jueves, 30 de octubre de 2014

Sagas de Islandia (V): Piscinas, ballenas, fiordos y las zagalas de Akureyri


Miércoles 21 de agosto. Despertamos en Höfn después de otra noche de dormir como troncos, en Islandia no existe el insomnio ni el despertar a media noche. Esta vez me ha tocado dormir en el altillo, encima de la cabina del conductor, en la especie de joroba que tiene la autocaravana. A pesar de que la altura del habitáculo es muy pequeña y apenas se puede estar allí sentado, las otras dos dimensiones son amplias y se descansa muy bien y con las piernas bien estiradas. Desayunamos a base de leche y skyr y nos ponemos en camino.

Nos encontramos en la esquina sudeste de la isla y debemos remontar toda la costa este que básicamente está conformada por fiordos para llegar lo más cerca posible del lago Mývatn. Algunos tenemos dudas al respecto y pensamos que es posible que tengamos que hacer noche en algún lugar intermedio pero Lemus es un tío tenaz y se ha propuesto conducir la caravana hasta allí.



La mañana es fría y el cielo está encapotado. Además nos acercamos a una de las zonas ventosas del país por lo que ponerse cuanto antes en camino es lo mejor y sobre las 8 de la mañana parte la expedición. Los primeros kilómetros hasta Djúpivogur son de trámite. La costa es bonita pero después de un rato se hace algo monótona. Por suerte Inés nos ha recomendado un sitio cercano a esta localidad en el que hacer una pequeña parada.

Volviendo sobre nuestros pasos, en el tercer camino a mano izquierda desde Djúpivogur hay uno de los denominados hotsprings que no son sino unas pequeñas piscinas habilitadas por y para los lugareños. No se trata más que de contenedores, arcones o cualquier recipiente plástico o metálico que se pueda imaginar y que tenga unas dimensiones aproximadas de 1 metro de alto por 1 metro de ancho por 3 metros de largo, conectado a una tubería que recoja el agua de la surgencia más cercana. Ni qué decir tiene que el baño es libre y gratuito.



En nuestro caso el abrevadero en cuestión no saca muy buena pinta y el agua está ardiendo. Quizás a 50º C ó así. En el exterior hace frío, sopla el viento y chispea así es que sólo Nacho y Lemus se atreven a bañarse allí y luego regresar caminando a la autocaravana que hemos dejado aparcada como a medio kilómetro. Esas son las contraprestaciones aunque los pros son la magnífica vista que puede contemplarse mirando hacia la costa. Sin embargo estos valientes caballeros se colocaron sentados en dirección contraria de modo que lejos de poder admirar las montañas nevadas sólo ven la carretera y a Toño y a mí riéndonos de las caras de sufrimiento que ponen debido a la elevada temperatura del agua y haciendo conjeturas varias acerca del uso que dan las ovejas del lugar al abrevadero-pichadero en cuestión.



Desde allí hasta Egilsstaðir hay muchos kilómetros, mucha curva y subebaja y algún que otro fiordo interesante. No llegamos a adentrarnos en la zona más bonita de Seyðisfjörður ya que suponía un buen tramo de carretera y la certeza de pasar allí casi todo el día así es que decidimos acortar por el interior haciendo uso del túnel que lleva hasta Egilsstaðir. Entre medias pudimos ver y admirar montañas nevadas, pueblos de pescadores y hasta una fundición de aluminio, curiosas formaciones geológicas con todos sus estratos rocosos a la vista dando la apariencia de ser cuidadosas hileras de bloques de piedra como si de pirámides construidas por el hombre se tratasen. Y una casi permanente sensación de soledad por carreteras apenas transitadas.







En Egilsstaðir aprovechamos para comprar, comer y estirar las piernas. Aparentemente se trata de otro pueblo como los descritos en otros capítulos, sin nada de especial. Si lo tiene pues no lo vimos ya que no pasamos del supermercado de turno y la cafetería-hamburguesería de la que ya comenzábamos a estar cansados. El supermercado cuenta con sección de frutas y verduras habilitada incluso con humidificadores. Disponen de plátano de Ecuador y uva de Murcia.



La sección de skyr es impresionante. De diversos sabores y tamaños, mercamos una cantidad importante de este producto que nos tiene enamorados. No hace ni un día que compramos en Höfn pero es que lo vamos devorando todo el rato. Además acontece un hecho bien curioso que yo al menos no he visto en ningún otro lugar. Al ir cogiendo productos de las estanterías automáticamente una cortina situada por detrás de la misma se descorre y aparece la mano de un señor o una señora reponiendo al instante el producto que nosotros cogemos. 




También venden souvenirs, juguetes, jerseys... un supermercado en Islandia tiene de todo. Además este en concreto de Egilsstaðir cuenta con el honor de disponer de las cajeras más grandes de todas las que vemos en el viaje. Uno se imagina uno de esos monjes irlandeses rollizos destinados por la divina providencia a evangelizar a aquellos vikingos, primeros pobladores del país, colgando los hábitos y desposando a una de esas noruegas fuertotas. Y teniendo niños sanotes y fuertecitos que son los tataratatarabuelos de estas cajeras con una complexión física espectacularmente grande. Y tranquilas como ellas solas. 

Contemplar como pasan por caja ocho imanes de nevera, todos con el mismo precio, uno a uno en lugar de pasar el primero y realizar la operación pertinente en la caja registradora multiplicando por ocho. En Islandia no hay estrés. ¿Hay que pasar ocho productos iguales por caja? Pues se pasan uno a uno y la gente de la cola que espere. Si no fuera porque la moza era pelirroja, me sacaba cuatro dedos de altura y posiblemente 30 kilos de peso y afuera en la calle había 8º C y llovía, uno pensaría que se hallaba en el Caribe.

Una vez deglutida la ración de hamburguesa diaria salimos hacia Mývatn mientras poco a poco el cielo se va desencapotando si bien esto último es una ilusión. El viaje continúa con los cielos cubiertos y con ratos de lluvia mientras Nacho conduce y yo hago de copiloto. Hemos dejado la costa y avanzamos por una parte algo elevada del país. Hace frío y sopla el viento, a veces da la sensación de estar en tierras escocesas por las montañas verdes que se van atravesando entre la lluvia.



Pero a los pocos kilómetros el verdor desaparece y todo lo que alcanza la vista es una auténtica desolación en un paisaje auténticamente lunar. Todo es gris, ocre o marrón. De un color terroso en el que no se aprecia nada de vida, sólo piedras y arena. Ni qué decir tiene que tampoco se ve rastro de civilización. Ni pueblos ni aldeas, si acaso algún desvío a alguna granja perdida o pistas que se pierden hacia el interior salvaje de la isla.




Como contrapunto, en la autocaravana suena en bucle un disco de los Toreros Muertos. La selección musical es, por así decirlo, ecléctica. Durante el viaje hemos disfrutado de los Gipsy Kings, Fabio McNamara, el Juampa... y lo peor está por venir.
Pero ahora toca Pablito Carbonell y sus secuaces los cuales contrastan con todo lo que nos rodea mientras nos adentramos en el Norte del país.


Dejamos a mano derecha el desvío a las cascadas de Dettifoss mientras aprovecho para llamar a casa ya que están de cumpleaños. Mi hermano Jesús me comenta que ha salido por el telediario una noticia de un volcán que está a punto de entrar en erupción. Le digo que hemos oído algo pero que no debe de ser grave mientras él sigue comentando que en España la noticia sale por todas partes y que al parecer la erupción es inminente. Pienso en las cajeras del supermercado y su ritmo caribeño, en el estrés que arrastra todo el país, en la tensión que se respira en el ambiente y les digo que no se preocupen que me parece a mí que o exageran en España o en Islandia están muy acostumbrados a estos desastres naturales.

Un par de días después nos enteramos que justo en ese momento, mientras pasábamos por el desvío a las cascadas, debían estar cortando esos accesos puesto que el volcán que iba a reventar supuestamente iba a fundir hielo provocando riadas e incluso la desaparición de esas cascadas. Y nosotros circulando por allí tan tranquilos escuchando "Mi agüita amarilla" sin ver ni un coche de policía, ni ambulancias, ni nada que recordase remotamente a evacuaciones o sensación de peligro. Ritmo caribeño y estrés absoluto.

