mejor que compréis en estos supermercados... y así durante hora y media). Muy profesionales.



Los 50 km que separan Keflavik de Reykjavik son de los pocos tramos de autovía disponibles en el país. Se van dejando a mano izquierda diversas localidades que conforman el extrarradio de la capital y a mano derecha se empiezan a ver diversas sulfataras y formaciones geológicas extrañas. El cielo se despeja, empieza a hacer calor.

Una vez dejada atrás la capital, dejamos las llanuras del litoral y la carretera se convierte en una sencilla vía de dos carriles que va ascendiendo metros ligeramente. El tráfico escasea y salvo algunas ovejas, ciclistas y autocaravanas que hacen la misma ruta se puede decir que muchos ratos la carretera es para nosotros solos.


Tras 100 km llegamos a Þingvellir (o Thingvellir; la letra "Þ" islandesa se suele transcribir como una "Th" inglesa) un curioso lugar donde aparte de que se puede observar como las placas euroasiática y americana se separan dejando como constancia de ello varias fallas o grietas, resulta ser un enclave histórico puesto que los primeros pobladores allá por el año 930 ya lo usaban para celebrar asambleas. Se considera que la institución parlamentaria más antigua del mundo, el AlÞingi, tuvo su origen en ese lugar.

Junto a las fallas, que pueden ser recorridas por su interior cosa que hicimos (adjunto aquí el enlace a wikiloc), hay un lago al que van a parar las aguas de la cascada de Öxarárfoss. Al parecer aquellos vikingos que utilizaban este auditorio natural para celebrar sus asambleas desviaron el curso del río Öxara para que la cascada cayese justo en el lugar donde parlamentaban.

La caminata nos obliga a desprendernos de la ropa e incluso ir en manga corta. Aquí el paisaje y la meteorología cambia muy súbitamente. Tan pronto atraviesas campos de lava y hace calor como estás rodeado de montañas y hace frío y viento.

No es, y con mucho, el sitio más espectacular del país. Ni tan siquiera de lo que nos quedaba por ver ese día. Sin embargo no nos pudimos resistir a estar un buen rato caminando por las fallas y contemplando el paisaje del lago.






Una vez visto Þingvellir nos trasladamos hasta Geysir, enclave que dista unos 40 km de allí. El paisaje sigue cambiando con celeridad, aquí unos campos de lava, allá unas montañas peladas, por acá unos pastos y por allí cursos de agua desbocados. Nacho recibe la llamada de Inés, su hermana y es en este punto donde debemos recapitular.

Nacho, al que el hecho de viajar a Islandia no le quitaba el sueño hasta hace muy pocos meses se unió a la expedición por un motivo fundamental. Luego se encontró con que el país le encantó pero en un principio él venía única y exclusivamente, y el motivo ya era más que suficiente, para ver a su hermana la cual marchó a trabajar a un pueblecito del sur de la isla al final de la primavera. Así es que fuésemos nosotros o no el bueno de Nacho tenía pensado acudir en verano a Islandia. Al final pudimos hacer encaje de bolillos y acoplar las vacaciones y ¡vualá! salió este viaje en el que todos ganamos (bueno, Inés no sé si ganó mucho porque tener que soportar a cuatro mardanos durante un par de días no sé si sale muy a cuenta pero en fin).

Así pues el plan para este lunes era terminar la visita del Círculo Dorado (nombre con el que se denomina a Þingvellir, Geysir y Gullfoss) y de camino a Skogar pasar a recoger a Inés por Hvolsvöllur (los nombres de las localidades son así e incluso más rebuscados, al principio intentas buscar una pronunciación correcta luego te la inventas directamente).

El caso es que volviendo a la llamada de Inés, nos indica que llevamos un ligero retraso y que a ese paso no daremos la vuelta a la isla como es nuestro objetivo ni de coña. Luego ya le explicaremos que hemos partido de la oficina de alquiler a las 11 de la mañana pero de momento debe de pensar que somos unos patanes que no vamos a ser capaces ni de llegar a recogerla.

Llegamos a Geysir, sitio conocido por sus surtidores de agua hirviendo. El más famoso de ellos y que da nombre tanto al lugar como a este tipo de fenómenos naturales a lo largo y ancho del mundo, quedó por así decirlo fuera de servicio después de que según se dice y se comenta los 80 metros de agua que eran despedidos desde las profundidades de la tierra quedasen aniquilados por el arrojo excesivo a la poza del surtidor de toda clase de materiales, entre ellos detergente, con el fin de provocar la salida del agua al gusto del consumidor.

Por suerte al lado figura el surtidor llamado Strokkur, que con una altura del chorro de agua de unos 20 metros, y una periodicidad de unos 7 minutos entre una y otra surgencia, constituye un bonito y divertido espectáculo.

Tras comer unos bocadillos en la cafetería-tienda de recuerdos del lugar por la módica cifra de 1500 ISK la vianda (9 eureles, 300 duros) nos acercamos al surtidor. En el ambiente se respira un ligero tufo a huevos podridos debido a las emanaciones sulfurosas. Lo más divertido es ver un corro de unas 100 personas (franceses, italianos, rusos, americanos, japoneses...) alrededor de Strokkur esperando a que eché el petardazo de agua.  En posición estática, manteniendo el pulso y el dedo a punto en el disparador de la cámara fotográfica ahí pueden permanecer los siete minutos. El primer cuarto de hora lo empleamos, yo al menos, en fijarnos en esta circunstancia ya que en un principio me resulta más curioso que el fenomenal Strokkur.


