miércoles, 27 de mayo de 2015

Alea iacta est

La suerte está echada. El sábado toca zampar los raviolis de las abuelas de Graus con una de las cervezas más reconfortantes y merecidas del año. Para ello antes habrá que darse una vuelta por la Ribagorza con el velocípedo de andar deprisa y repostar haciendo aprecio a las zagalas del avituallamiento de Graus y a las gentes del Turbón en la paradeta de Serrate.

Para que la vuelta no se haga demasiado cuesta arriba este mes de mayo ha habido una serie de salidas algo más serias de las que se venían celebrando durante la primavera. En solitario, en grupo, con almuerzo, sin almuerzo y a cara de perro entre semana haciendo contrarreloj con el sol. A continuación se muestra lo más destacado.


Torreciudad-Graus

Ruta realizada en solitario el 9 de mayo por la mañana. Fresquete hasta el stop surrealista del cruce a Salas de la Cabañera, rebasado después sin ningún tipo de clemencia por un grupo de abuelos en el tramo de pavé ascendente que lleva a Hoz.

Sol de cara en el tramo de sube-baja de Coscojuela y rodando un poco mejor en dirección a El Grado. Avituallamiento en donde la presa del embalse y primera tramada muy cómoda hacia Torreciudad disfrutando del paisaje.

Atragantamiento del repecho criminal que viene tras la fuerte bajada y parón obligada en la explanada de entrada al santuario a descansar piernas, pulmones y cabeza. Desde allí ascenso mucho más agradable por la carretera que lleva a lo alto del todo, a pesar del lastimoso estado del asfalto.

Lastimoso estado que se convierte en deplorable al coronar y pasar al otro lado. Todo queda compensado con las inmejorables vistas de Ubiergo y Bolturina, Cotiella y el Turbón. Además como bajo pisando huevos tanto me da que el asfalto esté hecho una mierda, todo hay que decirlo.

Falso llano hacia La Puebla y descenso a Graus a buscar agua a la fuente puesto que voy seco. Saco un plátano que guardo para zampármelo pero con el calor se ha convertido en papilla y se ha malmetido, la culpa es mía por no haberlo envuelto en papel de aluminio y meterlo tal cual en la bolseta multiusos junto con la chaqueta. Así es que tengo que tirar de rosquillas de la señá Angelita, mi madre, que llevo en el bolsillo y esperar que me duren el resto del camino. En Puyet no paro porque si no haré tarde para llegar a casa a comer.

Durante el ascenso a San Roque noto como el sol empieza a achicharrar pero no subo mal, por si acaso al llegar arriba termino con las existencias de rosquillas para que no me pegue el pajarón y continúo cara abajo hacia El Grado. Una vez allí decido continuar todo recto hacia casa en lugar de volver por Coscojuela o por Naval porque ya no estoy para florituras. Empieza a cascar el aire de cara y aunque avanzo deprisa empiezo a tener ganas de plegar.

¿Plegar? aún queda una buena, la subida del Ariño que para bien o para mal era la primera vez que la subía en bicicleta (de hecho era la primera vez que bajaba por esa carretera desde El Grado). Qué sufrimiento con las piernas ya maduras y con el sol cayendo a plomo, un kilómetro y medio recto y con pendiente constante se hace muy largo y por momentos se hizo más duro que el tramo de las galerías del Tourmalet o la rampa del Campeón del Mundo en el Soudet. Qué dolor...

Por suerte bajando al hoyo del Barranqué recuperé detrás de un tractor y aún giré hacia Burceat para hacer media subideta y cuadrar los kilómetros hasta los 100. Al salir de casa llevaba idea de llegar hasta Torreciudad pero la cosa se lió y no estuvo nada mal, aunque la próxima vez con tal de no volver a sufrir en el Ariño soy capaz de venir por la Boquera.




La vuelta de Coscojuela

Tres días después de hacer la salida de Torreciudad y un día después de hacer 40 km para soltar piernas me llama mi hermano Jesús para ir a dar una vuelteta. Incauto de mí pienso que esa vuelta se limitará a subir a Salas y bajar a Castillazuelo a echar una cerveza. Dos importantes factores me llevan a pensar en esa posibilidad. El autoproclamado mal estado de forma de Jesús debido a sus tareas de jardinero tarde sí y tarde también en su casa, y segundo factor, que hace un calor de tres pares de cojones.


Al hacer un recto en el cruce de la Cabañera enfilando Hoz en lugar de Salas ya me da un mal pálpito. Tras llegar de trabajar apenas he merendado y llenado el botellín de agua por decencia. No quiero preguntar a dónde pretende ir Jesús y continuamos parlamentando acerca del Giro de Italia, sus peculiaridades y sus azafatas, pero me temo lo peor, espero que la ruta sólo llegue hasta Salinas pero me huelo la tostada.

Al llegar a Salinas se confirman las terribles sospechas y Jesús espeta el fatídico "tira, tira" (la última vez que le escuché decir eso en Salinas, de camino a Naval nos cayó una granizada que se jodió la perra). Pero tira, ¿a dónde tiramos? ¿a Naval y volver?

