domingo, 14 de diciembre de 2014

Sagas de Islandia (y VI): Desmadre en Reykjavik: tercio maratón, una tarde en el museo y nuestro amigo Arnold


Viernes, 22 de agosto. Nos levantamos después de haber dormido la mar de bien en el camping de Akureyri. Sitio tranquilo y barato, como todos los campings del país. Antes de desayunar revolotea la idea de tomar una ducha en las instalaciones del recinto pero Nacho y yo ni nos lo pensamos, nos vamos escopeteaos al Sundlaug Akureyriar bajo la promesa de no estar chapoteando más de una hora. Para gustos colores, pero no alcanzamos a comprender como el resto no nos acompaña a tan memorable piscina. La foto del recinto no le hace para nada justicia, fue sacada a través de la valla perimetral debido a que dentro estaba terminantemente prohibido el uso de cámaras. Y hombre, que me echen un día de la piscina municipal de mi pueblo por hacer el manguán me importaría un bledo, pero que me echasen de la piscina de Akureyri pues como que no.



La remojada fue similar a la del día anterior con la diferencia de que en lugar del fresquete de la tarde teníamos el fresquete de las 8 de la mañana y en lugar de una parejeta en la zona de los chorros había señoras tomando el sol (ya me explicarán cómo pretenden coger moreno en un lugar cercano al paralelo 66º a esas horas). En el jacuzzi también somos objeto de las miradas de las gentes del lugar e incluso en los vestuarios uno de los socorristas nos indica que debemos ducharnos antes de entrar a la piscina. Decididamente sacamos mucha pinta de guiris. Le decimos que no se preocupe, que de hecho venimos a eso, a ducharnos, pero el tío no se fía y nos va vigilando.

Un socorrista que en invierno tiene el puesto en una torre acristalada como las torres de control de los aeropuertos para que no se chele de frío. Curioso. Tras tirarnos un par de veces por los toboganes e ir a la sauna damos por concluida la estancia en una de las piscinas más apistonantes donde he tenido el honor de remojar los pinreles. A la vuelta a los vestuarios descubrimos el secador de bañadores, una especie de cubeta en la que al introducir el bañador mojado y bajar la tapa, gira centrifugando el agua y te lo devuelve seco para poder meterlo tranquilamente en la mochila. Reflexiones acerca de lo higiénico del invento las dejamos para otra ocasión pero el caso es que nos vamos aclimatando a las costumbres del lugar, si al final de cada frase dijésemos un yaauu muy fuerte para expresar conformidad o asentimiento pareceríamos del lugar. Lo malo es que hay que marchar.




Desayunamos en la caravana y ponemos rumbo a la capital. Esta mañana no hay nada más que ver, el viaje transcurre por la zona noroccidental de la isla, dejando a mano derecha la interesante península de Snæfellsnes donde se aloja el volcán que da acceso al centro de la Tierra en la novela de Julio Verne aparte de montañas y parajes perdidos del resto de la, ya de por sí, salvaje isla. Pese a que por donde circulamos no deja de ser interesante no tiene ni punto de comparación con lo visto los anteriores días. La carretera se empina en algún pequeño puerto de montaña, se ven montañas nevadas, caballos y los pequeños establos donde los pastores reparten las ovejas de cada uno cuando toca recuperarlas de los pastos verdes por donde pululan a sus anchas. Pero no hay mucha cosa más.


El viaje transcurre escuchando música cada vez más ecléctica, dejemos ahí el calificativo y no ahondemos más en lo que soportaron nuestras cabezas aquellas horas. Aparte Toño y Nacho están enzarzados en la parte de atrás en un estúpido juego de cartas mezclado con bolas de queso del kilo comprado en Höfn y que nunca se acaba.

Llegamos a Borgarnes creyendo firmemente que como en esa zona se crían caballos podremos comer hamburguesa de caballo. De la clase de bulos que la mente humana es capaz de generar bajo aislamiento en una autocaravana y alimentación deficiente. Alguien lo soltó por hacer la gracia el primer día y el bulo fue creciendo solo. El viernes creíamos a pies juntillas que en ese pueblo nos íbamos a zampar una hamburguesa de caballo del ídem, de caballo. También circuló el bulo, menos plausible, de que en algún lugar que nadie supo concretar también se dedicaban a la manufactura de hamburguesas de frailecillo (el cómico pájaro visto en las playas del sur de la isla). Este bulo no caló tanto pero el del caballo era un hecho irrefutable hasta que nos dimos de morros con la cruda realidad.

Así es que tuvimos que ir al área de servicio del lugar y retornar a nuestro querido menú de hamburguesa de cordero o de ternera aderezado esta vez con helado. Mala no era, pero comer siempre lo mismo resulta aparte de monótono, una magnífica excusa para que las tripas se rebelen y amenacen con darte el día. En cualquier caso aprovecho ese rato con wifi para confeccionar uno de los equipos de la porra de la Vuelta a España y rematar otro en el que me juego algún premio bastante suculento. Ambas porras serán un fiasco. Islandia está muy bien para muchas cosas, pero no para las porras de ciclismo. Encima Lemus, un tío que se quedó en Dufaux y Virenque y que no tenía ni papa de quién era Fabio Aru, aprovechando los ratos en los que le hago de copiloto se pone al día en cuanto al pelotón internacional y sin quererlo le hago el equipo a medida para que rasque puesto de honor en una de ellas. Qué catástrofe.

A primera hora de la tarde llegamos a Reykjavik cruzando por el túnel que pasa bajo el mar en Akranes. Akranes existe y de hecho es una de las playas en las que uno se puede bañar allá arriba, los que hayan echado horas al mítico PC Fútbol les sonará el nombre porque era uno de los clásicos equipos que a veces daba algún disgusto en la Copa de Europa. De esos típicos fallos de programación de aquellos juegos de 2995 pesetas. Y una vez realizado el apunte friki acerca de Akranes pasemos a lo grueso: Reykjavik.

Reykjavik como tal cuenta con poco más de cien mil habitantes. Contando todo el área urbana se va al doble. Aún así es una ciudad pequeña y acogedora con un tamaño muy recogido en el que se puede llegar de un sitio a otro caminando. De hecho no tuvimos ningún tipo de problema para aparcar la autocaravana en un pequeño solar de una de las principales avenidas enfrente del puerto. Junto a una tumba. Tumba con lápida en caracteres cirílicos para más señas.


Al preguntar a la chica de la oficina de turismo si el lugar donde aparcamos estaba permitido y si tendríamos algún problema para dormir allí (obviamos lo de la tumba) la chica no puso ninguna objeción salvo que la Maratón de Reykjavik pasaría por allí delante a la mañana siguiente y el tráfico podía quedar cortado. Por lo de dormir allí ni se inmutó y el hecho de saber que al lado había una tumba, y en cirílico, posiblemente en poco o nada hubiese perturbado la paz de esta tranquila islandesa. Viven tranquilos.


Así pues nos fuimos al centro de la ciudad a visitarlo con la tranquilidad de que la caravana estaba bien aparcada. Un lago con patos, dos calles principales atestadas de gente, mucho comercio, la catedral de curiosas formas cuya torre incomparable a cualquier otra vista antes se alza majestuosa hacia el cielo guardada por la figura del vikingo Leif Eriksson.



Tras una primera toma de contacto echamos la primera cerveza de la tarde y Toño saca a pasear al comandante Lassard. Ese amigo que le ha acompañado en tantos y tantos viajes por el mundo desde aquel primer encuentro en Santander aquel verano que decidimos que semejante camiseta iría a parar como premio a aquel de nosotros que lograse comer y beber más y así pudiese demostrarlo ante la báscula. En esta ocasión tuvimos la mala suerte de que el festival del bacon ya se había pasado porque si no hubiésemos montado otra santanderada a buen seguro. Pero Reykjavik nos iba a ofrecer otros entretenimientos.