Llegamos a la zona de Krafla y tomamos el desvío a la central geotérmica pasando por carretera que asciende al cráter de Viti. Llueve un poquito pero además parece como si hubiese niebla. ¿Niebla? ¡No! son solfataras que surgen de la tierra. Hay auténticas nubes de vapor a ras de suelo, a lo largo de las tuberías que bajan de la montaña hacia la central, en las chimeneas de la propia central y en definitiva en todas partes. La tierra echa humo, tal cual.



Subimos a Viti, un cráter de aproximadamente 1 km de circunferencia y que tiene un lago en su interior. A pesar de que se puede caminar alrededor de todo el borde del cráter tan sólo damos un cuarto de vuelta porque hace muchísimo frío ahí arriba. La mera acción de sacar fotos provoca que las manos "ardan" por la mezcla de la fría lluvia y el viento así es que vamos a refugiarnos al coche y descendemos hacia la zona de los lodos hirvientes en la cual a pesar de estar a tan sólo unos 4 km de distancia hay una temperatura mucho más soportable.



Al fondo hay una montaña de tono ocre de la cual surgen nubecillas. Huele a azufre si bien es tanto más soportable cuanto más alejado se mantenga uno de las columnas de vapor que surgen desperdigadas por el suelo. Existe un camino para no pisar donde no se debe y poder contemplar los diversos pozos de lodo donde a modo de geyseres pequeñitos, el barro grisáceo borbotea como si de una olla gigante se tratase.









Es un lugar curioso y entretenido para ver aunque las bafaradas a sulfuro que van y vienen obligan a abandonarlo a pesar del espectáculo de los lodos borboteantes. Estamos muy cerca del lago Mývatn, lo hemos conseguido y todavía no son las 19h, pasamos al lado de la montaña ocre humeante y descendemos hacia la zona del lago. A mano derecha aparece una especie de balsa o depósito de agua de la que surgen columnas de vapor y no sólo eso sino que el agua es azul celeste fosforescente.

Y a mano izquierda un cartel que indica la entrada a unas piscinas naturales. Revisamos las guías de viaje y, efectivamente, por allí se va a una especie de Blue Lagoon como el que hay cerca de Reykjavik pero en miniatura. Uno de esos detalles que lees de pasada en las guías o se te escapan directamente, así es que tras repostar en el pueblo que hay en la orilla del lago, Reykjahlíð, volvemos sobre nuestros pasos para provechar la circunstancia de las piscinas y que para nada teníamos previsto.

Toño prefiere quedarse en la autocaravana viendo películas en la tablet así es que Nacho, Lemus y yo enfilamos hacia la piscina. Nada más entrar, una cola de italianos esperando para entrar. Si hay tanta gente es que deben de estar bien. Por medio de la cola cruza un chino en bañador y una cerveza en cada mano dirigiéndose desde el bar hasta la piscina. Pasa el grupo de italianos y al fin nos toca pagar. 3500 ISK por barba, 20 eureles, 700 duros.

Entras a unos vestuarios impolutos y aparte de despelotarte y dejar tus cosas en la taquilla es obligatorio ducharse. Pero no como los gatos sino con bien de jabón y haciendo especial hincapié en las zonas donde hay que frotar bien como así indican varios carteles. Una vez te has duchado bien y te has puesto el bañador sales para fuera a la piscina que por si alguien lo dudaba se encuentra al aire libre.

Un bonito termómetro indica que la temperatura es de 12 ºC así es que los diez metros que separan la puerta del vestuario al agua se hacen a la carrera mientras se busca un hueco para dejar las chanclas. Por unas escaleras se accede al agua y esta te va cubriendo los pies, luego las patas, la zona de peligro, la barriga y todo el cuerpo. Y entonces estás en la gloria. La temperatura del agua debe de ser, como mínimo, de unos 38 ºC. Hay que desplazarse por la piscina en cuclillas o de rodillas ya que esta no cubre más así es que si uno quiere que el agua le cubra hasta el cuello pues tiene que ir así agachado.



El agua es de color azul fosforito, es más densa de lo habitual, ligeramente dulzona y la primera sensación al meterse es como si el cuerpo quedase cubierto por algún tipo de sustancia oleaginosa aunque luego ya se pasa. El suelo es de piedrecilla, mullido y de color negro aunque éste no se ve. El color se descubre cogiendo las piedras y sacándolas a la superficie. El color azul es tan intenso que no sólo no se ve el suelo sino que no se ve nada que esté dos dedos por debajo de la superficie.

Hay una punta de la piscina donde el agua supuestamente sale hirviendo o así lo indica un cartel, lo cierto es conforme uno se acerca hacia ese lugar la temperatura aumenta y sale más vapor. Hay grupos de italianos, una en concreto se ha metido en el agua con el teléfono y se dedica a charrar ahí en medio en plan divina de la muerte. También hay rusos y algunos españoles. Muchos te suenan, porque los has visto en el aeropuerto, o en Geysir, o en Gullfoss, o en Höfn. Islandia es tan pequeña que acabas cruzándote siempre con los mismos turistas (o con los mismos lugareños, aunque no adelantemos acontecimientos).

En realidad, lo que ocurre es que el mundo es un pañuelo y si no de muestra un botón. De repente noto como se mira una morena. Debe de ser española, es lo primero que pienso. Hemos soltado alguna animalada a voz en grito en medio de una señora rusa o eslava y su hija que no se enteran de nada y la española nos ha oído, es lo segundo que pienso. La miro otra vez, esta tía me suena, es lo tercero que pienso. Mientras desvío la mirada para seguir pensando qué está pasando los acontecimientos se precipitan y escucho como la chica morena comienza a decir en voz alta: "no puede ser, no me lo puedo creer, ¡Lemus, Lacoma!".

Nos giramos, vaya ya sé de que la conozco. Elena, una amiga de mis amigos Ms & Mr Trendy y que de vez en cuando venía por el piso de estudiantes que teníamos en la época de la universidad, además de compañera de clase de Lemus. Y allí está con su marido, su hermano y su cuñada dando la vuelta a la isla igual que nosotros. Besos y abrazos, la gente de la piscina alucina. Resulta que nosotros estamos dando la vuelta en sentido antihorario y ellos en sentido horario. Ellos también en autocaravana, como nosotros. De hecho hablando, hablando resulta que intentaron reservar el mismo tipo de caravana y los mismos días que nosotros y ya estaba cogida. La teníamos nosotros. Y nos tenemos que encontrar en una piscina a la que al menos nosotros hemos llegado de chiripa. Surrealista.

Tras una hora y pico muy entretenida charrando de todo un poco nos acordamos del pobre Toño que debe de estar aburrido en la autocaravana y tras despedirnos e intercambiar información acerca de lo que cada uno ha visto del país y que les queda a los otros por ver, salimos del agua antes de que los sulfuros nos devoren la piel. De vuelta a los vestuarios otra ducha (esta ya no es obligatoria pero si no quieres que el pelo se te quede tieso como si te hubieses hecho una cresta con jabón Lagarto, es necesaria) y vuelta a la autocaravana la cual está rodeada de pequeñas solfataras que surgen alrededor del aparcamiento.

Toño está más bien que quieras y ni se ha percatado de nuestra prolongada ausencia. Eso sí, nos indica que deberíamos buscar un lugar donde pasar la noche en el cual haya asfalto o similar ya que aparcar el vehículo sobre tierra puede deparar sorpresas. Por el tema de las columnas de vapor y demás. Así es que bajamos al pueblo a orillas del lago y allí aparcamos en una de las calles para pasar la noche.

Cenamos fabada que nos trajimos de España, embutido islandés y algún valiente se atreve con el bacalao desecado que hemos comprado en el súper y que saca pintas de estar más seco que la mojama. Aparte, unos supuestos bollos de canela adquiridos por Lemus y que no son sino minipizzas para calentar en el horno y que el insiste que pueden ser comidas así, en crudo. Como se puede comprobar llevamos una alimentación muy equilibrada. Menos mal del skyr, el kilo de bolas de queso, las uvas de Murcia y la cerveza Tuborg capada a 2º porque si no a lo mejor morimos de inanición.