Esto tiene sus contras, te ríes sanamente de la gente pero Strokkur te pilla desprevenido así es que no podemos evitar caer en la tentación e ir acercándonos al círculo que rodea a la poza. Cogemos posición, guardamos silencio y aguantamos la respiración. Strokkur está vivo, se calienta, emite vapor y burbujas, la cosa se caldea, un rumor crece en el ambiente hasta que en un momento dado surge durante un pequeño instante una burbuja gigante justo antes de que el chorro de agua hirviendo se alce majestuoso hacia el cielo.

Ponerse justo debajo no es lo más recomendable aunque el agua sale tan dispersa que a poco viento que sople cuando las gotas alcanzan el suelo o alguna cabeza ya se ha enfriado bastante. Eso sí, sobre la poza permanece una estela de vapor a modo de aviso, marcando el territorio de Strokkur que es mejor no traspasar.






De regreso a la caravana coincidimos con una pareja de Vitoria que está dando la vuelta a la isla en bici y no encuentran el camping. Recurren a nosotros, en palabras de la simpática chica, porque aunque no nos ha oído hablar "sacamos pinta de españoles". El chico se ríe. Vamos, que sacamos unas pintas de mardanizos que tiramos para atrás, #marcaGüesca.

De Geysir vamos hacia Gullfoss, una cascada gigantesca en la que al acercarse uno no puede evitar el mojarse debido a la cantidad de agua que es salpicada desde el salto. Al llegar allí uno se encuentra de frente contra el glaciar Langjökull y aunque es bastante impresionante se queda en nada comparado con las vistas de los glaciares que veremos más adelante.




Por fin marchamos hacia Hvolsvöllur a recoger a Inés quien se encuentra en el supermercado haciendo unas compras junto a unas compañeras de trabajo, entre ellas su amiga Silvia con la que volveremos a coincidir más adelante. Aprovechamos para hacer hacer alguna compra y llenar así nuestra nevera aunque somos motivo de risas de las chicas al ver que adquirimos agua y cerveza. Lo primero es un bien tan abundante en Islandia que en todas las cafeterías, restaurantes, etc hay mesas con jarras de agua y vasos. Es algo que se da, no se cobra. Y en cuanto a la cerveza la que se vende en los supermercados está por así decirlo "capada". No tiene más que 2º de alcohol y para comprar licores o cerveza "normal" hay que dirigirse a una licorería.

Pasamos por delante del glaciar Eyjafjallajökull,  (jökull significa glaciar en islandés)el cual alberga el famoso volcán Eyjafaja   aquel que en 2010 provocó un caos aéreo "por culpa" de su erupción. Es alucinante mirar a un lado y contemplar ese gigante de hielo, mirar al otro lado y divisar la costa o en su defecto campos con multitud de pacas envueltas en plástico que deben de ser dejadas ahí para que el pasto se fermente y después al dárselo a los animales estos tengan una digestión más llevadera.



Siguiente parada, Seljalandsfoss (por si no lo han deducido foss es la palabra islandesa para designar a las cascadas). Posiblemente la cascada más espectacular que contemplamos. No es la más alta ni la más grande pero el hecho de que se pueda dar un rodeo para situarse por detrás de la cortina de agua hacen de este lugar una parada obligada. Y no está enclavada en el denominado Círculo de Oro. Y es en este punto donde comprendemos a Inés cuando nos recomendaba no perder demasiado tiempo en el Círculo de Oro ya que lo mejor estaba por llegar.




La cascada se sitúa frente a la costa y a poca distancia se puede ver el archipiélago de Vestmannaeyjar, alguna de cuyas islas surgió de debajo del mar hace escasos 60 años. 




Tras hacer un montón de fotos con la cortina de agua y el sol de fondo y ver una cascada vecina que se encuentra ubicada en una especie de hendidura en la roca y que se encuentra rodeada de piedra y vegetación nos movemos hacia la última parada del día. La cascada de Skógafoss.

Salto de agua de libro en el que el caudal proveniente del vecino glaciar cae de manera limpia y perfecta.









Existen unas escaleras que permite en subir hasta la parte superior del salto y que dan acceso a una pista que remonta el curso del río y es el extremo de una ruta que se puede caminar-correr. Esta ruta tiene por destino el vecino glaciar. Nosotros nos adentramos lo justo para ver los saltos de agua que preceden a la cascada principal de Skógafoss aunque uno se queda con las ganas de tirar más adelante. Para otra ocasión.

Cuando volvemos para abajo son cerca de las 10:30 de la noche y la luz comienza a escasear. Es hora de dirigirse a las cercanas playas de Dyrhólaey y buscar un buen sitio donde aparcar la autocaravana para pasar la noche allí. La acampada libre está permitida en todo el país y en los escasos lugares donde está prohibido queda indicado de forma explícita por un cartel.

Tras una cena a base de raviolis tiene lugar una agradable sobremesa en la que Inés nos indica parte de los usos y costumbres de las gentes de la isla así como los sitios que no debemos perdernos ya que tan sólo puede estar con nosotros hasta la tarde del día siguiente y el resto del tiempo tendremos que ir por nuestra cuenta.

Nos explica que estos islandeses son buena gente aunque un tanto tímidos en el primer contacto con los extraños, amables cuando la situación lo requiere y dados a la fiesta llegado el momento. Se toman la vida con calma llevando un ritmo propio de país caribeño y poseen un marcado sentimiento patriótico que les ha llevado, o a lo mejor al revés tras años de aislamiento, a ser bastante autosuficientes permitiendo una muy escasa participación de empresas extranjeras en lo que se refiere a cadenas de tiendas, marcas de ropa, alimentación, etc.