No, no, a El Grado. ¿Pero a El Grado y volver por el Enate y el Ariño?. No, no, volvemos por Coscojuela. Que nos dará tiempo. Bueno, pues tira. En ese momento supe que estaba bien jodido pero por no quitarle la ilusión a Jesús me callé. Que 50 km pasan deprisa aunque no lleves comida, apenas agua, haga un calor del demonio y te duelan las patetas, la espalda y el cuello de las últimas salidas.

Por El Grado ya me romancia bastante la espalda y subiendo a Coscojuela no sé ni como ponerme porque empieza a molestar la planta del pie. Afección que me mantuvo mosca no fuera a ser que mi querida metatarsalgia hubiera vuelto a visitarme pero que pasados unos días puedo decir que, de momento, se debía a la acumulación malsana de kilómetros.

Aparte empiezo a sentir hambre y llevo la boca seca. Rechiro por la bolseta multiusos y encuentro una chocolatina Ritter. De hecho es un gel de chocolate porque está derretido. Me lo apreto y el chocolate no hace sino acrecentar la sensación de llevar la lengua como un gatete. Jesús empieza a ir jodidillo y se queda en las subidas aunque luego tiene que esperarme en las bajadas porque me molesta bastante el pie. Esta carretera nos está matando.

Subiendo a Hoz echo cuentas y nos va a ir justo para llegar a Barbastro con luz. Llegamos como podemos arriba a coronar y tras el tramo pavoroso de Hoz al cruce de Salas alcanzamos la carretera que baja a Montesa y Cregenzán y que nos parece una autopista. Al llegar a casa de Jesús nos apretamos tres vasos de Seven Up en dos minutos. Salida sencilla pero que se nos hizo dura y con la que Jesús se dio cuenta de que la Treparriscos dentro de un mes la hará sin problemas.




Rodellar

El sábado 16 de mayo nos marcamos esta ruta Héctor, Abizanda (honorable barbastrense residente en Sabi) y yo. Por la desierta Nacional 240 y la carretera de Azara a Abiego transcurre la primera parte de la etapa entre conversaciones psicodélicas de la época de Zaraguay en las que la velocidad de crucero es bajísima para poder ir charrando y no estozarnos en alguna margen a causa de las risotadas.

Parece que la etapa se acelera en algunos descensos pero tras pasar Bierge y coger la carretera que lleva a Rodellar la cosa se frena de nuevo y no coge velocidad hasta iniciar el revirado descenso a Las Almunias. Un descenso que de no ser por la cantidad de coches que van o vuelven a Rodellar sería una gozada debido a que transcurre entre un tupido bosque.

Tras unos falsos llanos de lo más incómodos en los que nos golpea con violencia el viento llegamos a uno de los templos de la escalada de la provincia. Héctor tiene que hacer uso del timbre que lleva instalado en la bici (este zagal es una caja de sorpresas) para que el nutrido grupo de franceses y francesetas que atestan la estrecha carretera de entrada al pueblo se hagan a un lado y dejen pasar a los esforzados de la ruta. "Allez, allez".

En la plaza del pueblo buen almuerzo tomando el sol ante la mirada atónita de algún turista y lo que es más grave, de algún cicloturista. Algún turista pregunta en inglés macarrónico si no nos ha dado miedo venir por semejante carretera. Uno de los cicloturistas, que venía de un lugar más alejado que el Barranqué, se apreta un gel de esos esperando a sus compañeros de ruta. Cuando llegan, nos saluda alguno con gesto de extrañeza por ver a tres tíos en maillot comiendo dos huevos fritos y marchan por donde habían venido con sus bicicletas de carbono. Y con sus geles. Nosotros somos más de fierro y longaniza.

La vuelta se hace muy cómoda ya que el descenso antes mencionado se convierte en una apacible subideta a la sombra de los pinos, hay incluso otro conato de brincar la margen debido a las incesantes carcajadas motivadas por la conversación. Una vez coronado el puerto el descenso a Bierge es muy rápido. Abi se nos descompone en Alberuela y llega a Adahuesca despotricando de un pueblo con semejantes subidas y que encima te marca el cartel de entrada tan abajo y se sale de él tan arriba.

Tras descender de Adahuesca, contrarreloj desde Huerta con Héctor en plan poderoso dando relevos criminales dejándonos de rueda y ajusticiando en las subidas, para llegar al Barranqué a la hora de comer.




Aguas

Sábado 23 de mayo. Pablo, Juanlu, David y yo partimos por la carretera de Castillazuelo sin rumbo muy definido. A hacer 100 km "ó 130 ó más" según lo hablado en wasap el día de antes. Mucho potro desbocado este año en la sección Tuercepedales. 

Llegados a Huerta seguimos hasta el cruce de Colungo para ascender a Adahuesca por la vertiente norte. Desde allí sube baja hasta el salto de Bierge para comenzar el asalto a Morrano. Como la cosa pinta mal ya que me he juntado con el sector pro de los Tuercepedales y eso de parar a lifarear no lo acaban de controlar me voy apretando un bocadillo de jamón york y secallona en las primeras estribaciones de la subida. 