Jueves, 22 de agosto. Hoy hay que llegar hasta Akureyri, o más allá. De hecho la idea general es llegar más allá puesto que el viernes hay que estar en Reykjavik. Yo me mantengo en mis trece de hacer noche en Akureyri, quien sabe si porque lo he leído en blogs, en las guías de viaje o por inspiración divina. Alguno se me mirar raro, como si todo lo que hubiera que ver ya estuviese visto y tan sólo restase ir de fiesta a la capital pero por alguna extraña razón yo quiero parar en la ciudad más importante del Norte y que no es más grande que Barbastro. 



Con esta idea partimos hacia el lago Myvatn. No tenemos una idea muy precisa de qué ver, o mejor dicho no tenemos una idea muy precisa de qué es prescindible. Finalmente optamos por la parte quizá más prescindible aunque, bueno, todo no podía ser perfecto. Contemplamos unas vistas generales del lago, con sus pseudocráteres que surgen del agua como pequeños promontorios cubiertos de vegetación. En la orilla, en la parte oriental hay una serie de caminos por los que caminar entre unas formaciones rocosas con forma de chimenea surgidas de manera parecida a los pseudocráteres del agua.





Por entre los agujeros que no son sino la marca dejada por gigantescas burbujas surgidas mientras este material afloraba desde las profundidades de la tierra, aprovechamos para sacar bastantes fotos haciendo poses artísticas. Lo de poses y lo de artísticas es un decir. Más paseos entre las chimeneas y los árboles de los que surgen algunos pajaricos y vuelta a la cafetería del lugar para desayunar tarta de queso. Otra cosa no, pero los postres son deliciosos. Y allí nos volvemos a encontrar con Elena y familia con los cuales decidimos de común acuerdo, y entre risas, no volver a cruzarnos en lo que resta de viaje. Vosotros hacia el Este y nosotros hacia el Oeste.





Al enfilar hacia Húsavík cometemos otra equivocación ya que lugar de coger la carretera que rodea el lago nos vamos directos hacia el norte y además a través de una carretera de grava. Nos dejamos de ver la mitad oriental de Mývatn y además nos toca carretera mala. Siguiente destino, las ballenas de Húsavík.



Húsavík es un pueblo pequeñito como de juguete. La iglesia de hecho parece que sea de Playmobil. Pero es bonito. La bahía de Skjálfandi se extiende ante él y enfrente las montañas nevadas. En medio, en las aguas, multitud de cetáceos pueblan el lugar así es que durante los cuatro o cinco meses que el pueblo permanece conectado al resto del mundo se dedican a organizar tours de avistamiento de ballenas. El resto del año, en palabras de Kristjan, el dicharachero guía de nuestro barco, se pasa estudiando o leyendo, en el bar o encerrado en casa esperando a que la oscuridad y las nieves se disipen y den paso a otro verano.




Embarcamos en el Knörrinn, al parecer el barco decano del país en este tipo de menesteres. Fabricado a mitad de siglo XX en los astilleros de Akureyri para servir como pesquero parece ser que nació con ángel ya que en su primera singladura sobrevivió a una terrible tormenta que se llevó consigo a una decena de pescadores mientras el barquichuelo sobrevivía. Además de protagonizar alguna singladura entre icebergs bastante heroica. Un pitera, vamos. En la década de los noventa es reciclado en Húsavík como barco de entretenimiento y así hasta ahora. Alcanzando un porcentaje del 97% de éxito de avistamiento de cetáceos.



En este aspecto, y aún así considero que las 9000 ISK del viaje estuvieron bien pagadas, me parece que el amigo Kristjan y la patrona del barco cuyo nombre no recuerdo, le echan un poco de cuento al asunto. El barco sale del puerto y enfila todo recto hacia aguas abiertas, como seis o siete kilómetros mar adentro. Una vez allí dicen que van a buscar la senda de los bancos de peces puesto que detrás vendrá alguna ballena a repostar. Digo yo que si el radar localiza bancos de peces más fácil debe de ser localizar al bicho gordo pero bueno, como peliculeta no está mal. Le ponen ganas y generan un poco de intriga y de dolor de barriga.





Surge algún delfín, algún pez gordo hasta que a los tres cuartos de hora de viaje alguien da la voz de aviso de que allá, a lo lejos, ha surgido el chorro de aire acompañado de espuma de mar de un bicho grande respirando. Puede ser uno de los cuarenta compañeros de viaje que van con nosotros en el barco, o alguno de los otros cinco o seis barcos que pululan por la bahía o alguna de las dos zodiacs que realizan la misma faena. Una vez dada la voz de alarma el barco se dirige hacia la zona donde se encuentra la ballena.



Por lo general llega tarde y para cuando lo hace, el cetáceo ya ha hecho sus tres o cuatro inspiraciones y se ha metido de nuevo hacia el fondo pero el lugar sirve de referencia puesto que las ballenas no pueden estar más de once o doce minutos sin salir a la superficie a respirar y además suelen ir en grupos. De manera que tan sólo resta esperar un máximo de diez minutos para que de nuevo salga algo a la superficie. De ahí en adelante se pasa una hora y media más o menos en la que es un no parar ya que estos animales son agradecidos y cumplen la norma del amigo Kristjan a rajatabla.



Lo malo es que una vez te salen a babor y otras a estribor, cuando estás en un lado salen por el otro, te mueves como puedes para tomar una buena foto y entonces cuando te has colocado la patrona del barco lo gira y resulta que la ballena se pone en el costado en el que estabas sentado de buen principio. A la tercera le coges el tranquillo y te dedicas a jugártela a un sólo lado del barco como ves que hace un tío que saca pintas de americano y que no se cantea en todo el viaje.



Realmente no se ve más que la lomera del animal y la cola cuando tras realizar la última inspiración se pone en posición vertical y enfila hacia el fondo del mar pero como espectáculo está bien. El entorno es bonito y el bamboleo del barco si previamente te has empapuzado dos biodraminas es hasta divertido. Eso sí, el sol pega en la cabeza de manera inclemente, corre la brisa del mar y hace fresquete pero lo peor es el sol que a la que te descuidas te pega un viaje que no veas.




Tras ver a unas ocho o diez ballenas se da por finalizada la sesión y el barco se dirige a puerto. Es entonces cuando el amigo Kristjan saca un perolo con chocolate caliente y una bandeja de bollos de canela y se pone a repartir al personal. El chocolate está pagado y bien pagado con las 9000 ISK, 1800 duros del viaje, pero es un buen detalle. Mientras te lo tomas ahí bien calentito al sol te explican las clases de ballena que se han visto, te muestran un bigote de los cientos que pueblan la boca de esos inmensos seres y te desgranan algún detalle más de la fauna de la bahía, así hasta que llegas a puerto y tras 3 horas de viaje te sueltan en la tienda de souvenirs para que les sigas dejando algo más de dinero a esas gentes que en cuestión de tres meses van a estar de nieve hasta las orejas. La ruta del Knörrinn, pinchando aquí.



Comemos en la autocaravana unos sandwiches de queso Ostur, jamón de la marca con símbolos masones y skyr. Al menos no es hamburguesa, algo es algo. Todo ello enfrente de la farmacia-ambulatorio del lugar que no deja de recibir visitas en el rato que estamos allí comiendo. 




Después de comer partimos hacia Goðafoss, que nos pilla de camino hacia Akureyri. No se trata de la cascada más grande ni más espectacular. Sin embargo es famosa porque en ella uno de los primeros señores de aquellas tierras tiró aguas abajo diversas estatuas de antiguos dioses cuando se convirtió al cristianismo. Y el salto en forma semicircular, aunque no muy alto, es bonito de ver. Durante el trayecto hasta allí me he echado una pequeña siesta y mientras estos se acercan a un pequeño saliente de roca desde donde ver la cascada en todo su esplendor, voy dando palos de ciego intentando llegar hasta allí brincando de piedra a través de unas pequeñas charqueras que se interponen entre donde estoy y el mencionado saliente.