Una vez repostados continuamos con la visita a lo alto de la torre de la catedral desde donde se ven unas buenas vistas de Reykjavik. Todo casitas bajas y coloridas. Ya abajo nos llama por teléfono Inés, la hermana de Nacho, quien acude con su amiga y compañera de trabajo, Silvia, a las que habíamos prometido el martes hacer todo lo posible por llegar el viernes a Reykjavik para salir de fiesta con ellas. Y una vez nos encontramos pues no se nos ocurre mejor manera de celebrarlo que ir a echar más cervezas.


De ahí a una pintoresca hamburguesería donde coincidimos con grupos peculiares de gente y a los que iremos viendo más adelante por la ciudad cuando salimos de bares por la noche reikiavinkense. Mucha niña mona (luego volveremos al tema de las mujeres islandesas), mucho chaval siguiendo la tendencia agroskater impuesta en la norteña Akureyri, bastante alcohol, gente empifolada a la una de la mañana y bares muy pero que muy curiosos. Por ejemplo, el Lebowski. Sigue en parte la temática de la película de El gran Lebowski con las puertas de los baños decoradas con los personajes de la cinta. Pero luego desparrama y en las escaleras que suben a una especie de terraza (terraza en Reykjavik, en un bar nocturno; gente sin complejos) las paredes están forradas de portadas de la revista Playboy. La música ochentera y uno de los camareros que parece Otto el autobusero de los Simpson pero sin gorra y con chaleco de Bruce Springsteen va aporreando las lámparas que hay sobre la barra como si fuera un xilófono. Decadente.

Otro ejemplo. El Kiki. Con este nombre ya se podrían hacer una idea. Además la pared está pintada, claramente, con los siete colores del arcoiris. Vamos, blanco y en botella. Pues como sería la torrija que nublaba nuestras mentes merced a la ingesta de alcohol, la insuficiente alimentación de los días previos, el cansancio y la constante visión de bellas walkirias, que algunos no se dieron cuenta del carácter del establecimiento hasta pasado un buen rato. Cuando al mirar alrededor aparte todas las paredes tenían pintados arcoiris. Di que de lo que iba el bar a lo que luego había dentro pues no tenía mucho que ver ya que la gente rondaba todos los garitos por igual y por eso nos costó darnos cuenta. Eso sí, en los baños alguno casi hace nuevos amistades muy a su pesar.

Aún tuvimos tiempo de recenar un kebab mientras en la calle unos zagales se zurraban en plan de broma muy al estilo maciello del Pirineo. Uno de ellos nos contaba que esa costumbre era del lugar aunque no apareciese en las guías de viaje, todo ello mientras sus dos amigos iban pasando del pressing catch a la lucha canaria pasando por el boxeo de borrachos. Muy educativo.

Al final nos vamos a dormir o al menos a hacer verlo.

Sábado, 23 de agosto. Como a las 9 de la mañana más o menos y tras haber maldormido unas cuatro horas comienza a sonar Calfornia dreamin de los Mamas & the Papas en la calle. A modo de bucle la cancioncita sirve para amenizar a los corredores de la Maratón de Reykjavik a su paso por el km 9. Mira que podían haber puesto canciones e incluso en un alarde de esplendor, combinarlas, pero esta gente puso esa a piñón. A la hora y pico de martilleo con la cancioncita vamos levantándonos y salimos a la calle a animar a los participantes de la carrera. 10 K, Media Maratón y Maratón todo junto. En algún momento de la primavera Nacho y yo tuvimos la feliz y pasajera idea de apuntarnos a esta carrera. Por fortuna no lo hicimos ya que me cuesta imaginar como hubiese sido correr 21 km con la cabeza como un ternero (es decir, resacoso) después de haber salido la noche anterior.


Así y todo, y teniendo en cuenta que soy un "corredor" malo, con mi marca en media maratón hubiera quedado por mitad de la clasificación. No sólo es que pase gente caminando a ritmo pausado sino con amigos a colicas o directamente cogidos como un fardo y echados al hombro. Demencial. ¡Otro año creo que nos apuntaremos!

Es nuestro último día en tierras islandesas así es que aprovechamos para hacer las últimas compras de recuerdos y camisetas después de desayunar algo en una cafetería. Además toca devolver la autocaravana pero hay un pequeño problema. La hora de devolución es a las 16h de la tarde y nuestro vuelo sale pasada la medianoche. Así es que Inés y Silvia se prestan a acompañar a los conductores hasta Keflavik a dejar la caravana y traerlos de vuelta a Reykjavik en su coche a pasar las últimas horas. Como no hay sitio para todos en el auto ya que somos seis, cuatro personas deben marchar a devolver la caravana y otras dos se deben quedar a esperarlas. Y el premio gordo de los que deben esperar en Reykjavik recae en Toño y un servidor.

Es la una de la tarde y ahí estamos mano a mano frente a un buque de la Guardia Costera Islandesa amarrado en el puerto y que sirve de barco museo. Es de esos sitios a los que de pequeño te podrían haber llevado con el colegio y hubiesen supuesto dos horas perdidas de tu vida. Pero con Toño sabes que lo pasarás genial así es que entras porque aparte no hay que pagar.

En el museo marítmo ya acontece la primera comedia. Al entrar al baño a orinar, el primer percance. Al ir a salir, el pestillo que no gira y la puerta que no se abre. Lejos de ponerme nervioso y comenzar a gritar o aporrear la puerta intento forzarla como en las películas hasta que Toño extrañado por mi ausencia me dice desde el otro lado que va a buscar a algún responsable del museo. Al final la puerta se abre de la manera más tonta al forzarla como si quisiera cerrar en lugar de abrir, momento en el que llega Toño para decir que el responsable ya está enterado de que la puerta falla "y a veces pasa eso" y que probemos. Porque se abrió la puerta que si es por el responsable hasta el día del juicio final podemos estar probando. Esta gente no se estresa.

Pasamos al barco como tal a deambular por sus camarotes. O el responsable de atrezzo es un hacha o esas habitaciones están tal y como las dejaron cuando el barco cesó de su servicio. Si lo han creado todo desde cero, desde aquí expreso mi más profunda admiración ya que el detalle de las cintas de casette pegotinadas contra un hule de flores en una de las mesas, la dentadura postiza, las revistas de fútbol de cuando el Naranjito, los cepillos de dientes o los cuchillos de cortar el pan con migas pegadas, son detalles muy logrados.


Las risotadas de nuestro particular tour son tan estentóreas que nos asignan unos viejecitos muy simpáticos que actúan como voluntarios y que nos vigilan mientras entramos en los camarotes y que acentúan su marcaje cuando llegamos a la sala de máquinas. Deben sentir auténtico pavor de que esa pareja de españoles que avanza entre carcajadas por los pasillos la líe parda. Tras este rato tan divertido marchamos del museo y como los encargados de devolver la caravana no han regresado decidimos seguir con la caminata.


No somos conscientes de ello pero estamos inmersos en nuestro particular Tercio Maratón de Reykjavik. Muy chino chano y con avituallamientos sólidos y líquidos pero 14 km al fin y al cabo que nos zampamos merodeando por allí. Tras las dos primeras horas de carrera toca sólido, cucurucho de chocolate y hacemos una intentona por entrar en el museo de las Sagas. Como es de pago y no sabemos cuando regresarán los de la caravana decidimos dejarlo para más tarde no vaya a ser que haya que salir en mitad de la visita a reencontrarnos... Ilusos...


Hablando de cucuruchos y helados. Existe una curiosa cadena de heladerías cuyo logotipo es bastante curioso y que fue motivo de burla y escarnio por nuestra parte. No es otra que las heladerías YoYo. 



En la foto no se aprecia bien aunque por la cara que pongo parece que nosotros sí que lo apreciábamos en ese momento. Rebuscando en internet surge una imagen de un anuncio cualquiera de los helados YoYo. Observen. 