Quién sabe si motivado si por ese aislamiento durante años, creen en la existencia de elfos, duendes y demás seres mitológicos a los que se refieren como huldufólk o en inglés como la hidden people (la gente oculta) llegando a ser capaces de desviar carreteras para no perturbar la paz de estos habitantes de la isla. Nos explica como les gusta que los extranjeros les digamos alguna palabra en islandés aunque esto es algo que no podemos asegurar ya que durante el resto de los días o nuestra pronunciación era penosa o no es muy cierto ya que reaccionaban de manera bastante fría cuando nos despedíamos o dábamos las gracias en islandés.

Ante esto último tengo una teoría y es que al igual que los de Vitoria nos calaron como españoles, los islandeses que nos encontramos durante el viaje también nos calaban como españoles (o argentinos o mexicanos) como ya se verá. Y el que les dijésemos Takk (gracias) o Bless Bless (hasta luego) les traía sin cuidado o por el contrario nuestros caretos les debían de resultar bastante graciosos porque no fueron pocos los lugares en los que se nos miraban y no podían reprimir la risa. Pero daba igual que nos dirigiésemos en castellano, inglés, catalán (sí, catalán; Toño es así) o con alguna palabra suelta en islandés. O pasaban o se partían la caja.

Y tras estas conversaciones tan didácticas y una meada en campo abierto a oscuras con la puerta de la autocaravana cerrada para que no entrase el frío recordando en ese preciso instante la posible existencia de la hidden people  que vive por esos parajes y marchando escopetados de regreso a nuestro humilde hogar, nos vamos a dormir. Los ronquidos, si los hay, no son problema ya que caemos todos rendidos hasta la mañana siguiente. 

(Parte de las fotos de esta entrada son de Nacho, Toño, Lemus e Inés; gracias por cederlas a este engendro de blog)

Próximo capítulo: Glaciares, icebergs y un kilo de bolas de queso


viernes, 12 de septiembre de 2014

Sagas de Islandia (II): de cómo cuatro somontaneses aterrizaron en Keflavik y comenzaron a dar la vuelta a la isla

Tras el primer capítulo de las Sagas de Islandia [Sagas de Islandia (I): cuánto cuesta ir hasta allí en autocaravana y otras cuestiones fundamentales] continuamos entrando ya en harina de lo que fue el viaje en sí...

A mediodía del domingo 17 de agosto el coche de Nacho con Toño como copiloto proveniente de Naval hace su aparición en el Barranqué para recogernos a Lemus y a mí. Ponemos rumbo a Barcelona y tras dejar el auto aparcado en casa de Toño echamos un bocadillo y marchamos hacia el aeropuerto para coger el vuelo que nos lleve a Berlín.

El porqué de tan extraña combinación se debe a que era la forma menos traumática de llegar a Reykjavik ese domingo. Las demás incluían escalas de una hora en Oslo o de varias en Londres. Vuelos directos no había. Y el motivo por el cual decidimos volar un domingo fue porque si no no había manera de cuadrar las vacaciones de los cuatro integrantes de la expedición. Es lo que tiene trabajar en fábricas, que dispones de bastantes días de vacaciones pero no cuando te interesan.

Desde abril se empezó a gestar de una manera seria el viaje y no era cuestión de que unos turnos rotativos que coincidían parcialmente al principio y al final de mi mes de vacaciones marcado por la empresa chafasen la operación. ¿Se podría haber hecho de otro modo? Sí. ¿Hubiésemos podido ir todos? No. Por tanto el formato de viaje se decidió de esta manera para que el mayor número de gente interesada pudiésemos ir.


Llegamos al aeropuerto con el tiempo bastante justo de pasar los arcos de seguridad con cacheo incluido y comer un McFlurry de esos o cómo puñetas se llamen los helados de BurryKing. Y embarcamos en el avión rumbo a Berlín. Bueno, rehago la frase. Embarcamos en el autobús con alas rumbo a Berlín. Asientos estrechos, pasillo atestado de azafatas con el carrito de los bocadillos y alemanes levantados echando cubatas en el pasillo. Al menos una de las azafatas era guapeta, lo único salvable del surcamiento celestial del autocar volador. La compañía propietaria del talabarte, la empresa low cost de la aerolínea germana por excelencia. No se dejen engañar por el hecho de que sean alemanes, no es como lo de Ryanair pero van parejos. Los autobuses de La Oscense son bastante más cómodos, ande va a parar.

Aterrizamos en Berlín pudiendo contemplar bastante de cerca la ciudad sobre la que destaca la torre de la radiotelevisión, el Pirulínen para entendernos, y cual es nuestra sorpresa que la primera vez que pongo un pie en Alemania que el aeropuerto parece situado en alguna república del Caúcaso. Pero hace treinta años. Si el autobús volador era perrero el aeropuerto de Tegel lo supera con creces. O la austeridad promulgada por Frau Merkel está haciendo estragos o en esa zona de Berlín Oriental todavía no se han enterado de lo del Muro. O en España con menos dineros se han hecho aeropuertos apistonantes en cada capital de provincia y luego sales fuera y te parece todo una birria, también puede ser esto.

Otro bocadillo esta vez compuesto de pan negro, algo parecido a lechuga, queso y productos indeterminados y no identificables de esos que causan furor en Centroeuropa y embarcamos con la misma compañía rumbo a Keflavik a eso de las 22 h con cuatro horas de vuelo por delante.