Total, Pablo va delante marcando ritmo muy pausado y Juanlu y David atrás en atribulada conversación que se presta a ir zampando de manera sosegada mientras pedaleo. Tras coronar y contemplar las maravillosas vistas de La Hoya y el Tozal de Guara nos encaminamos hacia Santa Cilia dejando el cruce a un lado y ascendemos a Panzano lugar donde paramos para que Juanlu se eche la cocacola que lleva reclamando desde hace un rato.

Es allí donde sale a colación "el almuerzo encubierto" al que Pablo y Juanlu asistieron el año pasado en Labata en forma de "carrera de BTT" y que este año es uno de los objetivos marcados en el calendario. Una carrera neutralizada con avituallamiento en la salida que se celebra en sábado siendo preludio de otra prueba algo más profesional el domingo y cuyo lema parece ser "el que quiera correr que venga el domingo". Ole, ole y ole.

Desde allí último arreón hacia Aguas y descenso por la mencionada Labata hacia Angüés donde cae el segundo bocadillo de secallona mientras esperamos a Juanlu al que se le está haciendo un poco cuesta arriba su primera, sí, primera, salida de la temporada en el velocípedo de andar deprisa. Un comisario UCI con gorreta de Multicaja va dando las referencias a la llegada al pueblo "tus compañeros están aquí a la derecha, en la fuente", "gracias, buen hombre".

Entre Angüés y el puente sobre el Alcanadre hay cinco kilómetros de auténtico gozo en los que rodamos cual treno de la Panasonic a endiablada velocidad y luego ya viene el kilómetro al 8% más surrealista del mundo. El que lleva del puente a la rotonda de la autovía y que yo por lo menos lo subo tan campante, casi como el del Ariño que se atraganta cosa mala.

David se adelanta para cumplir con sus obligaciones familiares y nos quedamos Pablo, Juanlu y yo bregando como podemos con los repechos de previos a la rotonda del Pueyo. A Juanlu se le hacen durillos los últimos kilómetros, algo totalmente lógico tras el parón primaveral que se ha cascado para escaquearse de la BTT Monegros. Bromas aparte, se portó como un jabato. Si a otros nos ponen 100 km en la primera salida con la bici de carretera pegamos una potada de escándalo en el km 60.


Estos han sido en definitiva los prolegómenos de los raviolis de las abuelas de Graus, esperemos que no se atraganten. Alea iacta est.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Gran Premio del Chocolate

Continuando con la preparación para la Puertos he aquí otro entreno realizado en el mes de abril atacando una de las subidas que nos encontraremos el último sábado de mayo. Esta vez los integrantes de la marcha fuimos Héctor, Jordi y yo partiendo ellos desde la villa jamás conquistada y yo desde el aparcamiento de Tres Caminos.




De manera sorprendente no hubo almuerzo de huevos fritos nada más empezar lo que hubiera sido bastante temerario por nuestra parte de cara a ascender las rampas del alto de San Roque. Chino chano entre conversaciones acerca de política catalana y elecciones municipales del Barranqué llegamos a La Puebla de Castro a un ritmo de globero sensacional.

Una vez cruzado Graus sin parar en Puyet a avituallar lo cual resultó también muy extraño enfilamos carretera de Capella con la conversación estrella acerca de purines, residuos porcinos y el mundo de la caza, los robellones y demás macielladas que salen a colación con las gentes de la villa jamás conquistada.

Llegar al cruce de Laguarres constituye un auténtico gozo ya que la carretera se queda para nosotros solos y podemos dedicarnos a lo que más nos gusta (por lo menos a mí) que no es otra cosa que subir tranquilamente un puerto con sus curvas, sus sombrajos, sus vistas panorámicas y demás. Ahí Jordi nos va dando lecciones acerca de sus batallitas en el mundo del maratón y el kilómetro vertical, descubriendo que posee unas marcas más que respetables a las que tanto Héctor como yo, mardanetes de gran tonelaje, jamás podremos aspirar.

Tras coronar el castillo de Laguarres toca descenso hasta la villa del chocolate porque ahí sí está previsto avituallar. Como la media se nos ha ido desplomando paulatinamente a base de charrar todo el rato acerca de tontadas llegamos a la Chocolatería de Benabarre bastante tarde. Lo suficiente como para que pedir un chocolate con churros resulte un tanto inconveniente y rayando el fuera de control en toda casa decente que se precie y en la que queramos comer más tarde.

Así es que nos apretamos un café con leche con melindros y donut de chocolate de la casa. Exquisitas las tres cosas. Como Héctor es un laminero tuvo que darse un garbeo por los estantes de la tienda y mercó tres tabletas de chocolate. Para marcarse un tanto delante de la guapa y amable camarera tendió un billete y le dijo que se cobrara todo, los cafés, los donuts y los chocolates.

La atenta camarera le contestó que bien pero que lo de los chocolates...

- Mira que vas en bici - le dijo la zagala

- Sí, voy en bici - afirmó Héctor

- Pues eso, que mira que vas en bici - continuó la moza

- Que sí, que voy en bici, pero por qué lo dices - siguió Héctor

- Pues porque el chocolate te lo vas a poner en el bolsillo y se te va a derretir - afirmó finalmente la camarera como si Héctor fuese tonto y no se diese cuenta de semejante cosa tan obvia. 