No sólo es que el contenido del cucurucho tenga una forma característica, es que el logotipo tiene la forma de una mierda. Los helados deben de ser muy buenos, pero el logo es total. Sólo le falta saludar como si fuese la caca de la Arale. La cual por cierto cuando saluda emite un característico ¡Oyo!. Increíble.



Acudimos a una especie de Mercado Central pero todo lleno de productos de segunda mano o antigüedades. Entre jerseys de lana, bufandas, libros, muebles, zarrios en general y los típicos puestos de mercadillo con camisetas y banderas encontramos un divertido recuerdo typical spanish que seguro hace sangrar los ojos a más de uno. Por la combinación de colores y esas cosas. 


Nos acercamos al Palacio de Congresos que se encuentra junto al mar y a la escultura que simula el esqueleto de un Drakkar. La escultura es pequeñita y sirve más de castillo para los peques que para otra cosa pero el Palacio es bien bonito con su geometría de celdas acristaladas. Además en el exterior hay una exposición de cadillacs. Tras ver los coches alguno de los dos propone acercarse al centro "a ver qué hay". Aparte de que va tocando un avituallamiento y seguimos sin noticias del resto.



Nos han comentado algo de que hay una especie de festival de música en la calle. Madre del amor hermoso lo que había allí montado y nosotros haciendo el canelo en un barco sacando fotos a dentaduras postizas... Eso no es un festival, es la rehostia en bicicleta. Cada doscientos metros, en cualquier plaza, explanada, jardín, parquecillo o cualquier foricachón digno de habilitar cuatro maderos a modo de escenario y un poco de paja o una alfombra de césped artificial a modo de pista de baile, hay escenarios con gente pinchando discos o cantando o con grupos tocando.


Para más inri, lo primero que vemos Toño y yo es uno de esos escenarios en el que está bailando, o mejor dicho, flotando, una walkiria vikinga de gráciles formas. Se encuentra rodeada por pintorescos personajes que nos suenan de la noche anterior pero no logran eclipsar los bailes de Miss Reykjavik. En esos momentos recibimos las primeras señales de vida de los que han ido a devolver la caravana, que aún tienen para rato. Le preguntan a Toño que dónde estamos. Toño responde con un escueto "en el paraíso" sin dar más detalles mientras bailamos al son de las alegres tonadas que reconfortan el alma y alegran nuestro corazón rodeados de las guapas reykiavikenses.

Las reykiavikenses: en líneas generales las mujeres islandesas, al menos en cuanto a lo que pudimos apreciar, se dividen en guapas y muy guapas. En la zona oriental de la isla abundaban además las mujeres grandotas (y no estoy diciendo que sean feas ni mucho menos) simplemente es que son muy altas y muy fuertes. En la zona norte y en la capital son más recogidas y en general bastante rubias o en todo caso castañas. De rasgos nórdicos con ojos claros y excesivamente guapas. Sin embargo hubo una circunstancia que nos perturbó seriamente. Debe de ser la moda o, según hemos podido deducir deambulando por la red, que en Islandia también existe el fenómeno choni. Me explicaré. Imaginen una chica rubísima de ojos azules con las cejas muy perfiladas y pintadas de negro. Si la chica es guapa pues sigue siendo guapa aunque sin ese emplasto en la cara estaría mejor. Pues bien, esa circunstancia la pudimos apreciar tanto en Akureyri como en Reykjavik. Por cada una a la que le quedaba medianamente bien se veían tres o cuatro destrozos, alguno bastante serio.


Los islandeses al parecer las llaman skinka y son ni más ni menos que nuestras chonis. Y sean skinkas o no la verdad es que el gen vikingo las domina, son mujeres de armas tomar, muy suyas y bastante inabordables. Pero vamos, que al margen de que hubiese alguna skinka o no, hecho al que tampoco dimos mucha importancia en ese momento, ahí nos quedamos embobados en el baile unos cuantos minutos hasta que la sed aprieta y decidimos ir a echar una pinta a un pub cercano.

Es allí donde entablamos conversación con un hombre de unos cincuenta años que se nos presenta como DJ (aunque su aspecto no concordaba con la profesión). Todo empieza en la zona de fumadores a donde salimos a beber y el tío nos viene al oírnos hablar preguntando si somos mexicanos. A partir de ahí toda una conversación de unos diez minutos en la que nos hacemos una ligera idea del concepto tan abstracto que tiene del mundo este particular islandés.

Confunde mexicanos con argentinos y españoles y no le queda muy claro donde cae el País Vasco, Valonia, Normandía o Bretaña. Al decirle que somos aragoneses y explicarle la ubicación en el mapa se arma un cacao monumental mezclando todas las regiones europeas antes mencionadas. Eso sí, al comentarle que Toño vive en Cataluña el tío lo clava a la primera. Toca-ti els collons. Luego nos pregunta qué hemos hecho estos días por su país y al comentarle que un día fuimos a ver frailecillos a una playa nos contesta que "yo no he visto un jodido frailecillo de esos en mi puta vida". Un tipo curioso.

De allí creo, y digo creo porque el espaciotiempo comenzaba a replegarse de manera abrumadora sobre nosotros, fuimos al Museo de Arte Nacional. No recuerdo muy bien con qué finalidad. El caso es que una vez entramos nos invade una poderosísima necesidad de miccionar. Buscando los baños nos aborda una simpática dama que se encuentra realizando una especie de experimento sociológico. 

Con una cámara de vídeo y una silla situada frente al objetivo va sentando a gente por un periodo de dos minutos. Ante la cámara uno puede cantar, hablar, hacer muecas o no hacer nada, hay libertad absoluta. En el mismo instante en el que la moza posa sus ojos sobre nosotros me siento utilizado de manera vil y artera puesto que el premio gordo, y nunca mejor dicho lo de gordo, es sentar a Toño dos minutos frente a la cámara y para ello la chica deduce que primero tiene que convencer al amigo largirucho aunque su actuación sea prescindible.

Me niego categóricamente una, dos, tres veces. Al final le decimos que nos sentamos si nos dice donde están los baños. Cuando estoy a punto de escapar a mear y dejar a Toño con el embolado para no volver es él quien se adelanta y me deja solo con la moza la cual me obliga a sentarme frente a la cámara. Con la vejiga a punto de explotar y cortado sin saber qué decir se pasan los dos minutos mientras Toño regresa a descojonarse.



Una vez terminada la sesión le toca el turno a Toño el cual ni corto ni perezoso imparte una charla que todavía intentan traducir y desentrañar el sentido los más prestigiosos estudiosos del país. Desde el Espanya ens roba hasta el somos cuatro maciellos que hemos venido de vacaciones a Islandia, bueno, estos son maciellos pero yo ya soy tión, no queda títere con cabeza en un discurso delirante. La moza no tiene ni idea de lo que Toño está diciendo pero sólo de verme llorando de risa ella también se parte.

De allí marchamos a contemplar más actuaciones callejeras y en todos los escenarios se pueden ver cuadros realmente berlanguianos. Junto a un grupo de adolescentes sudando como puercos y bailando con movimientos simiescos se encuentran dos zagalas que posiblemente no cumplan ya los treinta flotando en medio al ritmo de la música mientras la carencia de ciertas prendas de ropa interior provocan un bamboleo desenfrenado de determinadas partes de su cuerpo. Y para rematar la estampa, niños de nueve o diez años bailando como si no hubiera un mañana al lado de sus padres y de las chicas sin sujetador.


Tras volver al primero de los escenarios donde hace unas horas bailoteaba Miss Reykjavik y darnos cuenta de que la moza ya no está decidimos ir a llenar semejante vacío existencial comiendo algo. Al lado de un puesto de hamburguesas y perritos encontramos uno de bocadillos de lobster, traducible por langosta, langostino o en todo caso un bichete de esos que está de muerte. Tanto como la bella dependienta quien tiene un aire a Magdalena de Suecia pero en guapa. Ni tan siquiera el "danos algo de lo que tengas con un poco de pan" borra su sonrisa y nos ofrece un bocadillo absolutamente memorable que nos arregla las tripas y nos da nuevas fuerzas para abordar otro nuevo reto.