Al ir a ocupar nuestros asientos dispuestos en filas de a 3, una señora española nos dice que el crío que nos toca al lado a Lemus y a mí en la ventanilla es hijo suyo. Intercambiamos el asiento en aras de la reintegración familiar que consta además de otra cría más mayor. Resultado de la jugada: la mamá con los pequeñuelos sentadetes todos juntos, los navaleros en la fila de atrás y Lemus y un servidor desperdigados en la otra punta del avión uno en cada lado, rodeados de islandeses.

Me dejo la guía, los mapas, no llevo una mala revista... A mi derecha dos gachos que son como el gordo y el flaco. Uno pequeñajo, rubiales y barbilampiño y el otro grandaz, moreno y con barbuz. Y con el sombrerete típico de haber estado de fiesta por España y haberse puesto como las Grecas. Lo de la izquierda es peor ya que desafía los principios básicos de la Física. Cómo semejantes tres sílfides han cabido juntas en tan reducido espacio. Tres zagalas eran. Gordetas, de buen año.

Comienza el vuelo del coche de línea con alas y las azafatas, esta vez para nuestra desgracia bastante reciotas, dan rienda suelta a sus habilidades comerciales paseando el carrito de los cojones por entre el personal. Las compañeras de la izquierda para más inri roncan, todo se convierte en un auténtico festival del humor.

Tras tres horas intentando dormir decido dar por concluido el paripé y echar partidas en el móvil al "Zombie Tsunami", jueguecillo bastante adictivo y que se deja jugar pero en el cual descubres cómo tras veinte minutos de sesión y doce horas de viaje por diversos medios de locomoción el cerebro reblandecido de zombie comienza a ser el tuyo. Por suerte la ventanilla enfocada al norte (deduzco que esa era su posición, el autocar alado no dispone de pantallas para visualizar la ruta, me doy con un canto en los dientes si el comandante tiene una de esas) ofrece un bonito espectáculo. Es la 1 de la madrugada en España, como las 11 de la noche por esos lares y el horizonte presenta un tono rojizo como si el sol no llegase a esconderse.

El fenómeno dura hasta el momento del descenso cuando las nubes de baja altura fastidian el espectáculo. Aterrizamos en Keflavik en un aeropuerto bastante apañado y acogedor. Tras recoger el equipaje y sacar algo de dinero local (Corona Islandesa, 155 ISK = 1 €) salimos a la calle para pisar el suelo de Islandia de una puñetera vez. Son las 12:30 hora local, dos horas más en España. Hay que ponerse el chambergo ya que vamos en managa corta. hace fresquete pero no es exagerado. Unos 12 grados.

Rápidamente acude un taxista. Nuestro amigo Fittipaldisson. Jovenacho, medio albino, con los ojos saltones, ataviado con una gorreta de beisbol. Cargamos dos maletas, nos subimos Lemus y yo al coche y el fenómeno arranca a toda pastilla. Por medio de señas y en inglés le hacemos ver que se ha dejado dos maletas y dos pasajeros. Acojonante. Fittipaldisson nos pide perdón y repite "It´s not a joke, it´s not a joke", que no ha sido una broma, que se ha despistado porque llegaba entonces de hacer un viaje a Reykjavik y se ha despistado. Un auténtico crack.

Una vez subida toda la carga y el pasaje al completo Fittipaldisson (hijo de Fittipaldi) reemprende la marcha. El paisaje en los alrededores de Keflavik y más a esas horas es... bueno, no hay palabras, es Keflavik. Si ustedes han jugado al CityVille, Civilization, SimCity o alguno de estos simuladores en los cuales se pueden construir ciudades, existe un punto en el que la ciudad tiene sus casas, sus tiendas y su casi todo pero le falta chicha. Que si unos árboles por aquí, un monumento por allá, una rotonda con un parterre... Cosetas. Keflavik es así, casas prefabricadas, ni un puñetero árbol, todo muy llano con tierra semivolcánica.

Aparte de las luces del aeropuerto y de la especie de base que tienen los yankis en la punta del pueblo no se atisba mucha más vida. Mientras Fittipaldissson te lleva al hotel sin cinturón de seguridad, las luces de posición, derrapando en las rotondas y demás lindezas te preguntas qué hostias haces ahí. Si un viaje a Punta Cana no hubiese sido mejor. Estás cansado y te quieres ir a dormir y mañana que salga el sol por donde quiera.

Llegas al hotel, Fittipaldisson te jode 2500 ISK (15 leuros) por un viaje de diez minutos y se despide pegando trompo en la punta de la calle y volviendo a por más incautos al aeropuerto. A la 1:00 hora local ponemos nuestros malolientes y pesados culos en las camas de las habitaciones. Aprovecharemos bien la circunstancias puesto que las siguientes noches dormiremos en sacos de dormir metidos en una autocaravana aparcados donde Dios nos dé a entender y soportando concierto sinfónico de vientos.

Como entrenamiento la noche me toca pasarla en compañía del inefable tenor Toñoño. A la media hora de concierto y tras colocar en las orejas unos tapones que tenía en la maleta y que tan bien me hubiesen venido en el autobús volador, consigo conciliar el sueño y aislarme de los ronquidos de oso cavernario que retumban en la sala. 

Dormimos al fin hasta la mañana siguiente. La primera impresión acerca de Islandia no es muy buena. Pero bien dormidos y bien desayunados (y eso ya será otro cantar) muy pronto comenzaremos a descubrir que estamos muy pero que muy equivocados.