Como no lo consigo doy media vuelta y voy detrás de una familia de italianos que va hacia la cabecera del salto a echar unas fotos. Como sólo se trata de caminar para eso no tengo ningún problema y puedo observar el curso de agua, muy parecido al de Gullfoss, aproximándose al salto. Veo que ha llegado un autobús de abueletes y que todos se van directos al saliente rocoso y aprovecho para unirme a los viejetes a ver si siguiéndoles soy capaz de llegar. Y después de muchos esfuerzos lo consigo, voy realmente dormido, aunque cuando llego estos otros ya se han ido.

Me vuelvo a liar de mala manera para volver por el laberinto de piedras y cuando ya estoy decidido a mojarme los petetes aparece otro abuelo y repito la secuencia que ha seguido él previamente para salir de ese infierno. 

Volvemos a la caravana y ponemos rumbo a Akureyri. Lemus se pasa a la parte trasera a dormitar puesto que le duele la cabeza, Toño sigue con su sesión de siesta. Nacho se pone a conducir aunque tampoco va muy bien y yo me pongo de copiloto con un creciente dolor de tripas. La insolación que llevamos cortesía de las tres horas de avistamiento de ballenas es buena. La idea que había pululado a primera hora de la mañana consistente en parar en Akureyri a merendar y luego seguir hasta un punto indeterminado para acercarnos lo máximo posible a Reykjavik se va extinguiendo por causas de fuerza mayor. Se decide de común acuerdo hacer noche en el camping de la capital del Norte, pegarnos una buena ducha, e ir a cenar de restaurante (y a poder ser sin hamburguesas de por medio).

La aproximación a la localidad es espectacular puesto que la carretera discurre por una bahía quedando al otro lado Akureyri. Una vez se ha rodeado toda ella se accede a la ciudad, la cual, como ya se ha dicho, es la segunda en importancia del país puesto que es la más grande de toda la región Norte. Con algo más de 15.000 habitantes está enclavada entre el mar y la montaña y en sus calles en cuesta se encuentra, posiblemente, el jardín botánico más septentrional del mundo.



Vemos por primera vez en varios días más de dos carriles en la carretera y hasta semáforos, con forma de corazón además, y tras dar algún rodeo llegamos al camping donde tras estirar las patas media hora parece que nos vamos recuperando poco a poco de nuestros males. Lemus y Toño proponen ir a echar cervezas por el pueblo antes de cenar sin embargo Nacho y yo hemos reparado en que la piscina municipal está en la calle paralela al camping así es que decidimos dividirnos.






El comando cervecero acude al Jardín Botánico y se pasea por las calles escalonadas del pueblo. El comando piscinero acude al Sundlaug Akureyriar, como es lo que viví es lo que narraré. La piscina municipal de este recóndito lugar tiene sus similitudes y sus diferencias con la piscina municipal de, por ejemplo, nuestro querido pueblo.

Se trata de una piscina al aire libre, y dispone de abonos y entradas de día. Tiene toboganes y una piscina para nadar. Posiblemente ahí terminen las similitudes así es que empecemos por el principio. Nachete y yo entramos al recinto y que, como suele ser habitual en ese país, aparte de estar hecho con gusto está impoluto. Una amable señorita nos vende las entradas al increíble precio de 550 ISK. La primera impresión es que con lo caro que es el país, manda huevos que la entrada de la piscina valga menos que en España.



Entramos a los vestuarios de los Karlar, esto es de los Hombres, vestuario que se halla sin mácula. De nuevo como el día anterior hay que ducharse con agua y jabón antes de acceder al recinto. A diferencia de en las piscinas del día anterior somos seguramente los únicos extranjeros del lugar. Los señores islandeses miran un poco extrañados ya que cantamos bastante. Somos los más morenos del lugar pero con mucha diferencia. Tras las friegas enfilamos para fuera.

Cual es nuestra sorpresa que la piscina se adentra en el vestuario. Como esta piscina está abierta todo el año, repito, esta piscina al aire libre está abierta todo el año, han pensado que quizá sea buena idea meterse en el agua caliente antes de salir al exterior. Porque sí, el agua está caliente, muy caliente. Lo de no tener que pagar calefacción porque sale tal cual de la tierra es lo que tiene.

Salimos fuera y vemos varios vasos de piscina. Unos son más profundos y otros más pequeños. Las temperaturas del agua oscilan entre los 36º C y los 42º C según rezan los carteles. Parece haber una poceta con agua fría y que no nos atrevemos a probar y una sauna a la que sí entraremos. No hay césped aunque estos tienen excusa (cómo van a poner césped allí si la mitad del año estaría cubierto de nieve) aunque el suelo es de tartán. Blandito y confortable es una gozada caminar sobre él.

El tobogán es de los que están cubiertos y giran sobre sí mismos en espiral, accediendo a la entrada por unas escaleras de caracol. Tiene hasta un semáforo para evitar accidentes y por dentro el agua está calentita. A sus pies hay una zona de chorros que caen justo en la espalda mientras uno se sienta sobre el tartán. Ahí nos pegamos con Nacho al menos un cuarto de hora mientras a dos metros una parejeta se nos mira un poco con cara de susto, primero porque hablamos raro y segundo porque le estamos viendo todo el culo a la zagala que está tumbada boca abajo. Como nosotros no estamos por la labor de movernos al final la parejeta de islandeses, muy educados ellos, deciden marcharse a la piscina de nadar.

Se oyen unos gritos allá a lo lejos que quebrantan la paz del lugar. En el tobogán. En concreto se escucha "esto está de puta madre". Un matrimonio de españoles que nos hemos encontrado ya un par de días y que nos ayudan a no ser los únicos elementos exóticos del lugar. Aunque eso no evita que cuando llegues al jacuzzi las conversaciones de los lugareños cesen y se dediquen a mirarte por el rabillo del ojo al mismo tiempo que un grupo de zagaletas, las Konur, de quince años se ríen de nosotros. No sé qué les hace tanta gracia, si la marca moreno paleta de ir en bicicleta, que vamos sin afeitar desde hace cinco días y parecemos pordioseros, mi enorme narizota cruce de todas las razas que han pasado por la península ibérica totalmente diferente a sus arias facciones, la coleta de Nacho o nuestras pintas de norteafricanos-sudeuropeos.

Tras recorrer todas las piscinas decidimos dar por finalizada la visita al Sundlaug Akureyriar. Si surrealista es salir de la piscina de verano y vestirse con botas, vaqueros largos, camiseta, forro y chambergo para ir a la calle más lo es el encontrarse con un cartel en la puerta de la piscina que indica la distancia al Círculo Polar: 97 km. Con Nacho no podemos por más que reirnos de semejante circunstancia.



Vamos a reencontrarnos con Toño y Lemus a través de la calle que baja hacia el centro del pueblo. Pasamos junto a la iglesia principal y dejamos a mano izquierda un edificio con símbolos masones y estrellas judías que todavía no hemos sabido desentrañar a qué culto o asociación está dedicado. Hablando de masones, no son los únicos símbolos que vimos a lo largo del viaje ya que aparte de graffitis de pirámides masónicas en la propia Akureyri, el envoltorio del jamón york de los supermercados Netto llevan estos símbolillos. Islandia es así.




Llegamos a la calle principal la cual está plagada de comercios alguno de ellos similar en cuanto estilo a la iglesia de Husavik y tras una ardua deliberación decidimos ir a cenar al restaurante Bautinn.

El mencionado restaurante ofrece una carta sencilla aunque resultona. Un primero de buffet libre a base de pasta, arroz o ensalada, unas perolas de sopa para que la gente se sirva a discreción y un segundo plato a elegir. En un comedor acristalado situado en chaflán con vistas a la calle principal van sentando a los comensales y a juzgar por la clientela compuesta por yankis, asiáticos o árabes parece que no hemos hecho mala elección.

Los árabes se decantan por el cordero y casi el resto del mundo mundial por el plato estrella: la ballena. Las camareras, que aparte de rubísimas y guapísimas saben latín, se aprestan a retirar los platos del buffet para que uno no se cebe demasiado y pase directamente al segundo plato. En otras circunstancias se les hubiera echado en cara este gesto de pillería. Tras la deficiente alimentación que llevamos durante toda la semana, el plato de sopa y el de arroz ha obrado maravillas y no nos hace falta repetir. Además cuando una moza tan guapa te retira el plato te callas y punto. Los hombres somos así de simples.