Nos acordamos de que nos falta por ver una de las visitas de obligado cumplimiento y que se ha postergado por esperar al comando autocaravana que en esos momentos se encuentra comiendo en un restaurante atendidos por una malagueña que les cuenta vida y milagros (y menuda vida y menudos milagros...) en los cuales no entraremos en detalles. Como Toño y yo estamos abandonados a nuestra suerte decidimos acudir al Museo del Pene. Sí, han leído bien. En Reykjavik hay un Museo del Pene.


El surrealista diálogo con la pareja que nos indica donde se encuentra no sirve de mucho ya que el museo está ya cerrado así es que volvemos de nuevo al meollo de la fiesta, momento en el que nos llaman nuestros amigos con los que al final nos reencontramos para ir al cado donde bailaba Miss Reykjavik a rematar el último rato que nos queda antes de coger el avión.

Acontece entonces otro de los momentos más acojonantes del viaje. Bailando y haciendo el mec en la pista va entrando sed y al ver a gente con latas de cerveza vamos siguiendo el reguero de gente hasta dar con el punto donde las consiguen. Este no es otro que una barra callejera similar a las que se montan aquí para Fiestas.

Toda similitud con una barra de las de aquí acaba ahí. La barra en cuestión, con sus cámaras frigoríficas eso sí, está regentada por cuatro crietes con edades comprendidas entre los siete y los ocho años e incluso puede que les eche demasiados años y ustedes comprenderán el porqué después. Los cuatro crietes son negros, lo cual no tendría nada de especial a no ser por el hecho de que en Reykjavik la gente suele ser bastante rubia. No es que se vean muchas etnias diferentes a la nórdica por las calles, la verdad.

El cabecilla de hecho tiene un aire bastante acusado al personaje principal de la telecomedia estadounidense Arnold y con ese nombre nos referiremos a tan simpático zagalete. Al ponernos frente a la barra y tras un rifirrafe por hacerse con la voz cantante ganado por el genial Arnold, éste nos canta la carta y los precios de tan acojonante manera (todo ello en inglés, eso sí):

- One beer, five hundred; two beers, one thousand

(O sea: una cerveza, 500 coronas; dos cervezas, 1000 coronas. Nótese que por una lata de cerveza te tangan 3 €... y estaban a mitad de precio que en un bar normal!)

Nos quedamos mirando con cara de póker porque no sabemos dónde puñetas está la oferta por comprar dos latas así es que le pedimos cuatro latas. Arnold parece entrar en una breve crisis de pánico pero al momento, todo hacendoso, va sacando las latas de una en una y con evidentes esfuerzos ya que le pesan o no le llegan los brazos al fondo o al menos le cuesta desincrustarlas de la cámara. O todo eso a la vez.

Tras disponer las cuatro latas en la barra toca cobrar. Y otra vez revuelo en el que se vuelve a imponer Arnold extendiendo la maneta toda mostosa (de esas manos mostosas que tienen los críos a ciertas edades) para que le dé la tarjeta de crédito (porque sí, en Islandia uno puede pagar con tarjeta hasta en una barra raguñosa regentada por cuatro críos de siete años en la calle). Pero al ir a pasar la tarjeta tiene que teclear el importe y ahí comienzan las comedias. Se había aprendido el precio de una lata y de dos latas, pero de cuatro...



¡100 coronas! le dice Toño a lo que responde con una mirada torva y comienza a hacer cuentas con los dedetes hasta que al medio minuto y todo ufano espeta que son 2000 coronas y pasa la tarjeta. ¿Quiere usted ticket? nos pregunta a lo que le decimos que sí para que farde ya por completo ante los amiguetes. Culminada la transacción comercial más surrealista de mi vida, aparece en escena una mujer de unos cuarenta años que deducimos debe de ser la profesora, tutora o responsable legal de esos cuatro críos y ya nos quedamos más tranquilos. Así que nos despedimos momentaneamente de Arnold a quien visitaremos unas cuantas veces más para que nos avitualle convenientemente.


Arnold, el camarero más elegante, atento, servicial y, en resumidas cuentas, más acojonante con el que me he cruzado en toda mi vida.


La tarde toca a su fin y conforme va bajando el sol nos damos cuenta de que nuestra estancia en Islandia se termina. Con muy pocas ganas logramos salir de la plazoleta donde suena la música e ir a buscar las maletas que guarda Inés en su coche, para ir a la estación de autobuses a coger el coche de línea hasta el aeropuerto. En la estación nos despedimos de Inés y Silvia, que tan buenas anfitrionas han sido y que nos han aguantado estos días.


Ya "sólo" resta llegar al aeropuerto, cenar algo, esperar a coger el avión a las 2 de la mañana, volar en otro autobús con alas durante cuatro largas horas sin poder dormir, llegar a Barcelona a eso de las 8 de la mañana y coger el coche para llegar a casa cerca del mediodía. Lo bueno de ese rato fue el almuerzo que nos clavamos en un área de servicio de la autovía en algún punto entre Barcelona y Lleida donde un bocadillo de jamón, un bollo y un café nos salió por poco más de lo que nos cobraba el bueno de Arnold por una cerveza de lata. Lo malo fue todo lo demás.

Al llegar a casa a algunos nos costó un mundo recobrar el pulso a la vida diaria a pesar de haber pasado tan sólo una semana allá arriba. Los días nos parecían inusualmente cortos y volvía a hacer calor sofocante aunque luego en las piscinas el agua estuviese helada. Un chabisque monumental para la cabeza que se tradujo en dormir mal durante algo más de una semana despertando todas las noches sin saber donde estaba y mirando por la ventana de la habitación para ver donde se había aparcado la caravana.



Fue sólo una semana pero creo que causó bastante impacto a los cuatro integrantes de la expedición. Nos quedaron cosas por ver y por hacer, aparte de todo el interior y las penínsulas lo cual daría para dos semanas o más, pero cumplimos el objetivo de circunvalar la isla viendo lo más destacado que encontramos a nuestro paso. Además de los descubrimientos en forma de skyr, piscinas, ballenas, bares, reykiviakenses y akureyrienses, campings, festivales y arnolds. En definitiva, Islandia dejó una muy grata impresión, gracias también a la muy buena compañía. Por tanto, no sabemos cuando pero algún día, ¡volveremos!



jueves, 11 de diciembre de 2014

De perros y bicis


La artista israelí Nirit Levav se dedica entre otras cosas a realizar esculturas de perros con material sacado de bicicletas viejas como la que aparece en la foto. Esta quizá sea una de las más divertidas aunque tiene otras mucho más elaboradas. Es una combinación curiosa la de los elementos de la bici para formar a estos, a veces, simpáticos animales ya que por regla general bicis y perros no suelen formar una mezcla muy buena como se demostrará a continuación.

Domingo por la mañana. David y yo enfilamos por el camino Barraón con las bicis de montaña a dar una vuelta por los caminos del Somontano aprovechando que ahora después de las lluvias se han quedado bien blandetes para rodar por ellos.

Tras pasar por Cregenzán y Montesa decidimos acercarnos hasta Hoz y para ello cogemos parte del camino conocido como "el de los árboles singulares". Nada más empezar a circular por él me viene a la mente el encuentro perruno de hace dos semanas por esos mismos parajes. Como si hubiese mentado tres veces a Bitelchus o a Candyman delante de un espejo aparecen al instante nuestros cánidos amigos.

Una vez puede pasar, pero dos ya no es casualidad. Hace dos semanas quien más quien menos pensamos que aquella manada de perros debían de ser de algunos cazadores y que se habían despistado o extraviado. Esta otra vez ya no cuela. Esos perros son de alguien que los tiene en la finca particular libres y sin atar.