La saga continuará tras este episodio de terror en el que pueden convertirse los viajes "low cost" (entrecomillo lo de barato porque era económico por los cojones) en el siguiente capítulo: Por qué no hay que comprar agua en Islandia ni entretenerse demasiado en el Círculo de Oro donde ya de una puñetera vez comenzará a relatarse todo lo bueno que tiene el viajar a ese país.

martes, 9 de septiembre de 2014

Sagas de Islandia (I): cuánto cuesta ir hasta allí en autocaravana y otras cuestiones fundamentales



Viajar a Islandia. Un día hace unos cuantos años se me puso en la cabeza esta idea no sé muy bien por qué. Fui haciendo viajes a otros destinos y sin embargo la idea continuaba merodeando en la mente. Así es que este verano por fin tocó ir a comprobar si todo lo que contaban de ese misterioso lugar era cierto.

Lo primero que pregunta la gente cuando se entera de que vas de viaje allí es por qué te vas allí. Lo mismo se me podría venir a la cabeza cuando alguien me comenta que se va a determinados destinos vacacionales, pero por educación suelo callarme. Habitualmente a los sitios se acude por gusto y porque algo bueno debe de haber allí, porque pagan o porque no queda más remedio. Si no, no iría. 

Luego te preguntan cómo vas para allí y ya cuando se enteran de que te vas a desplazar por el país en autocaravana surgen las conversaciones absurdas cuando te preguntan "¿Y cuánto tiempo os cuesta subir desde aquí con la autocaravana?" o cosas por el estilo. Ni una ni dos veces. La tira de gente leída que ha hecho esa pregunta. Alucinante.

Siempre me ha gustado la Geografía pero hay que comprender que a mucha gente no, así pues es de recibo dejar unas cuantas cosas claras antes de empezar.

Islandia es un país europeo a pesar de que se encuentre casi más cerca del continente americano que de Europa. De hecho se enclava en mitad del océano Atlántico sobre dos placas tectónicas diferentes, la euroasiática y la americana. Islandia es una isla, no confundir con Finlandia la cual se asienta en Escandinavia. Islandia por el contrario se encuentra rodeada por mar, puesto que es una isla, así es que es complicado acceder hasta ella en autocaravana

Las tierras más cercanas son Groenlandia y las islas Feroe, el trozo de continente más cercano es Noruega. En avión desde Barcelona hay cuatro horas de vuelo, saquen ustedes mismos sus conclusiones. En barco se puede acceder, pero para ello hay que hacerlo desde Dinamarca o las Islas Feroe. Hay dos horas menos de diferencia con España y la parte superior de la isla roza por poco el Círculo Polar Ártico. Eso son 24º grados de latitud de diferencia respecto a la parte norte de España. Del ecuador al Polo hay 90º de diferencia.

A pesar de estar en una latitud tan alta en Islandia no hace frío. No hace el frío que debería hacer allí y que de hecho hace en lugares de similar latitud como Murmansk, Siberia, Alaska o Terranova. Esto se debe a la corriente del Golfo, el agua del océano Atlántico describe un recorrido circular que calienta la parte europea y enfría la parte americana, explicado de manera rápida. Es el mismo fenómeno que explica que en Nueva York haga mucho más frío que en Lisboa siendo que están en la misma latitud.

En Islandia no hace frío pero tampoco hace calor. De hecho sí hace frío pero como se ha dicho no tanto como debería hacer. Eso no impide que muchas zonas del país estén cubiertas por glaciares, pero son zonas a cierta altitud. En invierno tienen pocas horas de luz y en verano casi no se hace de noche. En invierno tienen suaves temperaturas bajo cero y en verano hace fresquete.

Vive poca gente en Islandia. La isla es un poco más grande que Andalucía o Portugal y en ella vive la mitad de gente que en Zaragoza. Y dos tercios de esa gente vive en el área de la capital, Reykjavik. El resto en pueblos y aldeas pequeñitas, la ciudad más importante del norte del país no llega a veintemil habitantes. La isla entera es un pueblo, en el buen sentido, grande.

Existe una carretera circular que recorre toda la isla por la costa, el interior sólo lo cruzan pistas. Y una carretera quiere decir un camino asfaltado con dos carriles y sin arcén, algo sencillo. El interior está dominado por desierto, tundra, glaciares y volcanes. La costa no es tan inhóspita y la gente vive allí entre cascadas, fiordos, pastos, ovejas y caballos. 

Islandia fue colonizada hace unos mil años por vikingos, irlandeses y escoceses. A pesar de que las condiciones de vida fueron duras y padecieron hambrunas provocadas en parte por las erupciones de los volcanes que se asientan sobre la dorsal que delimita las placas tectónicas antes mencionadas, la gente prosperó hasta convertirse en uno de los países con mejor calidad de vida del mundo.

Casi el 80% de la energía que gastan es abastecida por fuentes renovables. El calor que desprende la tierra en numerosas fuentes termales así como la abundancia de ríos y saltos de agua permite a los islandeses disfrutar de agua caliente y calefacción gratis. Todos los pueblos tienen piscina, los salarios son elevados, tienen la mayor tasa per capita de edición y lectura de libros, la educación superior es gratuita. Hace mil años ya tenían Parlamento.

Un exponente de la gran tradición literaria del país son las sagas islandesas. Son obras literarias que describen en su mayoría la colonización de la isla. Guardan un estilo que se caracteriza por el uso de la prosa; la descripción psicológica de los personajes, que no son ni buenos ni malos, es inexistente aunque sus perfiles se intuyen a raíz de las acciones que ejecutan. Estas acciones se narran en orden cronológico y no se suele explicar el motivo por el que se desencadenan. Vamos, lo que suelen ser las crónicas de este blog.