Héctor, un tío que cierta vez bajando de San Caprasio entró en un establecimiento de Colungo a comprar licor de orujo y lo llevó hasta Barbastro (y cosas peores que habrá hecho y que no cuenta por vergüenza porque estoy convencido de que algún día ha salido con la cesteta a coger setas) y que puso una reclamación en Wiggle porque no tenían ningún portabidones que se ajustase a las medidas de la botella en cuestión y había tenido que hacer jeribeques para amarrar la botella (la foto es una dramatización, realmente no viajó así).



Así pues, un tío que se ha batido en duelo con la todopoderosa casa británica para reclamar una solución para el cicloturista medio del AltoAragón y que sin duda debió de provocar más de una sonrisa entre los empleados españoles de atención al cliente dedicados a solucionar este tipo de percales, no podía perder la partida contra la camarera de Benabarre tan fácilmente.

Entonces fue cuando Héctor sacando a jugar la bolseta multiusos de tres litros que se engancha al manillar se adelantó en el marcador de tan peculiar conversación ante la mirada maravillada de la zagala la cual para ayudar al aislamiento y conservación de los chocolates envolvió las tabletas en plastiquete de burbujas.

Sin embargo el tenderete se le descompuso a Héctor de manera momentánea cuando al ir a meter las tabletas en la bolsa esta era de dimensiones sensiblemente menores a la longitud de los chocolates. Entonces, ante la mirada preocupada de la moza, Héctor soltó la frase ganadora de la mañana: "Tranquila, zagala, que empujando al final todo entra".

Y a base de reventar burbujetas y empujar deformando la bolseta los chocolates entraron. Pero claro, la chaqueta que iba en ese habitáculo tuvo que salir y Héctor bajo un sol de justicia ascendió el puerto de la Canal primero, y de El Grado a Naval después, sudando y bien acalorado pero todo ufano de haber perpetrado la algarada del día.

Y eso sí, los chocolates llegaron a Naval sanos y salvos.


viernes, 8 de mayo de 2015

Ruta Somontano


Esta ruteta es del mes de marzo, del fin de semana del concurso de tapas del Barranqué. Aquel sábado el pronóstico del tiempo daba lluvia, rayos, truenos y retruécanos y el sentido común unido al buen juicio y la razón aconsejaban quedarse en casa o al menos practicar un tipo de deporte que no se desarrollase al aire libre. O quedarse en la cama durmiendo. O ir al bar a almorzar. Pero no, el jueves por la noche me mandó un mensajete mi amigo Albert y se jodió el invento.

Mi amigo Albert es de Reus y fue el primer jefe que tuve trabajando. Cuando viene por el Barranqué a ver a la familia me pega un toque y quedamos para echar la charradeta y unos tragos y esta vez se empeñó en que había que salir con la bici. Hace diez años me hubiera esmelicado un rato largo si me dicen que Albert venía y se emperraba en ir a pedalear en lugar de ir a echar cubatas pero los tiempos han cambiado y de aquellos dos seres sedentarios y juerguistas han surgido dos gachos a los que les gusta correr y salir en bici. A él se le da mucho mejor, todo hay que decirlo, que para eso cuenta en su haber con varios maratones y triatlones e incluso se ha metido a esto de organizar carreretas.

La carrera en cuestión es la Marató del Priorat, y hablando pronto y mal es una especie de Maratón del Medoc pero en la provincia de Tarragona. O sea, una maratón que discurre entre bodegas y en la que en los avituallamientos se sirve vino y zampe del bueno y contundente. La gente va disfrazada e incluso en último término se dedica a correr un poco. Pero sólo un poco.

En definitiva, una carrera muy recomendable. Lo malo, que comparte fecha con la Trail de Guara y eso para los caminacorredores de la redolada es un handicap importante. Así y todo algún año habrá que bajar a hacer aprecio a la carrereta del Albert de la que iré sacando algún post con más información a su debido tiempo.

A lo que íbamos, el Albert se empeñó en salir con la bici y como nos íbamos a comer un poco de lluvia sí o sí le dije que subiera la BTT. Se presentó con la bici que se compró hace más de diez años y que durante cerca de dos años vi colocada en la misma posición en el sótano de la oficina donde trabajábamos, cogiendo polvo. Era un cacharro importante en aquellos tiempos y ahora sigue siendo una buena bici, bien empleada tras mucho tiempo de parón. 

Enfilando por Granja Aventura, el tiempo nos respetó al principio de la ruta, subiendo al Pueyo muy tranquilos y bajando la trialera de los Alparraces en la que me estozolé por cagueta y bajar con el freno metido a tope. De allí rápido descenso a Castillazuelo y primer avituallamiento del día.

Almuerzo de huevos fritos, longaniza y botella de vino puesta en la mesa, de esos que por aquellas tierras del Baix Camp no se estilan tanto y que deja gratamente sorprendido a mi amigo. El cielo se empieza a emporcar pero bien almorzados ya nada importa y acometemos la subida a Salas Altas contando batallitas de nuestra época como inspectores de obra pedaleando chino chano mientras empieza a chispear.