Desconozco si el dueño del comando perruno en cuestión ha sufrido algún ataque, robo o percance en su propiedad como para que se haya visto obligado a emplear a estos animales como arma disuasoria pero lo que sí tengo claro es que es ilegal tener los perros sueltos en una finca que no está vallada.

Los seis o siete perros pasan en cuestión de segundos de ladrar en la linde de su propiedad a abalanzarse sobre nosotros en oleadas como si fueran lobos. Nos encorren ladrando por el talud, nos enseñan los dientes, se abalanzan tres o cuatro hacia el camino y enredan por entre las bicis, se retiran y dan el relevo a los otros canes.

Transcurren unos trescientos metros bastante desagradables en los que David y yo pedaleamos lo más deprisa que podemos mirando al frente, rodeados por los perros y esperando en cualquier momento una dentellada en la pierna mientras les gritamos para atemorizarlos aunque estos cánidos están bien enseñados y hasta que no dejamos atrás la linde de su parcela no dejan de incordiar. Unos hijos de perra, y nunca mejor dicho, de marca mayor. Por suerte todo queda en un buen susto pero no pasa a mayores.

Por desgracia ninguno de los dos llevamos el GPS activado para poder localizar la finca en cuestión pero sí que podemos decir que ésta se encuentra en la ruta de los árboles singulares en algún punto entre Costean, Montesa y Hoz. Al llegar a Barbastro y parar a echar un café casualmente nos encontramos a la Guardia Civil y al explicarles el caso nos piden que otro día les llamemos porque si se presentan allí ellos la denuncia la interponen directamente ante el dueño de los perros. Que a fin de cuentas es el culpable de todo este berenjenal porque los perros hacen lo que su instinto y adiestramiento les impulsa a hacer.

Por mi parte no pienso pasar por allí en una buena temporada, no al menos hasta que sepa a ciencia cierta que el comando perruno está atado o bien vallado. Pero al menos que sirvan estas líneas para avisar a quien le pueda interesar y que si se ve implicado en tan desagradable situación tiene el derecho de llamar a la Guardia Civil para que acuda a poner orden a ese sindiós.

Navegando por el youtube he encontrado un vídeo que ejemplifica de alguna manera lo que acabo de contar. Al protagonista, que iba solo, le salen al paso unos cuantos perretes más pero puedo asegurar que los gritos que pega son similares a los que proferíamos David y yo. Y cuando el grupo de cánidos es de más de cinco el miedete debe de ser parecido porque como le dé a uno por pegar un mordisco no te salva ni el Tato.



Al final, la ruta que quedó en un segundo plano... salieron 35 km bajando desde Hoz por la cabañera para coger el camino a Burceat y terminar llegando por la carretera de Castillazuelo. En 2h 10' y con un buen susto en el cuerpo. Y lo dicho, el próximo día a pedalear por otro camino que por este ya nos han visto el pelo hasta dentro de una buena temporada.

martes, 9 de diciembre de 2014

Castillazuelo - El Pueyo 2014

Cuando una carrera cae en un puente, en diciembre, la zona de meta está en una plaza que no le toca el sol y hace un frío del demonio y aún así te apuntas para participar y la disfrutas pues debe de ser que todo lo demás es bueno y esas pequeñas contras mencionadas merecen ser "sufridas".

Insisto, para mí el resto de lo que envuelve a esta carrera es bueno. Aquí es donde entramos en las quejas del resto de la gente, que si transcurre por caminos, que si hay subidas... lo cual para mí es gloria ya que donde esté un buen camino que se quite el asfalto y donde haya una buena subida después habrá una buena bajada.

Así es que partiendo con estas premisas, y después de un puente bastante cargado de pequeñas lifaras, me encuentro el lunes por la mañana en la plaza de Castillazuelo dispuesto a participar en la carrera. Igual que el año pasado han sido unos buenos días de hidratar y alimentar el cuerpo como se merece, ya saben: pulpo, robellones, tostada de foie, torrijas, albóndigas de longaniza con salsa de almendras, patatas con salsa roquefort, huevos rotos con morcilla... todo ello regado con cerveceta y vino del Somontano a lo largo y ancho de los establecimientos taperiles y culinarios del pueblo. Y alguna salida en bici amenizada por una emboscada de perros de la que a lo mejor hablo un día de estos.

El viernes pasado en la piscina haciendo largos (como excusa para después merendar como es debido) se me enganchó el pie un par de veces. Y no fue ni por nadar muy deprisa ni por nadar mucho rato, cosas que me ocurren en la piscina de vez en cuando.  Así pues no tengo la menor idea de cómo pueden responder las patetas en carrera y si es posible que tenga que dar media vuelta en algún momento.

El caso es que acudo al ayuntamiento a recoger el dorsal, lugar donde veo a mi hermano Jesús, que no participa este año, y está repartiendo los dorsales de los críos. Él intenta convencerme de que vaya a buscar mi dorsal a la mesa de los crietes (por favor, los pequeños por esta otra mesa) y yo intento convencerle de que corra (venga, corre, cobarde). Nos mandamos fraternalmente a la mierda sin que ninguno logre convencer al otro y marcho a la plaza.

Volvamos a la carrera como tal. Dan el pistoletazo de salida y para mi sorpresa hago los dos primeros tercios de la subida del castillo corriendo y paro a caminar para hacer la última rampa. Pues tan mal no debe de estar el pie. Nos plantamos en el camino y la historia del año pasado se repite. Llevo por detrás a mogollón de gente que en otras circunstancias deberían ir por delante y voy acoplado al ritmo de uno de los Gemelos del Entremuro. El frío de la plaza se ha pasado y hace un sol bien bueno.

El garmin canta el primer kilómetro. Lo sé porque pita, no porque lo mire ya que lo llevo en la muñeca de adorno, no pienso hacerle caso para nada. Llevo un año bastante anárquico en ese sentido y corro más por sensaciones que no por lo que dicta el relojito. Pero el caso es que el paso de los kilómetros los sigue cantando y en ese momento justo se empieza a entumecer la rodilla derecha. No le hago ni puñetero caso y sigo zumbando, ya que si es algo por lo que tenga que parar ya me enteraré y si no pues adelante.

Al poco vemos a Goyo caminando en sentido contrario. Que dice que va roto. A este por desgracia sí que la molestia, cualquiera que sea, le ha debido ir a más y marcha cabizbajo de regreso a Castillazuelo. Con el Gemelo seguimos devorando kilómetros sin darnos cuenta hasta que llegamos a la zona del sembrado que da acceso a la placeta del Sol donde se oye una escandalera considerable por la gente que se encuentra congregada animando.


Antes hemos visto muy poca gente dispersa por el recorrido, entre ellos el sr Ornitorrinco apostado tras un repecho sacando fotos a los corredores y descansando tras hacer marca el domingo en maratón; suyas son las fotos que hay en esta entrada. Gracias, Orni. La animación en el último kilómetro de la subida está muy bien, mejor que otros años. Al llegar a la carretera para enfilar las últimas rampas de acceso al Monasterio pierdo al Gemelo pero engancho a Manu, uno de los hermanos del mencionado sr Torrinco, con quien nos vamos picando para que no decaiga el ritmo.

Vamos hasta la curva, venga, ahora hasta la farola, venga un poco más. El caso es que a base de arreones nos hacemos toda la subida excepto la última rampa corriendo. ¡La de años que hacía que no subía tanto trozo de esa subida a la carrera! Arriba hay un tropel de gente entre los que se encuentra Agus. Es una alegría verle allí animando, a ver si poco a poco vuelve a la actividad camina-corre-almuerza después del año sabático que se ha tomado. El Muñecas de Famosa World Tour necesita a Barriguitas encarecidamente.