Hace seis años también llegó la puñetera crisis económica a Islandia. Allí también ataban los perros con longaniza como en España. Allí cogieron a los responsables, entre ellos el presidente del gobierno, los metieron en la cárcel y dejaron caer unos cuantos bancos. Parte de la deuda pública decidieron no pagarla y la constitución fue reformada por gente de la calle para que la cosa no se les volviese a ir de las manos. Como aquí, pero todo al revés. El país no implosionó, sigue ahí.

El nombre de Islandia proviene del noruego y significa "tierra de hielo". Groenlandia también viene del mismo idioma y significa "tierra verde". Se dice que a todas luces los nombres deberían estar intercambiados y que la verdadera tierra verde debería ser Islandia, pero que una hábil maniobra de marketing por parte de los primeros pobladores provocó ese bautizo del país para que la gente de fuera pensase que era un lugar inhabitable y de ese modo no acudiesen colonos en masa.

Pese a que los tiempos han avanzado mucha gente sigue desconociendo todo lo que alberga esa pequeña isla. No es un país grande pero es un gran país. Con mis amigos Lemus, Toño y Nacho pudimos comprobarlo durante una semana. Siete días que se hicieron cortos pero muy intensos. Poco a poco iré desgranando los detalles del viaje al modo de las sagas islandesas.

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Así pues la saga continuará en el siguiente capítulo: de cómo cuatro somontaneses aterrizaron en Keflavik y comenzaron a dar la vuelta a la isla...



  

jueves, 14 de agosto de 2014

Verano y Tourmalet


El verano es lo que tiene, que apetece bien poco ponerse a escribir chorradas delante del ordenador. La última entrada de este blog que perpetro habla de los cuartos de final del Mundial de Fútbol. De eso hace más de un mes. Un día por el otro ya no supe ponerme a la faena.

En ella hablaba de las esperanzas depositadas en el cuadro cafetero para avanzar ronda. Al final no pude ni ver el partido. A mi querida Colombia le pasó por encima Brasil, y a Brasil le pasó por encima Alemania.


Luego Alemania con Khedira, Kroos, Klose y sus respectivas señoras pasaron por encima de todo bicho viviente. 


Luego pasó el Tour, un Tour muy entretenido con etapas muy disputadas pero con un desenlace final algo pobre. La primera vez en veinte años que se pasaron los adoquines de Roubaix con lluvia y barro para en definitiva deparar una de las mejores etapas de los últimos años con un perfil completamente llano. 


Porque no sólo en las subidas está el espectáculo. Ganó Nibali aunque por estos lares a ratos se hablase más de las caídas de los otros favoritos.

Las zagalas del waterpolo ganaron el campeonato de Europa en otra de esas gestas que nunca serán suficientemente reconocidas en este país .


Y luego ya vinieron los Vinos.

Y los Vinos en mi caso es tanto como decir que de jueves a domingo me pongo como un ciquilín. A pesar de que el cambio de ubicación pintaba pero que muy mal, la gente acabó contenta y el hecho de tener que patear desde la Feria a los bares deparó un extra time pleno de descojonos bien por subir al tren mientras jarreaba y compartir viaje con mi cuñao y sus amigos pipaos o subir otro día haciendo carreras por la Tallada. El último día se hicieron las 10 de la mañana y para más detalles preguntar en los dos establecimientos sitos en la parte central del paseo del Coso.

Para purgar subimos con los amigos a patear desde Radiquero a la Virgen de Viña y volver. Con la consiguiente brasada para recuperar fuerzas, y para despurgar al fin de semana siguiente nos plantamos en Estadilla a bailar en la verbena. Bueno, y a hidratar y esas cosas.

Entre medias la mayoría de las tardes se han ido en la piscina, jugando al Uno y haciendo el cabra con los sobrinos y caminando por la Vía Verde del tren, que se ha convertido en la nueva vuelteta recurrente cada vez que se sale a caminar-correr. Incluso un día descubrí con sorpresa que el Sr Ornitorrinco se había dejado caer por este engendro de blog y que le había gustado la filosofía Tuercepedales. Incluso me ha bautizado como Carlos Pedales Lifaras, un inmenso honor. Se ha debido dar cuenta de que el caminacorre está bien pero que el pedalealifarea es acojonante, me alegro por ello.

El caso es que el pasado martes los Tuercepedales nos animamos a subir al Tourmalet. Alguno no pudo, como Juanlu, alguno casi no puede, como Jesús y otros casi nos rajamos, como yo, pero al final logramos completar una expedición compuesta por Héctor, su tío Horacio, David, Pablo, Jesús, Nacho y yo. A los que hay que sumar la inestimable compañía de los padres de Nacho y su tía que nos hicieron de coche de apoyo y asistencia.

El coloso pirenaico comienza como tal en la localidad de Sainte Marie Campan, donde se encuentra el desvío y acaba el descenso del Aspin. Sin embargo para calentar las patetas decidimos comenzar en la vecina Campan, por lo que los 17 km de puerto se alargan hasta unos 23. Adjunto el perfil sacado de Altimetrias.net 


Que nadie piense que nos pusimos a pedalear sin más ya que a las 9 de la mañana nos enjaretamos un buen almuerzo en Parzán.


Al final, entre pitos y flautas, salimos de Campan rumbo a la cima de Monsieur Tourmalet pasado el mediodía. 