En Salas Altas nos cae la primera rujada seria de agua pero tenemos suerte de que amaine mientras marchamos hacia Salas Bajas por el camino que está cubierto de arenilla resbaladiza y que con más agua puede formar un chapapote impracticable. Pero de camino a Burceat empieza a caer la mundial y ya puestos decidimos seguir por los caminos antes que bajar a casa por la carretera, opción que parecía más peligrosa por aquello de los coches.

En Burceat vuelve a cesar la lluvia y ya desde allí rápida transición hacia Cregenzán y descenso hacia Barbastro ciudad sin ley por el camino Barraón para terminar tomando un refrigerio en el templo del calamar sito en medio del Paseo del Coso. Ruta realizada sin excesivos problemas ni pérdidas, algo bastante impropio tanto para Albert como para mí, gracias al buen hacer del amiguete Forerunner que nos guió a las mil maravillas, pasando por algunos caminos por los que no había transitado jamás o no lo recordaba. Pero eso sí, la próxima salida con el amigo Albert si es sin lluvia, mejor.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Los 3 y el Paquete (E3 Harelbeke)

Quedan 25 días para la Puertos y como se le prometió en el pasado post al sr Ornitorrinco, vamos a ir repasando alguna que otra ruta realizada estas últimas semanas para que no parezca que lo único destacable en tan ardua preparación de cara a la marcha grausina ha sido el zamparme unos cachopos allá en los Madriles.

El último sábado de marzo realizamos esta ruta David, Héctor, Jordi (los 3) y un servidor (el paquete). Por esas fechas se disputó la clásica belga E3 Harelbeke en la que se impuso el versátil y elegante Geraint Thomas, motivo por el cual el perfil de la ruta sirve de homenaje a la mencionada clásica.

La etapa transcurrió sin mayores problemas hasta el cruce del puente de Colungo, lugar en el que los 3 se fueron distanciando progresivamente del Paquete de manera directamente proporcional al crecimiento de la pendiente de la carretera que conduce a Alquézar. Mis cualidades innatas unidas a la falta de entrenamiento, el fuerte calor imperante y la cantidad de ropa de abrigo que me cubrían por completo obraron el pajarón.

Para cuando al fin llegué a la plaza del pueblo un merecido almuerzo sirvió para recuperar fuerzas. Eso sí, Alquézar es un pueblo muy bonito, precioso, espectacular, la joya del Somontano y de parte de la provincia pero para almorzar... para almorzar me han visto el pelo en una buena temporada porque por el mismo precio me da para almorzar en Colungo y de bajada en Castillazuelo. Las vistas ni se le acercan pero para zampar dos cocos fritos con buen trallo de longaniza tampoco hace falta ponerse exquisitos en ese aspecto.

La ruta continuó de forma apacible cuando la carretera tomo el perfil que tan bien se nos da a los paquetes, el falso llano descendente. Rodando a velocidades que casi nos hacen parecer buenos llegamos al cruce de Salas, lugar en el que con David decidimos acompañar a nuestros amigos navaleros en su regreso a casa, al menos hasta que cojan el desvío de la Cabañera.

Para ello debemos ascender hasta Salas Bajas para justo antes de llegar al pueblo virar a mano derecha por la carretera del Canal del Cinca. Apistonante y divertida carretera pero ratonera y perra. Es ahí donde los 3 se vuelven a distanciar del Paquete en la primera rampa. El Paquete, usease yo, va forrado con su equipación de invierno de color negro con la que parece un integrante del equipo Sky. Parece Geraint Thomas, pero sólo lo parece porque en realidad es un paquete que llega con la lengua fuera a lo alto del primer repecho.

Allí los 3 me esperan y tras la pequeña bajada llega el segundo arreón. A lo Perico y de manera vil y rastrera ataco cuando conecto con los galgos, demarrando a David por su derecha, cogiendo arcén y gravilla. La aventura dura hasta que el organismo se encarga de recordarme que voy embutido en la chaqueta de invierno y que voy a reventar del calor. Los galgos dan buena cuenta del cadáver y prosigo como puedo hasta el cruce con la Cabañera donde totalmente acalorado y al borde de la deshidratación esperan los 3 al Paquete.

Desde allí los navaleros prosiguen ruta hacia la villa jamás conquistada y los del Barranqué bajamos al hoyo. Algunos con el tiempo justo para dejar la bici en el garaje, llegar a casa y aposentar el trasero en el excusado para evacuar en lo que todo parece indicar se trata de un caso de diarrea por insolación que por fortuna no pasó a mayores.

Así es que ahí va el briconsejo de la semana: en esas salidas con la bici en las que ni dios sabe qué tiempo hará vienen muy bien las bolsetas de 3 litros de capacidad que se pueden amarrar al manillar. Porque si sales sin ropa te joderás de frío y si sales con ella te joderás de calor... y lo sabes. A partir de ese día yo no salgo sin ella y es muy útil para otras aplicaciones que ya iré explicando en próximas rutas. Seguiremos informando.

miércoles, 29 de abril de 2015

Gastro Trail Madrid 2015

El pasado puente de San Jorge fue aprovechado para viajar a la capital del Imperio y realizar una primera toma de contacto con los duros entrenamientos que tienen que venir de cara a los retos del próximo otoño. Inmerso en plena temporada pedalística esta escapada tuvo como objetivo dos tareas fundamentales: caminar y comer como si no hubiera un mañana.