Arriba, nos cruzamos con Pedro a quien ya había perdido en la rampa del castillo, echamos un traguico de agua y enfilamos la bajada. Las vistas allá arriba por cierto, son espectaculares con el Turbón y Cotiella cubiertos de un buen manto de nieve. Manu va más fuerte en la bajada y empiezo a perder contacto al llegar a la placeta del Sol justo cuando nos cruzamos con el Enano el cual va subiendo a la marcheta haciendo de coche escoba. Este tío es muy grande. Lleva toda la mañana en zona de meta preparando cosas, se ha comido las carreras de los críos haciendo labores de juez y ahora está corriendo y replegando gente por la cola para acompañarla a meta. 

En la trialera de los Alparraces se demuestra la habilidad del clan Ornitorrinco sorteando carrascas (o mi torpeza en esas lides o ambas cosas) y termino por quedarme solo. El caso es que llego al camino de regreso y pita el km 6 quedando 4 para volar hasta meta. Consigo engancharme a un zagal y una zagala de Huesca a los cuales veo en la distancia y que se escapan en los repechos. No tengo ni idea de a qué ritmo vamos pero voy cómodo a su ritmo y ya sólo queda bajada.


Llegamos al castillo y este año la bajada no está helada así es que se puede bajar a toda mecha, o al menos a toda la velocidad que permitan los cuádriceps sin reventar. Ya está hecho, queda menos de 1 km y la gente anima ese tramo. Un breve callejeo por el pueblo y recta de meta a tope. Paro el crono en 57', dos minutos menos que el año pasado. A pesar de haber estado todo el puente, como vulgarmente se dice, en un pienso comiendo y bebiendo (o quizás gracias a haber estado en un pienso, comienzo a considerar seriamente esa posibilidad) va y encima me lo paso en grande corriendo y rebajo tiempo. Y dos de las sobrinas ganan sus respectivas carreras ¿Qué más se puede pedir?

Pues que hiciera menos frío en la plaza a lo mejor, pero al final este se convierte un detalle intrascendente cuando uno se encuentra charrando en buena compañía y degustando la longaniza a la brasa que el pueblo de Castillazuelo nos ofrece por haber pasado la mañana de este lunes de puente correteando por los caminos. Por cierto, el año pasado en la clasificación tuve un regalo de unos dos minutos que este año los señores jueces se han encargado de cobrarse en mi contra. Un año por otro, aunque al final lo que cuenta es lo que dice el garmin. Con independencia de esos dos minutos, por segundo año consecutivo vuelvo a hacer mejor tiempo en la 10K de Castillazuelo que en la 10K de San Ramón. Mejor en caminos que en asfalto, mejor con subidas y bajadas que en llano. No sé si habrá muchos casos similares.

Haciendo cola para la longaniza viene el Gemelo y me pregunta qué tal la subida. Pues hombre, al ritmo que has puesto muy bien, gracias. Y es entonces cuando él, uno de los autores de frases tan memorables como "entre semana hay que salir a correr muy suave y los fines de semana sin forzar", suelta que sí, que hemos llevado un ritmo para no sufrir o al menos para hacerlo de manera tolerable. Y doy fe de que así ha sido. Caminos, solete, bajadas y longaniza en la meta, así fueran todas las carreras.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Peaky Blinders, a la espera de la tercera temporada



El día 11 de este mes me recomendaron encarecidamente una serie de televisión británica titulada Peaky Blinders. Como la recomendación venía de una persona de total confianza y de gustos similares en muchos aspectos me puse a la faena dos días después, el día 13, después de leer algunas buenas críticas que, según pude comprobar, están disponibles en internet desde hace tiempo ya que la serie se estrenó hace ya más de un año. Anteayer, día 24, terminaba el último capítulo de la segunda temporada de esta pedazo de serie.


Ambientada en la ciudad inglesa de Birmingham en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuenta la historia de la familia Shelby, conocidos como los Peaky Blinders, que en 1919 malvive a base de trampear en las apuestas de las carreras de caballos y trapicheando con el contrabando. 


Poco a poco la familia va diversificando el negocio liderados por el cabecilla del clan, el hermano mediano Tommy todo inteligencia y cojonera, mientras comienzan a ser vigilados muy de cerca por un inspector de policía venido de Belfast para limpiar la ciudad, Mr Campbell, personaje este de maneras  poco convencionales. A lo largo de los capítulos los Peaky Blinders se las tendrán que ver además de con los mafiosos locales con clanes irlandeses, gitanos, italianos o judíos para prosperar en el negocio.


La fotografía de la serie es sensacional, la música es memorable y las interpretaciones en muchos casos son antológicas. Sin disponer de los artificios técnicos de las series americanas esta producción de la BBC logra ambientar la época de manera sobria y sin abusar de los efectos especiales, con un manejo elegante de las escenas y de los planos. Está rodada con una ingente cantidad de buen gusto.


La música empleada en muchas ocasiones es de grupos actuales que para nada desentonan y que imprimen a determinadas partes de los capítulos un ritmo especial y trepidante. Sin ir más lejos, la intro de los capítulos, con Tommy Shelby atravesando las calles industriales de Birmingham entre carbón, mierda y humo al son de The red right hand es maravillosa.




Entre el guión y los actores van construyendo una trama adictiva que no deja espacio a puntos muertos o momentos de transición en ninguno de los seis capítulos de cada temporada. Todos los capítulos son importantes y en todos ocurren cosas. En definitiva, una serie muy bien hecha y que es imprescindible ver, o mejor dicho escuchar, en versión original ya que la serie no está doblada al castellano, quien sabe si porque no se han atrevido a mancillarla. En cualquier caso, aunque existiese la versión doblada sería obligatorio seguir viéndola con la voz original de los artistas para apreciar todos los ricos matices de su interpretación.


No me extenderé más puesto que lo bueno es verla desde el principio sin conocer más para que la trama absorba por completo al espectador. Para más detalles existen múltiples páginas y blogs en la red que alaban, casi de manera unánime, a semejante joya. Si tienen a bien hacerme caso, que ustedes la disfruten, yo espero con ansia el estreno de la tercera temporada.



domingo, 23 de noviembre de 2014

Retomando las viejas costumbres

Sábado de natación y domingo de BTT. Todo ello de manera bastante improvisada. 

24 largos para comenzar a amortizar el bono anual de la piscina cubierta que lleva muerto de risa desde mitad de septiembre. El invierno es muy largo y seguro que al final saldrán las cuentas pero tampoco es cuestión de dormirse y poco a poco hay que ir retomando la sana costumbre de la piscina. Porque la espalda lo agradece. Como había poca gente y encima el reloj no se miró en todo el rato, los largos fueron cayendo chino chano entre charrada y charrada.


Al salir de la piscina y después de unos cuantos mensajes tuercepedales por el wasap poco menos que me obligan a asistir a la salida dominguera con la BTT. A pesar de mi remolonería al final decido coger el toro por los cuernos e ir a la tienda a adquirir unas cubiertas nuevas ya que las viejas no dan más de sí. Datan de cuando España ganó el Mundobasket del 2006 y ya ha llovido desde entonces.

Al final las ruedas quedan apañadas aunque el resto de la pobre bici necesita un acondicionamiento. Sin embargo esta mañana ha cumplido y mal que bien ha realizado el cometido. Si no se ha ido más rápido seguramente ya no sea achacable al velocípedo de andar por barro sino al dueño que todavía estaba sudando la cerveza del viernes.

Sin rumbo fijo al final ha salido una cantidad de kilómetros indeterminada ya que ninguno de los tres integrantes de la marcha llevaba el cuenta ni la cuenta. Como debe de ser. Han sido 3 horas y media aproximadamente para ir de Barbastro a Costean y de allí hasta los alrededores de Hoz, pasando por Cregenzán y Burceat, para terminar en Castillazuelo y subiendo al Pueyo con final en el Barranqué. Sin sol pero sin pasar frío, más bien al contrario. Y con la compañía de un grupo de canes que nos han acompañado un trozo contribuyendo a que la temperatura corporal no bajase en exceso.