Los cuatro que estamos allí sentados pedimos ballena además de cerveza nacional Einstök. La cerveza, para qué engañarnos, no es muy buena. La ballena, pues tampoco. Pero después de haber ido tirando de hamburguesas (que por regla general estaban muy buenas), embutido y comida enlatada, un trozo de carne con salsa, patata, un poco de ensalada y demás se agradece. La ballena sabe a atún o a bonito pero tiene la textura un poco tirando a la ternera aunque más fibrosa. Está demasiado especiada y hay que ayudarse de la patata y de las salsas de arándanos y barbacoa para ir pasándola. He comido cosas mejores. El postre a base de tarta de queso está bastante mejor, son unos grandes reposteros en este país.

Al final salimos un tanto desilusionados por el plato de ballena porque no nos ha gustado mucho, pero nos ha encantado todo lo demás. Es más, con ese nivel de camareras podrían dar de comer aliagas y la gente saldría contenta igual, al menos en cuanto a la clientela masculina se refiere. Creo que pagamos unas 4500 ISK por cabeza, 27 eureles, 700 duros. Bien pagados están.




Nos vamos a echar una cerveza por el pueblo y caemos en el Café Amour, así se llama el garito. Lo que reza el cartel de la entrada con lo que encuentras luego dentro no tiene mucho que ver pero bueno. Básicamente es como si al traspasar las puertas sufrieses un viaje astral a alguna localidad del pirineo oscense. Las mesas están atestadas de zagales y zagalas, karlar y konur, de unos veinte años para abajo. Los karlar vestidos con chaquetas de cazador o con ropa anchota y gorras de skater. O una mezcla de ambas vestimentas. Las konur bien vestidas y arregladas. La barra regentada por un señor que se parece a Irvine Welsh y que por un micrófono va haciendo preguntas de una especie de Trivial para que los zagaletes se entretengan. El premio del que gane será empifolarse (más). No hay que saber islandés para entender eso.

En la barra hay una ruleta de la suerte. Las zagalas acuden a Irvine Welsh y le pagan por una tirada a la ruleta. Tiene el "tire otra vez", el "lo sentimos", y el "ha ganado cinco chupitos". La gente tira y tira y bebe como animales. Y gritan y montan una escandalera de dios es cristo. ¿Estos son los hijos y los nietos de los viejales de la piscina que no levantan la voz ni lo más mínimo? No puede ser. Para que no se nos vaya de las manos decidimos dejar lo de la ruleta para otra ocasión y sacar unas cervezas Viking. 1000 ISK por cabeza, 6 euros, un billete verde de las antiguas pesetas.

Los zagales de la gorra de beisbol (que podría ser de Copaga o Agroseguro si el bar estuviese en Aínsa en lugar de en Akureyri) se empiezan a rutir a base de bien mientras se zumban varios litros de cerveza en un mini barril portátil. Rutido va, eructo viene. Al lado las mozas, tan finas ellas, intentando conversar. Y no son ni las 12 de la noche. Decididamente son unas gentes bien curiosas estos habitantes del Norte.

Lemus se va a dormir porque le duele aún la cabeza y el trío lalalá nos vamos a otro garito por cambiar. Nos vamos al polo opuesto. Un local de estos todo forrado de madera ubicado en semisótano con música en directo. Pasamos de ser los más mayores del bar (con permiso del dueño) a ser los más jóvenes. Un grupo está tocando, sentados en sillas, interpretando folklore islandés que por momentos se parece bastante al irlandés. La clientela, sentada,  también es curiosa. Un yayo el cual dudamos que vea, si es invidente o va ciego ya es otra cuestión, al que acompaña la hija o la nuera y que se emociona sobremanera con la interpretación de los músicos. A su lado el que podría ser su hijo y que lleva una toña importante. Baila como un poseso los acordes de las canciones que sin duda reconfortan y alegran su corazón, pero baila sólo con la cabeza. Pega unas capuzadas de espanto. Al borde del desnucamiento.

Y luego el típico borracho del pueblo que pulula de mesa en mesa intentando hacer amigos. Cuando al fin llega a la nuestra es el momento de levantar el vuelo, volvemos al Café Amour pero ya han cerrado. De cómo semejante horda de gremlins ha podido ser disuelta e Irvine Welsh ha cerrado el bar no tenemos ni idea pero tras contemplar el follón que tenía allí montado hace una hora parece cosa de extraterrestres.

Los extraterrestres, por cierto, están relacionados con Akureyri ya que circulan vídeos en youtube en los que se ve descender una bola de luz desde el cielo hasta el centro del pueblo. Explicaría algunas cosas.

Marchando al camping debido a que los bares estaban cerrados no vimos ovnis pero sí un conato de aurora boreal. La mejor época para verlas es el invierno aunque a finales de agosto ya se puede empezar a ver alguna. Pues nosotros vimos una, muy pequeñita pero la vimos. No era más que una especie de mancha blanca en el cielo, como una nube alargada o la estela de un avión. La vía láctea no era puesto que la mancha estaba mucho más concentrada, además de buenas a primeras tras verla durante unos minutos, desapareció y de golpe volvió a aparecer en dirección perpendicular a la inicial.

Al preguntar a la recepcionista del camping nos miró extrañada y como si estuviésemos locos. Posiblemente el aspecto de Toño la desconcertó o estaba medio dormida. Al día siguiente nos confirmaron que lo que habíamos visto sí era una aurora pero eso ya sería al día siguiente. Ahora tocaba dormir después de haber pasado una tarde-noche memorable en Akureyri y prepararnos para el fin de fiesta en Reykjavik.

Y en el próximo capítulo... Desmadre en Reykjavik: tercio maratón, una tarde en el museo y nuestro amigo Arnold.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Habemus Tour

Hoy se ha presentado oficialmente la 102ª edición del Tour de Francia. A mí particularmente no me gusta lo que han hecho, y eso que es un recorrido eminentemente montañoso, o eso parece. Me explicaré.


La ronda gala parte desde la ciudad holandesa de Utrecht con una especie de prólogo largo o contrarreloj individual corta de 13 km. No estaría mal si no fuese por el hecho de que esta es la única contrarreloj individual de las tres semanas. Ni tan siquiera hay alguna cronoescalada que hubiera casado bien dentro de la acumulación de puertos que han pretendido hacer. Nada, una crono al principio y después la nada. Bueno hay otra crono por ahí pero tiempo al tiempo.

Tras este "prólogo" el pelotón enfila hacia Bélgica, donde hay llegada en el muro de Huy, para llegar al norte de Francia y hacer etapa con final en Cambrai con los consiguientes tramos de pavé. Veamos, el año pasado la etapa con adoquines salió a la perfección. Fue una mini Roubaix con mucho más empaque que la verdadera clásica de principios de abril. Llovió e hizo un tiempo de perros como no había hecho en la Clásica de Clásicas desde hace por lo menos diez o doce años. Posiblemente ningún ciclista profesional en activo había disputado una Paris-Roubaix en esas condiciones, Cancellara sin ir más lejos, un potro desbocado en el adoquín seco, no supo ni por donde empezar este pasado julio. Fue un etapón antológico con trascendencia en la clasificación general y no precisamente por la caída de Froome sino por el golpe encima de la mesa del Tiburón Nibali.


Pero esas cosas, ese cúmulo de circunstancias, ocurren de tanto en cuando. Ni es bueno disponer etapas de pavé en el Tour una vez cada quince años ni lo es abusar de ellas y repetirlas año tras año. Lo bueno si breve, dos veces bueno. Ojalá en Cambrai salga otro día llovizneando y con frío, ojalá. Pero la lógica invita a pensar que el adoquín esta vez no será decisivo. Aunque al menos la etapa tiene 220 km y eso algo de daño hará.