La primera jornada deparó una memorable pateada por las zonas de Sol y La Latina con avituallamiento líquido y sólido en establecimientos tan variopintos como el 100 Montaditos, las Mancheguillas, el Madroño, el Mercado de San Miguel, casa Antonio, casa Parrondo, un garito de cuyo nombre no soy capaz de acordarme pero que con cada caña jodían de tapa unos platos de paella para un regimiento, la casa de las Navajas, un bar en la plaza Mayor que te levantaba en el aire al pagar y la Extremeña. 

A la mencionada paella, hay que añadir pincho de tortilla, montadito de lacón y carne desmechada, ración de albóndigas y rabo de toro, mini cachopos, tortilla rellena, callos, ración de navajas y de oreja. Múltiple avituallamiento líquido en forma de cañas, sidra y mojito de sidra y geles en forma de chocokebab y helado de turrón (o alguna marranada similar).


Distancia total caminada en la primera jornada: 7 km.


La segunda jornada del Gastro Trail discurrió por los sectores de Sol, Callao, Gran Vía, Palacio Real, Templo de Debod y Malasaña. Con múltiples idas y venidas e intersecciones entre los diversos sectores. Ingesta de calorías en Chocolatería Valor, el Doce, el Nomeolvides, La Panza es primero (mención especial a este impresionante restaurante mexicano y sus fantásticas camareras), un garito de música rock cuyo nombre no recuerdo, y el ecléctico Ay la Pepa al que aún no sé cómo cojones llegamos.




Dosis de chocolate con porras, montado de lomo y queso, entraña y vacio con patatas, crepe de dulce de leche, tacos mexicanos, helado de mango con tequila. Avituallamiento líquido a base de cerveza, tequila y ginebra. Checkpoints de descanso en Palacio Real y sala de armas de Felipe II & family y en teatro Lope de Vega con función estelar del Rey León.


Distancia total de la segunda jornada: 14 km.


En la tercera jornada el evento se aproximó a los sectores de Sol, Callao, el Prado, la Latina, el Rastro, Palacio Real, Gran Vía, Sol y la Latina en un nuevo tour lleno de vueltas acrobáticas e inconexas. Avituallamiento sólido a cargo de Chocolatería San Ginés, casa Antonio, el Doce, KuboKing, un garito vasco que servía hamburguesas, La Pascuala y Independance.


Con fartallada de chocolate con churros, minicachopos con pimientos de padrón y patatas, alitas de pollo, nachos con queso, tortilla de bacalao y hamburguesa. Hidratación a cargo de sidra asturiana, licor de orujo, cerveza, sidra vasca, pacharán y ginebra. Áreas de esparcimiento habilitada en el Museo del Prado con la visión de la maravillosa expresividad y volumen de los cuadros de Velázquez, los terrores de Goya, la grandilocuencia y color de El Greco y el hijoputismo ilustrado, mitad Monty Phyton Flying Circus mitad Historias para no dormir, del Bosco, Brueghel y Patinir.


Distancia total de la tercera jornada: 11 km.


En la cuarta y última jornada de la Gastro Trail, nueva visita a Chocolatería Valor y retreta final en restaurante cercano al Congreso de los Imputados. Chocolate con porras, pimientos del piquillo con calamares, entraña con guarnición y helado de galleta. Avituallamiento líquido extrañamente consistente tan sólo en agua tanto ingerida como precipitada sobre nuestras cabezas.


Avistamiento del otro gran evento deportivo del fin de semana en la capital del Imperio consistente en Maratón, Media y 10K en el que unos cuantos miles de valientes se batieron el cobre bajo un impertinente aguacero. Bravo por tod@s es@s valientes.

Distancia total de la cuarta jornada: 4 km.


Así pues, el Gastro Trail Madrid 2015 arroja unas cifras de escándalo:

36 km caminados, varios garitos asturianos arrasados, sidra y cerveza ingerida a cascoporro, altas dosis de azúcares asimiladas por el organismo, avistamiento de múltiples habitantes del Barranqué, extrañas conversaciones con hosteleros y mesoneras que serán relatadas en alguna otra ocasión, así como con simpáticos personajes de la noche madrileña que por azares de la vida también estaban relacionados con nuestra comarca y en suma un puente de San Jorge muy completo que se espera poder repetir de aquí a no mucho.


miércoles, 15 de abril de 2015

El Expreso de Turingia, el Rey de las Clásicas y el Sir que no lo es


Desde 1986 no ocurría semejante acontecimiento. El de un ciclista venciendo el mismo año tanto en Milán-Sanremo como en París-Roubaix, las dos clásicas ciclistas que probablemente estén por encima del resto por toda la magia que las envuelve. El héroe de 1986 fue Sean Kelly, el ciclista irlandés que corría con el equipo Kas y que es el ídolo de toda una generación.