En esta foto cedida por la familia Orús se ve a los participantes en la marcha-lifara. De izquierda a derecha: Nachete, Horacio, un servidor, Pablo, Jesús, David y Héctor el sputnik de Naval.

El falso llano de los primeros kilómetros va tonificando las piernas, Nacho aprovecha para mear y me descuelgo del grupo para esperarle. Los galgos tiran delante y cuando paro en Sainte Marie Campan a rellenar el botellín en la mítica fuente de pie de puerto nos quedamos solos.

El asfalto es fenomenal, nada que reprochar en este aspecto. La pendiente de momento es muy llevadera. El tráfico mayor al deseable aunque todo el mundo adelanta con respeto. El tiempo, nublado y marcando niebla allá arriba. Nacho y yo vamos devorando kilómetros chino chano. Por delante los galgos van haciendo su carrera, Héctor y Horacio van con gasolina súper, David intenta seguirles, Pablo un poco más atrás y a Jesús empezamos a verle la culera aunque no llegamos a cogerle.

La cosa se va poniendo más seria al paso del pueblo de Gripp, así es que pongo mi nuevo piñón grande de 30 dientes y vamos poco a poco. No voy mal del todo pero se nota que en dos meses he cogido la bici dos veces nada más. La humedad me va matando y me duele hasta un poco la cabeza.

Nos adelanta un zagal que no tendrá más de 12 ó 13 años. Va con una cadencia brutal, parece un Rafal Majka en miniatura y sólo le falta guiñarnos un ojo cuando nos rebasa. Debe de ir a 20 km/h en una rampa del 8%. A media de profesional. Si no fuera tan pequeño pensaría que se ha desayunado un chuletón con clembuterol. El zagal se irá puliendo a todos y cada uno de los Tuercepedales, aunque David le intentará seguir un rato pero sin poder aguantar más de un kilómetro tras él. Au revoir. 



En una revuelta aguarda nuestro particular coche de asistencia. De las cosas que no se pagan con dinero. Mil gracias. Parar dos minutos, echar un trago y comer dos galletas. Y cara arriba. Se nos echa la niebla encima.

La niebla te envuelve y no te deja ver la cortada por la que estás transitando, ni ver que los pueblos que has ido pasando están abajo. Y cuando digo abajo, es abajo. La humedad se condensa en los pelos del brazo, sale vaho por la boca y cada vez que pasa un coche deja un olor desagradable mezcla de tubo de escape reventado y pastilla de freno quemada. La humedad y la niebla cambia la perspectiva de lo que está pasando. Pedaleas sin más y no ves más allá de 100 metros adelante.



Comienza el paso de las galerías antiavalanchas, por donde has visto pasar al pelotón un montón de veces. Cada columna de hormigón guarda una letra y cada letra forma el nombre de algún grande del Ciclismo. Algunos antiguos, otros recientes. La pendiente ronda el 10%, queda un buen trecho para arriba y ya no bajará. No hay descansos, ni vistas bonitas. O lees los nombres de los ciclistas o revientas.

Banderas de Luxemburgo pintadas en el suelo, proclamas de los vecinos de Euskal Herria, banderas bretonas, ánimos a la nueva hornada francesa, Escartín, Contador. Voy petao, y Nacho me dice que aguante que falta poco para La Mongie y suelta una verdad de perogrullo que a veces no es fácil llevar a cabo en esas circunstancias en las que no se piensa con claridad. Si vas cansado, ve más despacio.

Y eso hacemos. Y vemos en una de las galerías una pintada gigante animando al equipo Belkin en pleno, equipo al que le tengo simpatía porque prepara las clásicas de primavera con ilusión, porque la lió en la etapa de adoquines del Tour y porque este año me está haciendo ganar buenos dineros en las porras que hacemos con unos amiguetes de Huesca. Y por una pintada así de chorras uno se viene arriba y pedalea más alegre. Si en vez de eso hace sol y calor, y la carretera está repleta de gente animando ya debe de ser la repanocha. Jodido ciclismo.

Tenemos que poner pie a tierra por culpa de un grupo de vacas que están paradas en la carretera. Puede sonar chistoso pero doce vacas envueltas por la niebla, que no se mueven, una de ellas con sospechas de que sea un toro (no te llega para cerciorarte de lo que le cuelga ahí abajo), formando dos pasillos en cada uno de los carriles como  si quisieran jugar a mosca y estuviesen pensando "pasa por medio si tienes huevos", todo eso, acojona y mucho.

Finalmente pasamos desmontados por el pasillo de la vaca travestida que se mira con cara de "que te enrristo" mientras un hijoputa va pegando acelerones con el coche por detrás de nosotros. Estás de vacaciones, te subes al Tourmalet a pasar el día y te estresas porque te para un grupo de vacas y dos gachos aprovechan el hueco que abres con el coche para pasar caminando delante tuyo. Y entonces pegas acelerones para poner nerviosas a las vacas, es de ser un hijoputa.

Llegamos a la estación invernal de La Mongie, lugar en el que la carretera está hecha a mala baba por mitad del pueblo, a base de rectas y rampas durísimas. El padre de Nacho nos ha avisado de que pasado el pueblo nos espera el sol así es que apretamos dientes y seguimos adelante mientras la niebla se va disipando.

Se intuye el sol y se acierta a ver los mamotretos de edificios que conforman la estación, algún telesilla, algún picacho allá a lo lejos, un poco de verde y al final el cielo azul. Sol. La pendiente que queda en los próximos tres kilómetros hasta la cima no va a bajar casi del 10%. La máquina trituradora del Tourmalet trabaja por desgaste, como si una rampa de más allá del 13% fuese algo burdo o chabacano, trabaja con sus rampas del 10% de manera continua como un martillo pilón hasta llegar al final sin fuerzas.