La carrera sigue por la costa normanda hasta llegar a la Bretaña y he aquí la segunda llegada en alto en el Mur de Bretagne. Qué quieren que les diga. En la primera semana una llegada de este tipo pues gusta, dos empalagan. Recuerdan inevitablemente a las etapas perpetradas por la Vuelta a España en su última época. Porque además se dice y se comenta que las etapas contarán con bonificaciones de tiempo. Como en la Vuelta.


Para rematar esa primera semana, que no está mal traída del todo pero que marca una peligrosa tendencia, llega una contrarreloj. ¿Pero cómo? ¿no había dicho que después de la primera etapa ya no había más cronos? Pues sí y no, no hay individuales mas hay una fantabulosa crono por equipos de 28 km. Tras una semana de carrera y con el adoquín mediante. Como experimento no está mal aunque ya que la organización del Tour se hizo con el control de la Vuelta (aunque parece que sea al revés ya que la presente edición de la ronda gala se ha Unipubliquizado de mala manera) podrían haber utilizado la ronda española de banco de pruebas y plantar la CRE en la 10ª etapa a ver qué pasaba. Así de buenas a primeras en el Tour la cosa puede petar de mala manera (equipos incompletos, gente lastrada por caídas previas, etc)

Llega el primer traslado y el primer día de descanso en Pau. Desde allí primer contacto "serio" con la montaña con la llegada en alto en la inédita Pierre de Saint Martin. ¿Qué puedo decir al respecto? No puedo ser objetivo, posiblemente el puerto de montaña donde más he disfrutado-sufrido-disfrutado (y así en un bucle de 2 horas y pico de ascensión). Me hace mucha ilusión que lleguen allí pero no considero que la etapa sea digna de un Tour. De la Vuelta, sí. Es lo que han venido pergeñando en las últimas ediciones, 150 km de llano y puertaco al final, y el que más chifle capador. Eso no es montaña, por más que se llegue en alto, en un puerto de 1200 m de desnivel con rampas de más del 10%. La montaña es otra cosa, es enlazar puertos, desgaste y trabajo de equipo. Tácticas y escaramuzas. Y en eso los franceses eran unos maestros a la hora de diseñar etapas. ¿Por qué no aprovechar ya no digo un Larrau pero al menos un Bagargi, una Marie-Blanque que les pilla de paso desde Pau? La Pierre de Saint Martin es un puerto duro y bonito, esta vez suben por la vertiente del Labays, cualquiera de sus otras caras es similar, pero con puertos previos luciría mucho más. Una pena.


Siguiente etapa de montaña, dentro del tríptico de Pirineos, con final en Cauterets pueblo previo paso de Aspin y Tormalet. 190 km en total. Quizá de lo más acertado de toda la ronda si los ciclistas no son tan mezquinos de esperar a la última subidita para atacar y honran a Monsieur Tourmalet yéndose en sus rampas en pos de la gloria. 

Tercera etapa de Pirineos con final en Plateau de Beille tras una etapa de sube y baja por puertos que van aumentando poco a poco su categoría hasta el final. De vez en cuando la sorpresa surge en este tipo de perfiles aunque las dificultades se presentan demasiado espaciadas por kilómetros de llano. Quién sabe. Pinot, Bardet o Barguil pueden jugar a ser héroes e intentar dejar el Tour en Francia después de 30 largos años.

Desde allí se va a buscar la zona de los Alpes pasando por Mende y su correspondiente final en alto. Hace veinte años el equipo ONCE la lió en aquella etapa. De ahí a colegir que veinte años después pueda ocurrir algo similar dista un abismo, parece más bien otra oportunidad de lucimiento para esos especialistas del pelotón a los que se ha tenido a bien denominar "sprint climbers". Vamos, lo que viene siendo un sprint en cuesta.


Una etapa de más de 200 km para llegar a Gap (tan sólo tres etapas superan esta cifra) en el, supongo ya que no está disponible el perfil, típico final en bajada con puerto a 10 km de meta. No por ser un recurso repetido deja de ser un recurso necesario en esta carrera, mucho más a mi entender que los finales en cuesta para lucimiento de los "sprint climbers". Y segundo día de descanso.

Comienzan los Alpes y la traca final con llegada en alto en Pra Loup tras superar el largo paso del Col d'Allos. En Pra Loup fue donde Eddy Merckx claudicó ante Thevenet, ni había nacido cuando pasó ni lo he visto posteriormente en vídeo alguno. Lo he leído pero lo cierto es que no recuerdo haber visto subir, en directo, este puerto jamás. A priori parece otra subidita marca de la casa "sprint climbers" aunque, eso sí, previo paso por un puerto de 25 km coronando a 2250 m de altitud.


La siguiente etapa, de 185 km, asciende el Glandon pero nada o poco más. Algún valiente lo puede intentar pero ya se verá. Una etapa más tarde se llega en alto a La Toussoire con los 80 últimos kilómetros sin un tramo llano y subiendo la Croix de Fer. Puede ser otra de las etapas a tener en cuenta aunque para mi gusto sus escasos 140 km de recorrido son insuficientes. Hace falta más recorrido para que la gente se caiga de madura del pelotón.

Y llegamos a la penúltima etapa antes del tramite de París donde se asciende el Galibier para tras un largo descenso llegar a la meta en Alpe d´Huez. Tan sólo 110 km. En un mundo idílico supondría el broche de oro al Tour con ataques desesperados en las rampas del Galibier por parte de los ciclistas franceses, para los que se ha diseñado este recorrido, para intentar derrocar al líder colombiano, Nairo Alexander Quintana. En un mundo idílico es posible que incluso Wilco Kelderman, Urán, Dan Martin y Alejandro Valverde, así como el Colombia Coldeportes, Nibali, Mollema venciendo sus complejos y los corajudos Cajasrurales Txurruka y Lluis Mas estuviesen metidos en la pelea. Hasta Contador, Purito y Froome, ya puestos. Y Wiggins haciendo de aguador. Y Kwiatkwoski luciendo maillot arcoiris.


Pero es difícil que todo eso pase. Por no decir imposible (es más fácil que toque el Euromillón que ASO Tour invita al Caja Rural y al Colombia Coldeportes a la carrera) aunque al final todo dependerá de los ciclistas que son los verdaderos artistas de esta película. Sin embargo, con semejante recorrido parece probable que muchos opten por otras carreras. El Giro puede ser el gran beneficiado ya que a una montaña más dura que cualquiera que se pueda imaginar pero puesta con criterio a lo largo de las tres semanas se añade una crono individual larga de 60 km. El Tour es el Tour pero hay vida fuera de él. 

Por de pronto me despido con el vídeo promocional del próximo Giro de Italia, carrera que como ya he dicho, me seduce más por su recorrido. Además la venden muy bien haciendo unas promos sensacionales. Ojalá que ambas carreras nos deparen grandes tardes de ciclismo al año que viene. Comienza la cuenta atrás.




martes, 14 de octubre de 2014

Sagas de Islandia (IV): Glaciares, icebergs y un kilo de bolas de queso


Martes, 19 de agosto. Abro los ojos. A pesar de haber estrenado la cama que resulta de desmontar una de las mesas del centro de la autocaravana y poner tres cojines en su lugar, una cama demasiado pequeña para mis piernas, he dormido como un tronco. La luz se cuela por el parabrisas que queda justo en frente. Hay un sol como si fueran las 10 de la mañana en España, pero en realidad son en torno a las 7 lo cual es una muy buena noticia ya que hemos descansado y tenemos todo el día por delante.


La noche anterior se veía lo justo como para no llevárnoslo por delante pero el caso es que estamos aparcados junto a un pequeño merendero así es que aprovechamos para desayunar allí fuera. Hace frío pero el sol calienta, se está muy bien allí sentados. Es un desayuno frugal y mucho más rápido que el del día anterior pero aún así quedamos encantados con la leche islandesa que nos ha traído Inés y que nada tiene que ver con la de España, que por otra parte hace años que desterré de mi dieta puesto que me provoca mal de tripa, además también tenemos galletas de la zona. Son como esas que tienen pepitas de chocolate pero más grandes y esponjosas, son deliciosas.