A Sean Kelly le tocó hacer de bisagra entre la época de Indurain y la de Merckx con lo que eso supone. Le tocó batirse el cobre con Hinault, Lemond, Lejarreta, Perico, Fignon o Criquielion, que en paz descansen estos dos últimos valientes ya fallecidos, y como he dicho fue el ídolo de muchos zagales que crecieron en los 80. No fue el mejor de esa época ni mucho menos si nos referimos al palmarés de las grandes vueltas pero Kelly lo hacía todo bien. Esprintaba, ganaba clásicas, maillots de la regularidad y cumplía en las vueltas por etapas. Nueve clásicas monumento, siete París-Niza consecutivas y cuatro maillots verdes del Tour le contemplan. Incluso le ganó una Vuelta a España a Anselmo Fuerte.


El poster de Sean Kelly ataviado con el maillot de Kas colgaba en las habitaciones de muchas casas y el uso de la chapa con el rostro del irlandés estaba reservado a los mayores de la calle. Y es que el honor de disputar las etapas diseñadas con tiza sobre la acera en nombre de Kelly no era para cualquiera. En mi barrio crecimos unos cuantos pirados por las bicis y aunque casi todos eran de Perico, los raros éramos de Lejarreta, a alguno le tiraba Fignon y a otros nos tiraba Lemond, al final resultaba que todos admirábamos a Kelly.


Pues el domingo un mozo nacido el mismo año que cayó el Muro en la por entonces democrática república alemana de Turingia, John Degenkolb, alcanzó tamaña gesta y se coronó en el velódromo de Roubaix tras haber vencido en la clásica italiana el mes pasado. Se trata de un tipo de ciclista diferente a Kelly puesto que es mucho más sprinter y a no ser que sufra una exagerada transformación no está dotado para destacar en vueltas por etapas. Ganó una carrera extraña, en la que gran parte del pelotón se saltó un paso a nivel poniendo en riesgo su vida de manera absurda, sin que los comisarios tomasen cartas en el asunto expulsándolos de la prueba. 


Dando una imagen lamentable sobre todo a la gente menuda que viera la prueba. Todo no vale en el deporte y por extensión en la vida, si hay unas reglas son para cumplirlas, sobre todo cuando un tren de alta velocidad avanza por la vía y un gendarme te dice que esperes a que pase. Y en ciclismo, cuando la carrera se topa con un paso a nivel y la barrera está bajada, hay que parar. 

Entre los estúpidos que cometieron semejante algarada se encontraban el campeón de Francia, Demare, uno de los pupas del pelotón. Un tío que en el pasado Tour tuvo que meterse en la autocaravana de una familia que veía el paso de la carrera a hacer aguas mayores. Y que este año parece propenso a caídas e incidentes varios. La mala fortuna que le acompaña últimamente le debió impulsar a cruzar la primera barrera y empotrarse contra la siguiente, aunque al menos esquivó el tren en última instancia. Se le perdona.

Pero lo del supuesto Sir de la Corona Británica, Bradley Wiggins, no se perdona. Todo un campeón olímpico, ganador de Tour de Francia saltándose vilmente la barrera (en la foto, el moregón de negro que se ve en primer término). Señor Wiggins, usted es un Sir , no debiera hacer este tipo de cosas, su comportamiento es intolerable. Como buen caballero del Imperio Británico debería haberse apostado detrás de la barrera con toda la flema y gallardía que le hubiese sido posible reunir, aún a sabiendas de ver como su última carrera, como ciclista profesional escapaba por delante, para retomar el paso cuando el tren hubiera cruzado. Usted quebrantó el reglamento, dio un muy mal ejemplo. Usted, en definitiva, es un mierdas.

Para algunos la clásica quedó manchada por este feo incidente, no en vano el ganador también debió ser expulsado en base al reglamento, pero el caso es que el alemán ganó yendo de forma valiente a por la victoria, todo hay que decirlo, a falta de diez kilómetros. Se vio favorecido por el salto de barrera de los ferrocarriles galos pero se le perdona debido a sus declaraciones al término de la carrera.

El tiempo dirá si este mozo alemán llega a ser tan bueno como la leyenda irlandesa. No es tan completo pero parece tener el don de seleccionar muy bien sus victorias y no desgastarse en exceso en carreras de medio pelo. En cualquier caso nada más cruzar la meta, y he ahí el detalle, declaró estar muy contento por haber vencido en la carrera que siempre había soñado vencer. Que estaba muy contento por haber emulado a su ídolo, al gran Sean Kelly. Hizo trampas, sí, igual que cincuenta gachos más, pero al menos el mozo tiene buen gusto.





lunes, 30 de marzo de 2015

Ganar una carrera sin cruzar en primera posición la meta

Todavía no estamos en abril y dudo que en lo que resta de año, y ojalá me equivoqué, disfrute tanto como ayer viendo una carrera ciclista. Lo visto en la 77ª edición de la clásica flamenca Gante-Wevelgem ha de guardarse con respeto y cariño entre los mejores recuerdos de lo acontecido en el mundo del ciclismo en los últimos años. Y en gran parte es debido a un ciclista que no llegó el primero a la línea de meta pero curiosamente ganó. ¡Joder que si ganó!...

La Gante-Wevelgem es una carrera que discurre por Bélgica, fundamentalmente de perfil llano aunque jalonada por pequeñas cotas o muros, atravesando carreteras estrechas y sinuosas así como tramos adoquinados. A lo largo de 240 km. El ciclismo puede ser bonito de muy diversas formas y esta es una de las más maravillosas y por desgracia más desconocidas en nuestro país donde será difícil encontrar mención alguna a esta prueba en las secciones deportivas de los periódicos generalistas o en los partes de noticias de los diversos servicios desinformativos de la televisión.