Paramos aprovechando que el coche de asistencia está parado al borde la carretera. Horacio ya ha coronado y ha vuelto a buscarnos, Jesús va tocado y está allí reponiendo fuerzas. Partimos hacia el último arreón del puerto y pronto llega Héctor tras haber coronado. 


Nacho, que bastante ha hecho hasta ese momento, marcha con Horacio adelante. Nos quedamos Héctor, Jesús y yo con una cadencia cada vez más baja y como veo que quedan dos kilómetros aprieto un poco para llegar cuanto antes y terminar con la tortura del martillo pilón que va machacando las piernas. Héctor pasa como una bala y veo que Jesús se ha quedado atrás ya con lo justo.

Por suerte aparece David bajando desde la cima del puerto, ve el percal y se va a remolcar a Jesús, así es que sigo a la marcheta que me había marcado y voy tragando las últimas rampas que son de traca. En una revuelta que está repleta de pintadas de Trebujena no hay manera de subir ni yendo de pie sobre la bici, vamos en la reserva. Sopla el viento con fuerza, señal de estar llegando a la cima y tras un último rampote de aupa coronamos todos los 2115 m del coloso Tourmalet.

Unas fotos, una mirada al otro valle, ponerse ropa de abrigo y para abajo.


Y una vez más la bajada se convierte en otra pequeña tortura. Como el puerto no tiene descansos, la bici se embala sin remedio. A la altura de La Mongie además comienzo a tener frío ya que volvemos a la niebla. Nacho, que viene por detrás, me pregunta si quiero algo más de abrigo ya que sin manguitos y con el cortavientos de chaleco voy bastante escaso pero el coche de asistencia no llega y decidimos continuar para no enfriarnos.

A la altura de las galerías voy roto. Entre el frío, la niebla, la carretera que está un poco mojada, la pendiente y que voy cansado lo único que sé es apretar frenos sin ton ni son. Por suerte poco después de pasar por ellas los padres de Nacho han parado y allí me dejan un chaleco y una chaqueta. Otra cosa es.

Debido a que entro en calor, la pendiente se va suavizando, ya no hay tanta curva y la niebla se dispersa comienzo a ser persona. Por la zona de Gripp hacemos un trascoche y todo a una cisterna de purín que deprende un rebufo muy calentito.

Así, entre cubas de purín, esquinas de casas puestas a mala baba, tapas de alcantarilla, aceras ínfimas, puertas de casas que dan a la carretera y demás trampas vamos bajando hasta Sainte Marie y más tarde hasta Campan. Estos haciendo un trascoche a un Renault Clio conducido por una asustada franceseta que mira por el retrovisor como seis mardanos intentan embestirla. Yo unos metros más atrás con la cuba de purín más despacico.

Los datos totales cedidos por Nacho son los siguientes (yo no lleve ni cuentakilómetros, así estamos):

46 km
3 horas de marcha, 2 h 45' en movimiento
16,7 km/h
12º C de temperatura mínima y como unos 24º C de máxima
Tiempo de ascensión al Coloso (desde Sainte Marie Campan): 1 h 52'

Después, una comida de picnic en un merendero de Sainte Marie. Y ya en el coche de los barbastros con David, Jesús y Pablo, una visita a Saint Lary echando vistazos por las heladerías y las boulangeries en busca de algo interesante. Una subida al puerto de Bielsa adelantando camiones y otros seres que habitan las carreteras, con el típico intercambio de gritos de confraternización con nuestros simpáticos vecinos de más allá de los Pirineos.

Sesión de contar historietas acerca de diversos cromos dorados del pueblo y esmelicadas varias. Nueva lección de automovilismo super-racing a cargo del señor Pizarras quien a cargo de una flagoneta Iveco de caja descubierta va adelantando vehículos a la manera de un tejón con mala leche mientras va perdiendo trozos de cartón de la carga. Menos mal que no perdió las pizarras que transportaba, porque si no menudo Armaggedon.

En resumidas cuentas, un gran día con muchas risas, con bien de comer y algo de dar pedales. Algo, esto último, que se convierte más en excusa que en el fin último. Que vengan más días como este. Muchas gracias a todos por convencerme el domingo cuando me rajé, el argumento de Nacho de "ayer fuimos a zorrear a Estadilla y ahora estoy trabajando en la fábrica bien jodido, así es que el martes te toca subir al Tourmalet y joderte" fue bastante convincente. Gracias en especial a nuestro particular coche de asistencia, repito, de las cosas que no se pagan con dinero.

Espero poco a poco retomar la actividad en este modesto blog. Otra de las cosas que me han impedido ir escribiendo ha sido la organización del viaje que hago este año por vacaciones. Marcho a Islandia con mis amigos Toño, Nacho y Lemus senior, y al margen de ver si esa isla está tan bien como comentan tengo muy claro que al año que viene marcharé a un lugar donde haga calor, me lo den todo hecho, y haya una piscina con barra en la que al levantar el brazo ataviado con una pulsera, una camarera te sirva cervezas y viandas varias. Esto de montarse un viaje por cuenta propia es muy cansado. 

Hay múltiples solicitudes para que vaya narrando la experiencia en directo a través del blog. Dudo que en ese país repleto de volcanes, glaciares, geiseres y frailecillos exista mucha conexión wifi así es que ya contaré las aventuretas al llegar. Nos vemos, y a cuidarse.


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