Desde allí nos desplazamos hasta la cercana playa de Dyrhólaey, de hecho hemos dormido en uno de sus entraderos, y se puede decir que somos los primeros visitantes del día. Es un sitio alucinante como sacado de las novelas de "Juego de Tronos", de hecho parece bastante probable que el insigne George R. Martin debió de pasar una buena temporada en Islandia documentándose para escribir su particular saga. Autor con el que me siento identificado puesto que él se propuso escribir seis libros de su "Canción de hielo y fuego" y yo seis capítulos de Sagas de Islandia. Él es muy descriptivo en sus prólogos acerca de lo mucho que le ha costado acabar cada libro, y a mí me empieza a pasar lo mismo con estas sagas. Pero las acabaré.

Al Norte se alza el glaciar Mýrdalsjökull, el cual parece una montaña cubierta por azúcar glasé o helado. Bajo ese manto de hielo se esconde el volcán Katla, uno de los volcanes más activos y potentes del país, un lobo con piel de cordero puesto que nadie se imaginaría que debajo de esa blanca capa se puede desencadenar un infierno. Una verdadera canción de hielo y fuego. 


Al Sur, la playa. De un color grisáceo, casi negro, compuesta por piedras redondeadas del tamaño de peladillas. Salió un día despejado, sin nubes y un sol radiante. Posiblemente en un día lluvioso la playa parezca la mismísima morada de Lord Greyjoy, señor de las Islas del Hierro. Así y todo el paisaje resulta espectacular. El blanco del glaciar de fondo, el azul del cielo y del mar, el negro de la playa y el verde de los acantilados forman una mezcla difícil de olvidar. Las fotos no le hacen justicia.








Nos desplazamos hacia la playa vecina de Reynisfjara, la cual se encuentra cerca de los dientes rocosos que sobresalen del mar y que se ven a lo lejos desde lo alto del acantilado. En esta segunda playa hay multitud de frailecillos volando por el cielo. Estos pájaros de aspecto simpático con una cabeza hiperdesarrollada en relación a su cuerpo, tamaño similar a un pollo, con pico y patas rojas y plumaje blanco y negro al estilo de los pingüinos, tiene copada toda una ladera de una pequeña y verde colina en cuya base hay unas extrañas columnas basálticas que enmarcan una pequeña cueva. Además, en la pendiente según se adentra hacia el interior de la isla se ven grupos de ovejas. Ovejas que siempre o casi siempre van de tres en tres.







La cueva antes mencionada aparece en la parte final de la película "Noé" de Darren Aronofsky, así como el conjunto de la playa. Creo que no destriparé el final de la cinta si cuento que el arca de Noé termina varada en una montaña. Pues bien, la montaña de la película está ubicada en esta playa. Así como la montaña en la que pastan las ovejas que se utilizó para otras localizaciones del film, como por ejemplo el lugar donde habita el abuelo de Noé, Matusalén. En la realidad por allí hay unos wc que sí, son de pago, pero aparte de estar como los chorros del oro tienen la última tecnología en cuanto a báteres se refiere. 

Resulta un contraste muy extraño contemplar las ovejas pastando en las verdes y empinadas laderas y que de repente estas pendientes mueran en la playa. Inés y Nacho trepan por las columnas de basalto para ver mejor a los frailecillos los cuales pese a que tienen unos movimientos algo torpes son difíciles de fotografiar. De nuevo las fotos no hacen justicia ya que la ladera estaba plagada de estos curiosos seres.

Tras echar un chocolate caliente y una de esas galletas gigantes en la cafetería del lugar, al lado de los báteres del futuro, nos desplazamos pasando por Vik hacia un pueblo con un nombre tan largo como extraño. Este no es otro que Kirkjubæjarklaustur (o Klaustur para los amigos) cuyo impronunciable nombre se podría traducir al castellano como Iglesiagranjaclaustro. Así se las gastan poniendo nombres allá arriba.


En Klaustur había en tiempos un convento con monjas y al parecer estas subían hasta la cabecera del salto de agua que cae en el pueblo para aprovechar las balsas de agua allí presentes y bañarse mientras contemplaban la costa por un lado y el Vatnajökull por el otro. El ascenso se realiza atravesando un pequeño bosque que contrasta con el paisaje de alrededor ya que este no es un país donde abunden los árboles. En primer lugar porque por latitud hay extensiones cubiertas por una especie de tundra y segundo porque los bosques que había en tiempos fueron esquilmados por los primeros pobladores. De algún modo tenían que calentarse... De ahí que los pocos árboles que se logran ver sean de repoblación.

Arriba donde las balsas de agua hace un sol bien bueno. Dan ganas de echarse una cabezada pero una vez más (y las que quedan) vamos con el tiempo justo así es que no hay lugar para este tipo de caprichos. Unas fotos y una visita al proclamado árbol más alto de Islandia, que se encuentra en el bosquecillo de bajada, para llegar de nuevo a Kirkju'stur.




Allí se puede ver uno de tantos vehículos que se acostumbran a usar en esa zona. Una pick up sobredimensionada con ruedas gigantes. A veces además de gigantes están montadas sobre doble eje trasero o como ruedas gemelas (4 ruedas por eje). Eso se debe a que el Invierno es largo y las carreteras y pistas permanecen durante mucho tiempo cubiertas de nieve. Uno se pregunta cómo en esas granjas y aldeas pueden pasar tantos meses prácticamente aislados del resto del mundo. No ya sólo para un tema de suministros sino por el simple hecho de no ver a nadie más y vivir la mayor parte de la jornada envueltos en la oscuridad. Tienen que estar hechos de otra pasta.


Continuamos por la Ring Road, la carretera que bordea todo el país, y nos vamos acercando más y más al inmenso Vatnajökull. La vegetación va desapareciendo al igual que el terreno se va convirtiendo en más llano. Campos de lava o zonas amplísimas donde se han ido depositando cenizas y sedimentos. Zonas tan sólo perturbadas por los ríos que nacen en el glaciar y que están como desparramados, como si no tuviesen un cauce bien definido dando sensación de inestabilidad, de cambio constante.




Las granjas, cuando las hay, se encuentran pegadas a las laderas de las montañas, si las hay, como si salir a campo abierto fuese una temeridad a la vista de esos incontrolables cauces de agua. Todo esto son impresiones que van surgiendo mientras viajamos. Son muchas horas de carretera y aparte de jugar a las cartas, charrar de idioteces, sacar fotos o repasar mapas también da tiempo a elaborar este tipo de teorías.

La mole del glaciar impone respeto, hay un momento en la que la carretera se dirige derecha hacia allí y, es curioso, se hizo el único silencio de todo el viaje dentro de la caravana. De hecho no hay ninguna foto de aquel momento que pudo durar unos cinco o diez minutos durante los cuales sólo veíamos la carretera recta, la nada a los costados y un grandioso montón de hielo al frente. Como si el glaciar nos hubiese hipnotizado. Más tarde la carretera se acerca a las lenguas del glaciar y comienza a bordearlo pero la visión de toda esa masa delante es impactante.


Es en una de esas lenguas donde nos toca decidir. A la izquierda el desvío al parque de Skaftafell con su cascada Svartifoss la cual dejaremos a un lado por culpa del maldito tiempo. Un poco más adelante el desvío por pista a la más cercana lengua de Svinafellsjökull. Una lengua de glaciar no es sino el lugar donde la mole se acerca hacia, en este caso, el litoral. Son por así decirlo los tentáculos del glaciar, aunque lo más apropiado sería denominarlo como un río de hielo, y por donde el glaciar va perdiendo masa en forma de icebergs que se desprenden y caen directamente al mar o a pequeños lagos.


El vértigo me impidió disfrutar más a fondo del lugar. Inés y Lemus en especial saltaban de roca en roca bordeando la cortada que había hacia el lago primero y la lengua después. Pero a mí la pequeña altura que había y la inmensa capa de hielo que tenía delante me mareaba así es que tenía que ir chino chano. En cualquier caso merece la pena ver semejante espectáculo aunque, como ya he dicho, puede abrumar.


Tras visitar el glaciar, parada en una gasolinera a repostar y comer un poco. Hamburguesa, nuestra dieta en Islandia no es lo mejor del viaje. Sin ser mala, se compone de comidas rápidas y a matacaballo pero es lo que hay.