Al final ha resultado un fin de semana con actividades que estaban bastante dejadas y que han dejado un buen sabor de boca. Un fin de semana en el que encima me he convertido en veterano. ¡Qué viejos nos hacemos! Salud y kilómetros.


jueves, 13 de noviembre de 2014

Behobia-San Sebastián 2014, la madre de todas las carreras

Unos 800 km en lo que va de año, 500 de ellos desde junio, caminando y corriendo. Unos números similares a los del año pasado que para algunos son mucho y para muchos son poco. Al fin y al cabo son, que es lo que importa. Así me presentaba este año en la línea de salida de la Behobia, la madre de todas las carreras, en su edición nº 50. La idea era transitar como buenamente pudiera entre el ritmo de las dos horas y el que marcara el insigne payaso montado en bicicleta y que acompañaba el año pasado a los últimos clasificados. Después de haber disfrutado del fin de semana con los amiguetes.



Ir sin prisas y sin sufrir demasiado intentando no llegar a meta destrozado como el año pasado. Porque disfruté pero hubo bastantes más ratos en los que sufrí como un perro. Aunque compensados por los impagables ánimos de la gente, eso sí. Hace un año el fin de semana transcurrió con la familia y amigos. Este año sólo con amigos. Los Famosa´s me han abandonado a mi suerte en este año sabático que se han tomado en esto del caminar-almorzar-correr y se les echa mucho de menos.



En esta edición 2014 eran de la partida Jose, Lemus, Héctor y Nacho. Y nada más llegar el viernes por la noche a San Sebastián nos fuimos de Pintxo trail, que es como la trail de Guara (caminar, comer y beber) pero te deja mucho más cansado al día siguiente. La cosa se fue de las manos de mala manera y entre sidras, txacolis, pintxos, cervezas y algún cubata se nos hicieron las tantas de juerga. No es lo más correcto antes de una carrera, eso está claro, pero también es cierto que cuando llega cierta edad juntarse con los amigos para salir de esta manera comienza a ser complicadete. Y la camarera del último bar era tan amable sirviéndonos cervezas y platos de kikos que no podíamos abandonarla así como así y era nuestra obligación hacerle aprecio. Nos reímos mucho. Pero mucho, mucho. Y lo pasamos muy bien así es que... que nos quiten lo bailao.



Con ese cuerpo jotero continuamos la fase de hidratación previa a la carrera acudiendo el sábado a la sidrería Petritegi de Astigarraga a degustar las viandas típicas. Tras dar buena cuenta del bacalao con pimientos, el chuletón, la tortilla del bacalao, chorizo a la sidra, nueces, queso y membrillo, rumbo a Anoeta a recoger el dorsal y cenar pronto para echarnos a dormir con todo dispuesto y una buena dosis de nervios merodeando por las tripas.

El caso es que me cuesta conciliar mucho el sueño, me duele la tripa y tengo frío. Dentro del piso que hemos alquilado cerca de la estación de Gros me ha tocado dormir en la habitación de los calurosos y el radiador está apagado. Mientras en la habitación de los frioleros Nacho se cuece de calor y ambos terminamos durmiendo poco y mal. A una hora indeterminada de la madrugada por mi cabeza ronda la idea de quedarme durmiendo la mañana del domingo y ver la carrera animando. No me veo corriendo, al menos no en esas condiciones, aunque por suerte el sueño termina agarrándome y duermo algo.

A las 7 tocan diana y me levanto deprisa para vestirme de caminacorricolari sin darle muchas vueltas a la cabeza. Porque como lo piense mucho me quedo en el sobre. Desayuno sobrio a base de galletas y aquarius, no tengo el cuerpo para florituras. De camino a la estación de tren me voy templando aunque los viejos fantasmas de las molestias en el pie van apareciendo. Pero el ir camino de la salida de la Behobia le levanta el ánimo a cualquiera. Sabes que acudes a una fiesta y que no puedes faltar a la cita.

Tras hacer el viaje hasta Irún embutidos en el tren en el que coincidimos con un chico de Valladolid con el que charramos bastante, decidimos acercarnos hasta la salida caminando ya que aún es bastante pronto. Nos da tiempo a desayunar otra vez, charramos con una señora que nos pregunta cuántos corremos porque le ha parecido leer que somos treinta mil y cree que es mucho. Que la Behobia como siga a este paso va a congregar tanta gente como la Maratón de Nueva York. Yo no sé cómo anima la gente en Nueva York, señora, le digo. Pero correr aquí es una gozada, son ustedes geniales. 

Vemos a los patinadores, las sillas de ruedas y a los handbikers yendo por la primera cuesta de Irún. Impresionante cómo suben estos artistas las sillas de rueda a pulso traccionando las ruedas con sus brazos. También vemos la salida de los primeros corredores y a partir de ahí todo el jolgorio posterior de los treinta mil valientes/afortunados que nos hemos congregado ahí para esa gran fiesta.



Llegamos al fondo de la zona de salida y allí nos encontramos con unos cuantos barbastros, Óscar, Isabel, los grandiosos Blanca y Chéliz entre ellos. Además de los señores Trendy y familia y toda la tropa de las Adidas mygirls (Lemues entre ellas ya que iba vestido de arriba a abajo de la mencionada marca alemana y en su dorsal se leía "Sonia"). La espera hasta el bocinazo de salida se hace muy amena con esta compañía.



Al final, a las 11:30 el speaker pone la última canción con la que despedir a la última remesa, los últimos de la Behobia, el grupo que está a rebosar de guapas neskas. Esta no es otra que "Sigo siendo el rey". Con ese soniquete y el "llooooraaaaar y lloooooraaaar" enfilamos hacia el centro de Irún. Como el año pasado mucha gente en la calle y las piernas frías y torponas que no van. Lemus y Jose se van adelantando y van a otro ritmo, yo lo prefiero ya que casi es mejor ir a mi bola y a lo que dispongan mis fuerzas. Nos quedamos Héctor, Nacho y yo aunque debido al tropel de gente que vamos unas veces me adelanto yo a ellos y otras me adelantan ellos a mí.



El trayecto hasta Ventas se hace algo más ameno que el año pasado, quizás porque no llueve y puede que haya todavía más gente, o quizás porque me obligo a ir por el exterior de la calzada chocando la mano de todos los crietes de los que sea capaz. Pero aún así voy a más de 6'/km. Si fuese cómodo pues no sería un mal ritmo para ir todo el rato pero es que el pie se está cargando y ya sé lo que pasa en estas situaciones.

Aprieto los dientes y me concentro en llegar entero a lo alto de Gaintxurizketa así es que en cuanto comienza la subida allá por el km 5 paro y sigo caminando. Héctor y Nacho siguen corriendo, les digo que voy a lo mío porque si no reventaré. Justo delante a unos veinte metros van los supercampeones Blanca y Chéliz a un ritmo lento pero constante. Son como tractoretes, corriendo la subida a algo más de 8'/km pero sin reblar. Me clavo tras ellos caminando y ni les cojo ni se alejan así es que me digo que ese ritmo es bueno y así es como hago el puerto este año a diferencia del anterior que lo subí a todo trapo.

Me saludan unas señoras de Huesca, unos zagales de Sariñena y unas mozas de Zaragoza. La gente que anima desde la cuneta grita un constante aurrera Carlos, oso ondo, txapeldun y los de la redolada que te alcanzan por detras te van diciendo venga Barbastro tira p'arribamecagonlaputa. También hay una chica muy educada que me anima, como la miro con cara de extrañeza me aclara que iba acompañando a los señores Trendy que van más atrás. Y así va pasando la subida en la que no me falta conversación. Luego os cojo bajando, les digo, aunque no me lo acabe de creer.