En todo caso se habrán hecho eco debido a la multitud de accidentes que tuvieron lugar en la prueba, pero no por la espectacularidad de la carrera en si misma, que tuvo y mucha. A los 240 km de recorrido se unieron unas condiciones meteorológicas inmundas e infrahumanas con lluvia y ráfagas de viento a velocidades espectaculares. Para cuando la tele conectó con la prueba quedaban 100 km hasta la línea de meta y sinceramente pensé que era un buen momento para echar la siesta. Pero me fue imposible.

La carrera venía literalmente destrozada con el pelotón hecho pedazos, los ciclistas se erigían como héroes circulando por carreteras mojadas y salpicadas de ramas caídas de los árboles debido a las incesantes ventoleras que los agitaban. Sus caras eran un poema y el chepeo que debían imprimir al pedalear en muchas rectas para avanzar contra el viento como si subieran la más infernal de las rampas de un puerto de montaña no hacían más que constatar la sensación de que lo que allí se contemplaba era el mismísimo Averno.

Un valiente buscó la gloria a más de 80 km de meta saliendo de lo que quedaba del deslabazado pelotón para contactar con la cabeza de carrera, el holandés Tjallingii. Su nombre, Jürgen Roelandts, ciclista belga del equipo Lotto Soudal. En un movimiento extraño y que a primera vista nadie comprendió por temerario el bravo ciclista flamenco tras alcanzar al holandés cambió el ritmo para darse a la fuga él solo, dejando a su compañero de escapada Tjallingii, y zamparse una buena ración de viento y adoquines. Mientras por detrás la carrera se terminaba de definir formándose el grupo definitivo de valientes que terminaría disputándose la clásica, Roelandts seguía y seguía.


Por detrás la gente pinchaba o caía. Debido a los adoquines o literalmente volados por el viento hacia la margen de la carretera. O bien porque la bolsa del avituallamiento se enganchaba en las ruedas de la bici. Guardar la vertical con la bicicleta era una tarea de titanes como bien mostraba la esplendida realización de la televisión belga. Y Roelandts seguía y seguía. Y la ventaja aumentaba pese a que detrás le perseguían buenísimos trotones. Geraint Thomas, Terpstra, Vanmarcke, Vandenbergh, Debusschere, Oss y Paolini. Pero Roelandts seguía y les metía tiempo, cerca de 2 minutos.


La carrera transitaba por bosquecillos y muros adoquinados atestados de gente que haciendo frente al mal tiempo animaban a sus ídolos. Una charanga reconfortaba el ánimo de los valientes ciclistas quienes tras coronar uno de los muros conectaban con un tramo de estrecha carretera flanqueada a ambos lados ¡por tractores!. Algo así como un kilómetro con granjeros belgas haciendo una tractorada reivindicativa, haciendo sonar el claxón y vociferando al paso de los ciclistas.


En el segundo paso por el muro de Kemmelberg aconteció la, para mí, verdadera victoria del día. En esa pequeña montaña donde en la Primera Guerra Mundial tuvo lugar una batalla, en la que en cosa de un kilómetro se salvan 100 m de desnivel con algunas rampas a más del 15%. Con el pavimento adoquinado. Fue allí donde además del sonido de la charanga se escuchó a la gente allí congregada jalear al bueno de Roelandts.

¡Jürgen, Jürgen, Jürgen! le gritaban a su paso. Tras casi 50 km escapado en solitario y poniendo en jaque a los grandes favoritos de la carrera, su renta máxima de 2 minutos comenzaba a flaquear. ¿Qué importaba? Haber llegado a meta el primero hubiera supuesto una gesta memorable. Al alcance de tres o cuatro elegidos. En aquellas alturas de la carrera ya se veía que le iba a ser muy complicado puesto que tras coronar y volver a pasar por el pasillo formado por los tractores restaban 35 km a meta llanos y por buenas carreteras donde el grupo perseguidor le podía echar mano.


Lo cogieron a mitad de camino, a falta de 17 km y aunque aguantó el primer tirón, en cuanto se desató la batalla ya no pudo seguir a los más fuertes. De entre ellos llegó el primero Luca Paolini de forma merecida puesto que cualquiera de los 39 supervivientes que lograron cruzar la línea de meta lo hubiera merecido.

Sin embargo, para mí, el auténtico vencedor fue el bueno de Jürgen Roelandts, aclamado en el muro de Kemmel mientras trataba de trepar por esa infernal cuesta. Haciendo frente a la gravedad intentando avanzar por la resbaladiza e inclinada superficie adoquinada, con el viento racheado en contra. Un pitera donde los haya que desde ayer forma parte del particular grupo de ciclistas que ganaron una carrera sin cruzar los primeros la meta. Porque dentro de unos años la gente quizá no recuerde que en 2015 ganó Paolini pero seguro recordarán que Jürgen Roelandts anduvo más de sesenta kilómetros en solitario por el mismísimo Infierno.

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