Siguiente destino, Jökullsarlon. Se trata de uno de esos lagos en los que el glaciar deposita sus icebergs y que hace de puente entre este y el mar. Es un lago reciente pues se formó a mediados del siglo XX y quien más quien menos lo ha visto alguna vez aunque no sea consciente de ello puesto que sale en varias películas de Batman o James Bond por ejemplo. Volviendo al tema de las películas, el otro día me dio por mirar cuantas se habían rodado en este país. Seguramente me dejaré alguna pero encontré un mapa donde se indican las localizaciones.


Aparte de las mencionadas Noé, James Bond, Batman y Juego de Tronos otra que ha utilizado varios parajes es "La vida secreta de Walter Mitty" (la versión de 2013, no la original de 1947). Aparece la cascada de Skogafoss, trozos de las inconfundibles carreteras y el glaciar Vatnajökull como si fuese parte del Himalaya. Este aparece mientras el protagonista echa una pachanga de fútbol en Afganistán aunque lo que se ve al fondo bien pudiera estar rodado desde el punto en que tomé la siguiente foto.



Dejamos las películas y retornamos a Jökullsarlon. Tiene como dos partes, una menos turística donde paramos en primer lugar y donde Nacho e Inés se dieron un baño y todo. De escasos segundos pero baño al fin y al cabo. Nacho incluso pegó unas brazadas para adentrarse a tocar un iceberg y volver a la orilla.



Más adelante se encuentra la zona turística del lago, hay mucha más gente y agencias de viajes que surcan el lago mediante zodiac o vehículos anfibios por la "módica" cantidad de 6000 ISK la hora. Lo cierto es que a pesar de haber más gente la vista es mejor puesto que hay más icebergs y el Vatnajökull se ve mejor al fondo. Lo malo es que Inés se tiene que marchar en el coche de línea Höfn-Reykjavik puesto que al día siguiente trabaja. Le prometemos que haremos todo lo posible por llegar el viernes a la capital para salir con ella y su amiga Silvia de fiesta y nos despedimos.







Acudimos a la cercana playa que está separada del lago por un pequeño canal de de pocas decenas de metros por encima del cual pasa la Ring Road. En la playa de arena negra hay icebergs varados. Son suaves al tacto, quién sabe cuántos años, o siglos, han podido pasar desde que el agua que los forma se depositó allá arriba en lo alto del glaciar. Poniéndonos menos metafísicos impacta ver a un gacho con la típica furgoneta de jipi en la playa preparando la tabla de surf. Desconozco si esa playa es propicia para la práctica del surf, y he visto a gente intentando surfear en Biarritz en días de perros pero ver a ese tío, que además tenía las pintas típicas de surfero, con el glaciar al fondo y la playa negra delante trufada de bloques de hielo es cuanto menos curioso.



De allí nos desplazamos a Höfn. Yo pensaba que el nombre del lugar se pronunciaría algo así como Jofen (como si fuese alemán). A Lemus le dio por empezar a llamarlo Jonfff (pongo tres efes porque era muy gracioso oirle pronunciar Höfn) basándose en que la efe con la ene es impronunciable y entonces ha de tener más sentido el ponerlas al revés. Lo triste es que nos acabó pegando el Jonfff para el resto del viaje. Según se lee en varios sitios la pronunciación correcta del nombre de ese lugar es algo así como Jepen. O sea, todos estábamos equivocados.

Tras una jornada deambulando por vastas extensiones desiertas y deshabitadas llegar a Höfn/Jofen/Jonff/Jepen es en cierto modo una especie de alivio. El pueblo está enclavado en una pequeña península que se adentra en el mar, rodeada de montañas nevadas y verdes colinas. Se vuelve a ver vida en forma de granjas, almacenes para aperos agrícolas, casas e incluso campos de fútbol. Y gente.

Höfn/Jofen/Jonff/Jepen es un pueblo de unos dos mil habitantes y la ciudad/pueblo/localidad más importante del sudeste islandés. Para que se hagan una idea de cómo funciona ese país. Es un lugar pequeño pero que dispone de todos los servicios básicos, una piscina bien maja y supermercados grandes y bien surtidos. La distribución de las casas es similar a la de Keflavik. Parece un pueblo de colonización o a medio hacer aunque en este caso el entorno es mucho pero que mucho más bonito.

Y encima hay camping. No es ni grande ni espectacular pero por un módico precio, este sí, uno puede dejar allí la autocaravana, enchufar la toma de corriente, conectarse al wifi e incluso ducharse. A lo de ducharse luego volveremos. Todo ello tras una de esas conversaciones con la amable recepcionista del camping a las que el bueno de Lemus nos tiene acostumbrados. Salvo que fue en inglés y lo que pongo en paréntesis no se dijo aunque lo podían estar pensando la cosa fue más o menos tal que así:

- Buenas tardes
- Buenas tardes 
- Mire usted, mis amigos y yo acabamos de llegar en autocaravana a Jonfff y estábamos pensando si sería buena idea estacionar el vehículo en el camping para pasar la noche
- ... (silencio de la recepcionista; cara de póker; 50% impostada, 50% pensando "¿este tío ha dicho Jonfff? ¿qué es eso?")
- Y bien...
- Pues que no, que no me parece muy buena idea (y como vuelvas a decir Jonfff te echo del pueblo)
- ...
- (Amplia risotada) Pues claro, hombre, esto es un camping y para eso estamos

Al final, gracias a las hábiles gestiones de Lemus, conseguimos no sólo estacionar el vehículo sino hasta wifi para los móviles creo recordar que pagando. Vamos, lo que todo hijo de vecino. Aparte de que cada vez que pasábamos por recepción las dos mozas se partiesen la caja al vernos. También nos dejaron usar las duchas, previo pago en un temporizador que daba paso al agua y desprendimiento de ropa interior que comenzaba a estar pegada cual papel de madalenas.



 Antes de la ducha fuimos a comprar al supermercado. En teoría cosas para desayunar y algo de comida. En la práctica compramos toneladas de Skyr y un kilo de bolitas de queso. 1000 g de bolitas de queso, 999 ISK. Contemplamos uno de los atardeceres más impresionantes que recuerdo en el que no se distinguía el cielo, de las montañas, el glaciar del mar. La estrecha franja de tierra sobre la que se asienta Höfn/Jofen/Jonff/Jepen tenía al frente la playa, el mar, una franja de montañas, más mar detrás de esas montañas, y el glaciar detrás de la segunda franja de mar. Una lasaña bastante interesante, bonita, bonita.

Volvemos al camping, nos duchamos y nos cambiamos para ir a cenar a un restaurante especializado en lobsters. Los lobsters (acepción cogida del inglés) son algo así como una mezcla entre cigalas y langostas. Tenemos que salir del camping para llegar al restaurante pero el atardecer que lleva más de hora y media arrojando unas estampas memorables nos obliga, más bien a Toño y a mí, a subir una pequeña loma situada frente al camping a contemplar el espectáculo. Hipnótico espectáculo.




Se nos va un buen cuarto de hora allí embobados y para cuando llegamos al restaurante ya no queda ningún sitio. Hace un frío que pela y sopla el viento aunque eso no impide que los críos sigan jugando en la calle y montando en bici. Algunos van tapados pero otros van en pantalones cortos y camiseta de manga corta. Nosotros con dos mangas largas y el chambergo. Intentamos cenar en una especie de hamburguesería pero también está hasta los topes así es que se decide volver a la autocaravana y cenar unos sandwichs de jamón york y queso y skyr. Con buena charrada de por medio, no es una mala cena. Y hay bolitas de queso para un regimiento.

Y así transcurre otra intensa jornada en Islandia. Nos espera una dura jornada al día siguiente, de hacer muchos kilómetros y con pocas cosas atractivas por ver o hacer. Bueno, o eso pensábamos porque Islandia depara sorpresas y tras dos días de ver parajes espectaculares estábamos a punto de pasar dos días de situaciones curiosas y entretenidas. De hecho, lo que quedaba de viaje iba a ser un no parar de situaciones surrealistas y divertidas. Pero eso ya será en el siguiente capítulo.

Próximo capítulo: Piscinas, ballenas, fiordos y las zagalas de Akureyri

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