Coronamos Gaintxurizketa y comienzo a correr otra vez. El pie no va. Voy despacico y la cosa pinta mal. Aunque si aumento un poco el ritmo parece que voy mejor. En ese momento, allá por el km 8 de repente hace click la cabeza. Llevo todo el rato pensando en cómo hacer para que la cosa funcione y no moleste cuando quizás lo adecuado sea no pensar y ponerse a correr y disfrutar que es a lo que he venido. Quedan 3 km por delante de bajada, así es que sin pensar en que después de esa bajada queda aún la mitad de la carrera, comienzo a apretar para llegar lo más lejos posible de manera cómoda mientras paso aplaudiendo al Pirata que ondea la bandera con la música heavy sonando a volumen infernal.

Llego al avituallamiento de Lintzirin, todavía en bajada, alcanzo a Blanca y Chéliz que paran a beber. Cojo un vaso, les echo un grito de ánimo y sigo zumbando cara abajo. Son mi colchón, sé que si la cosa se pone fea son mi coche escoba pero las piernas se están soltando y encima estoy disfrutando así es que sigo. Voy mirando a ver si alcanzo a Héctor y Nacho sin darme cuenta de que ellos están parados en el avituallamiento. Me echan un grito pero no les oigo y los dejo atrás sin saberlo.

Me dan un toque por la espalda, me giro y es Mr Trendy. Me comenta que Miss Trendy ha tenido que abandonar por unas molestias en la pierna. Seguramente es lo mejor que ha podido hacer si no acababa de encontrarse fina, habrá más carreras, y la Behobia es para disfrutarla, no para sufrirla. Conversamos un rato mientras corremos a un ritmo vivo, vivo para mí, mientras alcanzamos a sus tíos y tras un kilómetro y pico se va a buscar a su tío el pequeño que va por delante. Mr Trendy se va zumbando ligero, recuperado por completo del fuerte cacharrazo que también sufrió con la bici (aunque el suyo fue peor). Ahí vamos dos que han besado este año el suelo del San Caprasio, corriendo y disfrutando.

Llegamos al final de la bajada. Y acontece uno de los mejores momentos que he vivido con unas zapatillas puestas. Comienza una zona de llano, pero es un llano muy diferente al que en ediciones anteriores había que sufrir en el puerto de Pasajes. Esta vez se cruza por en medio de Rentería y es un gozo. Si no está todo el pueblo en la calle al menos lo parece. Es sencillamente impresionante. Decir que parece que el Tour de Francia está cruzando el pueblo resulta manido pero no se me ocurre otro símil. A mí en mi pueblo no me anima nadie tanto ni de esa manera. Te sientes como Gregorio enfilando línea de meta en la Media de Barbastro. O como si hubieran clonado a tu madre cinco mil veces y la hubieran puesto en la acera a animar como si fueses a ganar alguna carrera. Sientes el aprecio de la gente y se convierte en un momento absolutamente memorable.



En medio de la nube en la que flotas llevas una sonrisa de oreja a oreja, te acercas a los extremos de la calzada a chocar las manos de los txikis y los aitas y los aititas quieren chocar también sus manos como si fueses primero. Gritan tu nombre y no con desgana sino con una sonrisa y la misma ilusión con la que se lo han gritado a los más de veinte mil corredores que han pasado antes que tú. Es indescriptible, lo de Rentería este año es el gran acierto de la Behobia. Los 40 euros de la inscripción quedan más que amortizados en esos 3 km sensacionales.



Subiendo Capuchinos vuelvo a parar a caminar. No porque me moleste el pie del cual ya ni me acuerdo sino porque me obligo a guardarme para seguir corriendo en las bajadas. Me pasa el grupo de Zaragoza con los que llevo haciendo la goma desde Gaintxuriketa y me ofrecen un gel pensando que voy mal. Les digo que no, que gracias, que los cojo bajando. Y esta vez me lo creo, vaya que si los cojo. La gente de las cunetas sigue a lo suyo, obligando a todos los que pasamos a amar la Behobia de por vida.



Bajamos hacia Pasajes, esta vez tocando el puerto de manera muy suave y tangencial. Casi se agradece ver alguno de los montones de chatarra que otros años causaban empacho. Sigo a lo mío rebasando a grupos que me han pasado en Gaintxurizketa, he cogido en Rentería y me han vuelto a pasar en Capuchinos. Comienzo a llevar las piernas cargadas pero no así el pie, he conseguido mi objetivo. Una molestia se ha enmascarado con otra pero esta es mucho más soportable, quedan 5 km a meta y esto ya está hecho. Por unos instantes viendo el cronómetro sobrevuela por la mente la idea de bajar de tal o cual tiempo. La desecho inmediatamente, corre y disfruta y a la mierda el tiempo.

Enfilamos Miracruz y vuelven a alcanzarme las mozas de Zaragoza entre gritos de la gente que se desgañita animando. Como voy subiendo caminando me animan más que al resto, lo de esta gente es de quitarse el sombrero, una familia entera gritando txapeldun!!!. No te dejes, marca ritmo me dice un señor. Es acojonante. Han pasado veintipicomil tíos por delante suyo y se preocupa de un matao que no conoce de nada y que seguramente no va a volver a ver en su vida diciéndole que siga adelante. Pero yo sí me acordaré de algunas de sus caras, son breves segundos en los que intercambias una sonrisa, un chocar de manos o un saludo y esa energía te impulsa hacia delante.

Coronando Miracruz sigo corriendo poco menos que obligado por las de Zaragoza a las que pierdo bajando. Aquí comienzo a llevar las piernas francamente cargadas pero no hay dolor. No lo ha habido desde el km 8 en el que he montado en la nube de endorfinas que me lleva hasta la meta. Sigo como puedo intentando alcanzar a Héctor y Nacho pensando que todavía están por delante. O a las de Zaragoza a las que veo que se han escapado unos metros. 

Enfilo Zurriola, y el Kursaal y no alcanzo ni a unos ni a otras. Se pone un tío sin camiseta a la par, aprieto, sencillamente no quiero salir en las fotos con este flipao. Llego a recta de meta y sigo chocando manos de críos hasta donde puedo llegando a meta en 2h 02'. He disfrutado como un enano llegando 10 minutos antes que el año pasado y con las piernas y el pie en mucho mejor estado. Parece que la decisión de no pensar y simplemente correr ha sido acertada.


Los galgos Lemus y Jose esperan tras haber llegado en 1h 50'. Nacho y Héctor llegan en 2h 08' cuando pensábamos que ya habían entrado. El primero en llegar a meta de todos los participantes fue José Carlos Hernández con 1h 01' 40" y la primera muchacha en cruzarla fue Vanesa Veiga con un tiempo de 1h 09' 58". El resto de veintisiete mil corredores y corredoras que cruzamos la línea de meta llegamos después. No vencimos la carrera pero sí a nosotros mismos y en cualquier caso ganamos. Joder que si ganamos...

Y Arantza, allá donde esté, la pobre chica que falleció el año pasado a 2 km de meta volvió en cierta forma a la Behobia, la madre de todas las carreras, gracias a sus familiares y amigos y al enorme Pedro Nimo, el primer clasificado el pasado año. Portando el dorsal que ella llevó hace un año, el 19.880, participaron todos juntos para recordarla haciendo lo que a ella le gustaba. Correr.



La gente muchas veces pregunta por tal o cual carrera, qué tal está, si se puede hacer marca, si es dura o divertida o cientos de aspectos más. Luego también hay gente que pregunta por la Behobia. Uno puede enseñar cientos de fotos como las mostradas en este entrada y que están sacadas del Correo Vasco y del Diario de Navarra. Sin embargo realmente uno no sabe muy bien cómo explicar semejante cúmulo de sensaciones y emociones, pero quédense si acaso con este consejo: Behobia sólo hay una y hay que vivirla.


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